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(fecha de llegada de los primeros galeses a lo que
hoy es Puerto Madryn)
Es de madrugada. La bruma costera aún no se
despega de la tierra, el mar yace bajo el negro del cielo. El frío del
amanecer azota a la llanura interminable de la meseta. Las bardas,
centinelas eternos, comienzan a colorearse de tonos apagados.
El hombre despierta luego de una noche casi
blanca. Otra vez el temblor y ese terrible dolor de estómago lo dejó dormir
poco.
A su alrededor revolotean unas cuantas gaviotas
que vieron el brillo de un cardúmen de cornalitos desplazarse bajo el agua.
Al verlas recuerda que lleva dos días sin
alimentos. Entonces se pone de pie lentamente y alza la vista al sol. Va a
pedirle al Dios Padre que lo ayude a obtener comida. Levanta del piso un
atado con sus pertenencias, tan pocas como todo lo que un sabio necesita
para vivir: un cuenco de piedra, unos amuletos para ahuyentar al
innombrable, un hacha afilada, un arco y varias flechas. El hombre camina
ahora con paso pausado y firme, a pesar de que el fuerte tirón en el
bajovientre lo punza a cada momento. Pero no hay tiempo para lamentarse;
cada paso dado entre las matas secas de la meseta da lugar a otro más firme
y seguro. Con la vista fija en el horizonte observa todo sin mirar, con los
oídos oye todo sin escuchar. Sus manos se crispan aferrando el arco, cuando
un animal grande se mueve a 50 metros de su posición, tratando de
arrebatarle hojas a los piquiyines. El guanaco no lo vio. El hombre se
agazapa bajo la protección de los arbustos y se va acercando sin emitir ni
un solo ruido, casi sin respirar. Sus pies callosos se deslizan por entre
las piedras y los dedos se aferran como garras en cada avance.
El guanaco huele al enemigo, intuye que lo
acechan, levanta su cuello largo y para las orejas. Va a dar un salto para
lanzarse a la carrera campo adentro, cuando su mirada se cruza aterrorizada
con los ojos negros y la melena negra del cazador. Ya es tarde, el Padre ya
lo encerró en el círculo mágico. El Cazador Sagrado ya lo aferró a la ley
de la naturaleza y la flecha ya partió y penetra lentamente en sus
entrañas, como una tibia caricia letal. El animal cae entendiendo que es el
fin y da unas cuantas patadas al aire y al suelo, antes de yacer
definitivamente en la tierra madre. Una sensación que no llega a ser de
felicidad, pero sí de alivio, invade al hombre que se lanza corriendo sobre
su presa, el premio que le ha dado el Eterno. Con el hacha descuartiza al
cuerpo carnoso y en apenas un cuarto de hora prepara un fuego y come.
Luego, sentado frente al guanaco, en un borde de
la meseta que deja ver una entrada del mar y la caída temible del
acantilado, el hombre mastica y mira la playa. Las gaviotas devoran los
restos de un tótaro atrapado en la arena.
El sol va derritiendo de a poco las gotas
congeladas entre las ramitas, fruto de la helada de la noche anterior.
Más allá, un cañadón que desemboca en la playa
pone al descubierto unas raras formaciones prismáticas y transparentes.
Una vez faenado el animal y cortado el cuero,
decide volver con su gente; llevará comida para unos días. El estómago está
tranquilo ahora, vuelve a mirar al cielo, a agradecerle al Padre el haber
escuchado sus rogativas.
A pesar del frío invernal los rayos del sol tienen
un dejo tibio a media mañana.
El hombre ata bien a la presa y emprende el
retorno a su morada arrastrando consigo carne y cuero.
Ahora su cerebro dibuja en el fondo del horizonte
a unos niños de rostro de bronce y a una mujer que lo esperan bajo un toldo
rasgado y seco.
A sus espaldas, muy cerca, se escucha el gruñido
fiero de un puma, amo de la meseta; su temida presencia saca en un instante
al hombre de su ensoñación. Pero esta vez el Padre no trazó el círculo
mágico a su alrededor. Con rapidez también felina, el hombre suelta sus
cacharros y se queda solamente con el hacha en sus manos; corre hacia el
resguardo de una zona sin matas y se agazapa dispuesto a la pelea.
En el mar, a unos pocos kilómetros de distancia de
este drama cotidiano, un extraño y gigantesco objeto flotante se detiene en
una de las salientes del golfo, donde hay unas cuevas naturales. Trae al
mundo nuevo.
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