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Cuentos > Dudosos relatos del golfo

Otra vecindad

 

Aprovechando que la tarde estaba fresca pero no fría, decidí ir a visitar a mi querida la Laura, que seguro que en estas tardes de descanso siempre tiene alguna facturita para convidar, esos vigilantes con crema pastelera o bolas de fraile con dulce de leche, que llenan de dulzura el espíritu. Me puse los zapatos marrones con punta (dieciocho años de uso ininterrumpido sin ninguna queja), una buena camisa blanca y salí. De pasada, no se por qué compré un ramo de rosas enfrente del cementerio; digo que desconozco la motivación que me llevó a hacer este gasto, ya que a pesar de que uno es un romántico empedernido, no es para tanto. Unos minutos más tarde, ya caminando por la Domeq García, me acerco a la canchita de fútbol frente a la pescadería El Poseidón y observo a un puñado de pibes de pantalones cortos y patas sucias, pegándole duro a una pelota de cuero, como no podía ser de otra manera en estas latitudes. Las piedras inclementes de la cancha seguían cobrando su cuota de rodillas raspadas y a cada tiro libre respondía un remolino de tierra. A los costados, los álamos altos eran la hinchada soñada gritando un gol.

 

Entrando luego en una de las calles laterales, pude ver a una señora con ruleros charlando a viva voz con la vecina que barría la vereda y a un grupo de muchachos parados alrededor de una moto en marcha, que tiraba al medio ambiente un humo negro y espeso. Mientras, en una bicicleta de ruedas gruesas, pasaba el afilador con su mística siringa.

 

Cosas que pasan en cualquier barrio de Bs.As. o de Rosario, y acá también.

 

Pero... bastaba con asomarse en cualquier esquina para ver el mar allí, a apenas dos o tres cuadras de distancia.

 

Llego a la cuadra de la casa de la Laura y, casualmente, la mencionada dama se encontraba en la puerta, regando los rosales. En el ambiente sonaba una melosa música de violines.

 

  Carlos Alberto, qué milagro usted por acá

 

  Doña Laura, Vine a traerle este humilde obsequio.

 

  ¡Muchas gracias! ¿Gusta pasar a tomar una taza de café?

 

  ¿No será mucha molestia?

 

  ¡De ninguna manera! Pase usted.

 

  Después de usted.

 

Mientras ingresaba a la casa volteé el rostro, con todo lo que esto implica, hacia la calle. Una especie de deja vú invadió mis pensamientos, ¿no había escuchado esta charla antes?. En  la  calle estaban unos chicos con skate, tratando de saltar sobre una madera y apuntándole con la cabeza a las  puertas de los  autos estacionados.  En el fondo de la   escena me pareció ver a otro pibe de gorro con visera y orejeras saliendo de un barril. Pero esto es muy dudoso, no podría asegurarlo, ya que últimamente no puedo diferenciar muy bien entre la fantasía y la realidad. Al ver tantos chicos jugando afuera en libertad en estas tardes soleadas, me viene a la memoria lo que tantas veces escuché de familias que se instalan en Madryn, cuando con un gesto de alivio dicen "acá si que los chicos pueden tener una vida sana, tranquila y al aire libre". En Madryn, aunque ya no es lo mismo que otrora (¡ejem!), todavía muchos piensan en la salud tanto física como mental de los pibes y valoran de esta ciudad la posibilidad que les está vedada a las grandes urbes; eso de jugar a la pelota en el potrero, de salir a correr por la playa, o de cruzar la calle sin mayores dificultades. Y tengo que aceptar, sin caer en un triste localismo, que por aquí todavía se vive en libertad, como en aquel barrio del suburbio de Buenos Aires de mi infancia, o como tan sabiamente supieron y saben representar aquel grupo de mexicanos memorables que me dan vuelta en la cabeza cada vez que ando por estas cuadras de casas parecidas.

 

Y pienso: qué similares son a veces las costumbres y los estereotipos humanos a pesar de las grandes distancias y las distintas culturas, por eso no tengo más remedio que identificarme con el inigualable Quico y decirle al cuis "¡Cállate, cállate que me desesperas!", cuando se pone a cantar alguno de sus temas bailanteros favoritos. A pesar de las diferencias de tradiciones, de los distintos giros lingüísticos y del paso del tiempo, no le encuentro mucha diferencia a estos barrios madrynenses y por extensión argentinos, con aquella mítica vecindad donde El Chavo pasaba hambre, donde la Chilindrina lucubraba macanas y donde convivían a los tortazos el Profesor Jirafales, Don Ramón y Doña Florinda.

 

A pesar del acostumbrado silencio de la gran meseta, del silbido constante del viento, de la mística y el frío misterio del mar que acecha a la ciudad y del modernismo de sus construcciones nuevas y su pujante avidez de turistas, entrando en algunas de sus calles el mundo cambia y se asemeja, como dije, más a un suburbio de gran ciudad que a una ciudad nueva en el desierto.

 

Finalmente, un brindis por esos comediantes de los setenta, que todavía por suerte no se cansan de aparecer en la tele al mediodía, y que dure eternamente el maravilloso idilio entre Doña Florinda y el Profesor Jirafales.

 


 

 

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