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Cuentos > Dudosos relatos del golfo

El Origen de los Cuises (leyenda)

 

A veces me pregunto, de dónde saca el honorable Cacique Pipagua estas narraciones de tiempo inmemorial. Lo cierto es que es un estudioso de los vestigios del pasado de esta Patagonia, que además de regalarnos esos paisajes infinitos, gigantescos, imponentes, esos  caminos misteriosos que se internan en el campo y nadie sabe adónde van, esas costas solitarias, esos valles, esa fauna, bueno, tanto etc., también es un lugar muy visitado por paleontólogos y estudiosos que encuentran aquí restos fósiles de animales prehistóricos, utensilios y armas de los aborígenes primitivos, quizá los primeros humanos habitantes de estas soledades.

 

Sin ir más lejos, el otro día caminando con Pipagua por la costa allá por Punta Cuevas, debajo de las bardas, descubrimos unas inscripciones en una cueva de arcilla, que probablemente daten de tiempo inmemorial y si bien no podemos determinar el origen de las mismas, nos dan una importante referencia de las costumbres de pueblos ignotos y aún indescifrables que suponemos, solamente suponemos, hayan existido en el pasado.

 

Aparentemente, estos individuos antiquísimos dejaban marcadas en las cuevas de arcilla sus emociones, sus esperanzas, sus tristezas y alegrías.

 

Según pudimos comprobar en nuestra incursión investigadora, hay muchísimas muestras de esta expresión cultural que abarca toda una gama de posibilidades. Desde las más comunes inscripciones en las que se evidencia una poética demostración de amor a alguien, generalmente una mujer, hasta las deportivas. Hay indicios de que en las épocas de que hablamos (pero que no podemos precisar con exactitud), había una marcada tendencia de la población a canalizar sus emociones reprimidas, sus vergüenzas y sus frustraciones a través de un extraño juego: 22 especímenes en camiseta corrían como locos detrás de una esfera hecha de un material elástico, ya sea natural o sintético, e inflada de manera tal que permitiera el rebote parejo de la misma, tratando de hacerse de ella con la antinatural premisa de no utilizar las manos para dicho fin. El objetivo parecía ser introducirla en una especia de puerta al vacío, donde había un portero que impedía la introducción de la bola en la portería. Esto cuando podía. Si no podía protestaba, reclamaba off side o algo por el estilo, porque era una condición no suficiente pero sí necesaria, para ser un miembro más de este ritual pagano en el que dioses y semidioses compartían por momentos la gloria y por otros el desprecio, ser sumamente protestón, enojarse y discutir tanto dentro como fuera del predio ad hoc (ahora aprendí lo que quiere decir ad hoc, así que lo voy a poner por todos lados), ser inmaduros y comerse las eses.

 

Por eso que estos antiguos pueblos inscribían cosas tales como "Dale Bo", "Dale Ri", "Dale campión" (sin hacer referencia a qué se referían con eso de "campión", aunque se puede inferir que era el alcanzar el más alto estrado en aquel seudo Olimpo y así provocar la exaltación y enajenación de la muchedumbre).

 

De todas maneras, mucho más nos llamaron la atención aquellas inscripciones dedicadas a expresar el amor por alguien, será que nos gustaron más porque somos unos románticos empedernidos, pero uno no puede dejar de emocionarse un poco cuando ve en las cuevas cosas tan simples como poéticas, del estilo de "Magnolia, dame tu amor" o "Braulio, te re quiero" o "Traviesa, llamá al 49865433", aunque esta última quizá hubiera tenido una intencionalidad un poco más comercial, especulando con sorprender al interesado con algo a veces inesperado.

 

Más difícil se torna aún comprender las costumbres de estas razas cuando nos adentramos seriamente en el análisis profundo de dichos jeroglíficos, y todavía más si tenemos en cuenta los últimos hallazgos descubiertos, modestia aparte, por Pipagua y quien suscribe.

 

 

 

Como lo prometido en el título es deuda y como el movimiento se demuestra andando, voy a poner a la consideración de ustedes, distinguido público, este magnífico e increíble hallazgo descubierto en nuestras queridas playas patagónicas. No puedo referenciar con exactitud el lugar donde se encuentran. Debo mantenerlo en secreto, ya que de darse a conocer su ubicación física, se produciría una afluencia tan tremenda de público que pondría en peligro la integridad del predio y principalmente la de los descubridores. Se trata de una leyenda que, con seguridad, fue escrita en períodos anteriores a Cristo, desarrollado en runas similares a las utilizadas en grabados de la antigua Babilonia durante el reinado de Nabucodonosor, pero no iguales.

 

Quizá esta leyenda hallada en estas playas recónditas nos encienda una pequeña luz de esperanza para entender un poco más acerca del comportamiento de esta probable civilización, que parece haber habitado en tiempos remotos nuestra Patagonia. El simple hecho de pensar que estos individuos podían contemplar casi como hoy lo vemos a este paisaje, que quiere ser eterno y lo va logrando, es un sobrado motivo para sentirnos felices.

 

 

 

Pero mejor le doy la palabra al cacique Pipagua, recientemente llegado de su retiro espiritual en Río de Janeiro. El maestro nos narrará este interesante relato, que echa un poco de luz sobre el hasta ahora incierto origen de los cuises, animales que habitan las pampas sudamericanas desde tiempos remotos.

 

Por otra parte, cabe destacar que el respetable cacique, para paliar un poco los gastos que le insumió la morena Solange en Brasil, sumido en una profunda depresión post vacaciones y con un agudo déficit económico, debió extender sus actividades laborales en la zona, ahora además de mantener su puesto de artesanías en la Feria Artesanal consiguió una changa de globero en la plaza. Mala época para el globero patagónico la que se viene: en Madryn, con la llegada de la primavera, suelen soplar unos ventarrones que no dejan peluquín en pie, y dada la sabida volatilidad de los globos de colores, es probable que en cualquier momento tenga que ir a buscar la mercadería a Sudáfrica.

 

No obstante, en un paréntesis de su actividad globera de la otra tarde, que no parecía de invierno ya que hizo hasta calor diría, nos sentamos bajo uno de los árboles añosos que alegran la plaza central de la ciudad, en un banco frente a la iglesia y el cacique, Quilmes en mano, pasó a relatar la leyenda de los cuises:

 

 

 

"Millones de siglos atrás, cuando los animales no eran tan inteligentes como ahora, en que con tanta sapiencia solamente se preocupan por comer, dormir y reproducirse, hubo otra historia.

 

Ocurre que los animales eran casi como seres humanos, y entre ellos se destacaba el reino de las comadrejas que, se cree, estaba radicado en unos lejanos campos bien al sur del hemisferio sur, cuando toda la tierra del mundo era una sola y no la separaban los enormes mares.

 

Por ese entonces las comadrejas no estaban tan bien organizadas como ahora, que son difíciles de ver porque viven sus vidas escondidas en las profundidades del campo virgen, disfrutando de lo que la madre natura les da y sin molestar a nadie. En aquellas épocas, en que aún no estaba en la mente de Dios el poner sobre el piso del mundo a animales sin cola y que caminaran en dos patas, el reino de las comadrejas tenía un rey, un palacio, y, por consiguiente, multitud de intrigas palaciegas. Intrigas parecidas a las de los hombres de hoy.

 

No obstante, aún ahora, no confiéis demasiado en las comadrejas (ni en los cuises): suelen utilizar todavía algunas mañas que desconciertan al crédulo ser humano."

 

 

 

La leyenda de la princesa comadreja, el rey comadreja y el caballero rata

 

 

 

Había una vez un reino muy, muy, pero muy lejano allá en el sur. Tan lejano que nunca nadie pudo encontrarlo jamás. En él, rodeado de árboles frondosos, pastizales tupidos y un arrollo de orillas con barrancas, habitaban las comadrejas.

 

El rey comadreja, comadrejón autoritario, siempre alardeaba de que su hija, la princesa comadreja, era la mejor jugadora de truco que ojos comadrejiles hubieran visto. Lo cierto es que la princesa, detrás de su hocico angelical, de la extrema dulzura de su mirada celeste y de la noble finura de sus bigotes, tenía la extraña habilidad de mentir sin ser descubierta, y de decir la verdad cuando los otros pensaban que mentía.

 

Nunca hubo comadreja truquera que la hubiera vencido, ni siquiera le habían ganado un solo chico jamás, nunca. Y nunca nadie se hubiera atrevido a desafiarla abiertamente: sabida era la crueldad del rey para con los que se atrevían a enfrentar a su hija en un partido a 30 y sin flor.

 

Un día, cuando el sol ya se opacaba y las luces de los primeros faroles comenzaban a alumbrar las casas del reino, llegó a la puerta del palacio un caballero, ataviado con finas telas, armas lustrosas y escudo y casco ornados con finísimo topacio, que enseguida llamó la atención de los guardianes porque no se trataba de uno de ellos ni de la comarca: era el caballero Rata.

 

"Estoy extraviado; si sois tan amables, quisiera pasar aquí la noche" dijo el caballero. Los guardias, intimidados por su porte noble y galante, de inmediato llamaron al rey, que enseguida lo invitó a pasar y compartir la cena con él y su hija.

 

Mientras disfrutaban alegremente del banquete, al Rata se le ocurrió ufanarse, sin saber lo que le esperaba, de ser un gran jugador de truco, el mejor de su reino y probablemente del mundo entero. Tal afirmación no sirvió más que para despertar la ira del rey, que era macanudo mientras no se metieran con la nena. "Así que vos jugáis bien al truco. ¿Sois tan buen jugador que os atreveríais a desafiar a mi hija, la doncella Comadreja?".

 

Sorprendido, el Rata no tuvo más remedio que aceptar la propuesta, a lo que el rey replicó:

 

"Está bien, que así sea. Y si ganáreis seréis premiado con la mano de mi hija, mas si perdiéreis, seréis arrojado al Arroyo Nuevo al amanecer, con una pesada piedra al cuello, donde vos y tu arrogancia seréis devorados por los tiburóneis de agua dulce".

 

Rápidamente ordenó a los pajes preparar la mesa de truco, las cartas y el frasco con los porotos, obligó al Rata a sentarse frente a la doncella y comenzó la partida.

 

El Rata también era bastante mentiroso, pero sus habilidades eran ampliamente superadas por la sutil doncella comadreja.

 

En la última mano, cuando iban 14 buenas a 14 buenas, al Rata le comenzó a transpirar la frente y a temblarle la pera cuando vio sus cartas y apenas tenía un cinco de espadas, un cuatro de copas y una sota del mismo palo. Peor aún cuando escuchó:

 

"Falta envido", que cantó la doncella con una sonrisa dulce y a la vez enigmática, cual Monalisa.

 

Sabiendo que no podía rehusar el convite, y que su cabeza rodaría de todas maneras al día siguiente, el Rata sacó fuerzas de adentro y como para no demorar el trágico final que le esperaba, dijo a voz en cuello "¡Quiero 24!" y cerró los ojos.

 

La princesa lo miró fijo, con esos ojos que no dejaban dormir a ningún Varón comadrejo en la comarca, volvió a sonreír con sus labios suaves y su hocico húmedo y dijo: "Son buenas".

 

Así fue como el Rata y la princesa Comadreja se casaron, tuvieron muchos hijos a los que llamaron cuises, una nueva especie de bicho mezcla de rata y comadreja y muy mentiroso. Vivieron una vida sin sobresaltos y se amaron y fueron felices por muchos, muchísimos años.

 

Lo que el rey y el Rata nunca supieron fue que en aquella partida decisiva, la princesa tenía 33 de mano, pero mintió al exclamar su derrota porque durante la velada se había enamorado perdidamente del caballero Rata.

 

Moraleja 1: las mentiras, como las ratas, tienen patas cortas. Pero una mentira dicha para salvar un amor vale más que mil verdades.

 

Moraleja 2: el amor siempre le gana hasta al truquero más mentiroso.

 

Moraleja 3: en el truco, la falta envido hay que echarla antes de que el contrario llegue a las 14 buenas.

 


 

 

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