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Cuentos > Dudosos relatos del golfo

28 de julio de 1865

 

(fecha de llegada de los primeros galeses a lo que hoy es Puerto Madryn)

 

 

 

Es de madrugada. La bruma costera aún no se despega de la tierra, el mar yace bajo el negro del cielo. El frío del amanecer azota a la llanura interminable de la meseta. Las bardas, centinelas eternos, comienzan a colorearse de tonos apagados.

 

El hombre despierta luego de una noche casi blanca. Otra vez el temblor y ese terrible dolor de estómago lo dejó dormir poco.

 

A su alrededor revolotean unas cuantas gaviotas que vieron el brillo de un cardúmen de cornalitos desplazarse bajo el agua.

 

Al verlas recuerda que lleva dos días sin alimentos. Entonces se pone de pie lentamente y alza la vista al sol. Va a pedirle al Dios Padre que lo ayude a obtener comida. Levanta del piso un atado con sus pertenencias, tan pocas como todo lo que un sabio necesita para vivir: un cuenco de piedra, unos amuletos para ahuyentar al innombrable, un hacha afilada, un arco y varias flechas. El hombre camina ahora con paso pausado y firme, a pesar de que el fuerte tirón en el bajovientre lo punza a cada momento. Pero no hay tiempo para lamentarse; cada paso dado entre las matas secas de la meseta da lugar a otro más firme y seguro. Con la vista fija en el horizonte observa todo sin mirar, con los oídos oye todo sin escuchar. Sus manos se crispan aferrando el arco, cuando un animal grande se mueve a 50 metros de su posición, tratando de arrebatarle hojas a los piquiyines. El guanaco no lo vio. El hombre se agazapa bajo la protección de los arbustos y se va acercando sin emitir ni un solo ruido, casi sin respirar. Sus pies callosos se deslizan por entre las piedras y los dedos se aferran como garras en cada avance.

 

El guanaco huele al enemigo, intuye que lo acechan, levanta su cuello largo y para las orejas. Va a dar un salto para lanzarse a la carrera campo adentro, cuando su mirada se cruza aterrorizada con los ojos negros y la melena negra del cazador. Ya es tarde, el Padre ya lo encerró en el círculo mágico. El Cazador Sagrado ya lo aferró a la ley de la naturaleza y la flecha ya partió y penetra lentamente en sus entrañas, como una tibia caricia letal. El animal cae entendiendo que es el fin y da unas cuantas patadas al aire y al suelo, antes de yacer definitivamente en la tierra madre. Una sensación que no llega a ser de felicidad, pero sí de alivio, invade al hombre que se lanza corriendo sobre su presa, el premio que le ha dado el Eterno. Con el hacha descuartiza al cuerpo carnoso y en apenas un cuarto de hora prepara un fuego y come.

 

Luego, sentado frente al guanaco, en un borde de la meseta que deja ver una entrada del mar y la caída temible del acantilado, el hombre mastica y mira la playa. Las gaviotas devoran los restos de un tótaro atrapado en la arena.

 

El sol va derritiendo de a poco las gotas congeladas entre las ramitas, fruto de la helada de la noche anterior.

 

Más allá, un cañadón que desemboca en la playa pone al descubierto unas raras formaciones prismáticas y transparentes.

 

Una vez faenado el animal y cortado el cuero, decide volver con su gente; llevará comida para unos días. El estómago está tranquilo ahora, vuelve a mirar al cielo, a agradecerle al Padre el haber escuchado sus rogativas.

 

A pesar del frío invernal los rayos del sol tienen un dejo tibio a media mañana.

 

El hombre ata bien a la presa y emprende el retorno a su morada arrastrando consigo carne y cuero.

 

Ahora su cerebro dibuja en el fondo del horizonte a unos niños de rostro de bronce y a una mujer que lo esperan bajo un toldo rasgado y seco.

 

A sus espaldas, muy cerca, se escucha el gruñido fiero de un puma, amo de la meseta; su temida presencia saca en un instante al hombre de su ensoñación. Pero esta vez el Padre no trazó el círculo mágico a su alrededor. Con rapidez también felina, el hombre suelta sus cacharros y se queda solamente con el hacha en sus manos; corre hacia el resguardo de una zona sin matas y se agazapa dispuesto a la pelea.

 

En el mar, a unos pocos kilómetros de distancia de este drama cotidiano, un extraño y gigantesco objeto flotante se detiene en una de las salientes del golfo, donde hay unas cuevas naturales. Trae al mundo nuevo.

 


 

 

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