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Cuentos > Dudosos relatos del golfo

Puntos de vista

 

El letrero en la banquina se acerca a toda velocidad. A pesar de las muchas marcas de balazos, lo que denuncia que además de ser una señal de tránsito también sirve inmutable como blanco de práctica de los cazadores aficionados, aún es legible: "Ruta 3".

 

Ya pasó Arroyo Verde y el automóvil se acerca veloz al cruce que lo llevará a Puerto Madryn. Por el momento, la cinta asfáltica es una pincelada azul cuya geometría perfecta rompe con el paisaje monótono y a la vez impredecible.

 

A los costados pasan ráfagas de arbustos chatos y alambrada. Los pumas se escondieron lejos hace años ya, duermen junto a los guanacos. La bandada de pájaros que se aleja es lo único con vida al caer la tarde.

 

Otro cartel pasa sin pena ni gloria (Máxima 100) y el automóvil avanza sin piedad y sin pausa, como alejándose del presente.

 

A 20 km de allí, hacia el este, podría estar la orilla del mar, podría un petrel gigante detenerse a acomodar las plumas en una saliente de la barda, o bien prepararse para acechar peces con la mirada fija en el oleaje. Por ahora, se sienta a hurgar con el pico el plumaje de sus imponentes alas de 2 metros, mientras espera el momento en que su instinto le indique el cardumen a saquear.

 

Uno puede mirar desde arriba, en un punto imaginario del cielo, como si fuera un satélite extranjero o una gaviota detenida en el aire, y tener a la vez el panorama de la playa y de la ruta (en días soleados y sin nubes).

 

Desde aquí los incendios de campo son simples fogatas y la ruta es un hilito apenas en la inmensidad verde gris.

 

Hay un brillo metálico de un punto que se desplaza en la recta azul y otro un poco, solamente un poco más grande, que se acerca desde el otro extremo de la línea.

 

Aferrado al volante, el hombre de lentes negros acelera más, sin pensar que el mar no lo está esperando, ni que el petrel no va a dejar su cena de peces para cuando él llegue.

 

Sin embargo, un impulso arcaico, una necesidad ancestral de ganarle al tiempo que, por definición, es invencible, lo lleva a pisar el acelerador hasta el fondo. Cada segundo que pasa dentro de la cabina del vehículo vale por un año, y lo que iba a tardar 30 o 40 años en morir ahora morirá en 40 segundos. En cambio, el petrel gigante tomará su tiempo para levantar vuelo, desplegar sus 2 metros de envergadura y planear sobre lo azul; luego volverá a su refugio marino a ver caer la noche y así hasta que el tiempo decida que llegó su hora. En ese momento, sin pánico, sin tristeza ni ansiedad, mirará por última vez lo azul y cerrará los ojos.

 

 

 

El hombre no: sigue con los ojos cansados y sangrientos sumergiéndose en el vacío de la ruta. Ya faltan pocos metros para el cruce de Madryn y cada metro recorrido da lugar a un nuevo metro más desesperante. La naturaleza, ésa que yace en silencio en la banquina al costado de la ruta, a veces despierta y en su afán inaudito de destruir despacio la perfección geométrica del hombre, deja caer unas piedritas sobre el asfalto.

 

En el momento en que un camión no identificado por el hombre del auto se acerca por la mano contraria, el pequeño y efímero vehículo pisa el pedregullo. La mirada del hombre, hasta el momento indiferente, se transforma en una mueca de pánico, las manos se crispan sobre el volante pero el auto se desvía hacia adentro: se va sin control sobre el camión.

 

Son 160 kilómetros y 15 toneladas de furia que el tiempo descarga de una sola vez sobre el pequeño hombre. Desde este mirador en el cielo, a vuelo de pájaro, apenas alcanza a oírse un golpe seco y un brillo líquido bajo los puntos metálicos en la ruta, ahora fusionados.

 

El petrel, quieto en la barda, escuchó el ruido y respondió con un aleteo suave. Luego levantó vuelo hacia la meseta, cosa rara en él, ya que pocas veces se aleja de su conocida orilla del mar. Desde esta altura del cielo, como un pájaro lento e imponente, pudo ver la ruta, el fuego diminuto y unos metales retorcidos a un costado. Pero no le prestó mucha atención y enseguida se volvió al mar (el brillo del metal sangrante bajo el sol, no es lo mismo que aquel resplandor de luz que golpea a las olas y delata cornalitos).

 


 

 

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