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Cuentos > Dudosos relatos del golfo

Invierno en Puerto Madryn

 

"Sábado, 3 de julio.

 

Aquí estoy de nuevo. Trataré de describir, tratando de no abusar de metáforas y adjetivos remanidos, el panorama que mis ojos miran y admiran en este momento, en que el sol despunta triunfal en el horizonte límpido e inmaculado. Es media tarde y el calor azota. Todavía, ahora que estoy sentado bajo la sombra fresca de una frondosa arboleda bebiendo un agua de coco, en mis pies permanece pegada la arena finísima y blanca de la playa, resabio de una loca caminata con Solange por la orilla de este mar más azul que nunca, correteando entre risas y caricias, salpicándonos con el agua tibia de la playa, tomado de la mano de esa morena cuyo nombre suena a arrullo de espuma de mar, y que ahora, sentada a mi lado, jugando con sus manos en los [caracoles de sus cabellos] (1), parece ser una diosa pagana, que le ordena con la mirada al mar que se mantenga allí, limpio y estático... y eterno. Y el mar obedece, con sólo percibir la cercanía de su piel de bronce pulido. Yo le canto:

 

[Morena flor, sin ti, mi vida pasa tan triste...] (2).

 

A lo lejos, cientos de trajes de baño corren tras una pelota; mientras tanto, una bella muchacha bebe cerveza marca Brahma bajo una sombrilla y esconde sus ojos tras los Ray ban oscuros. Se pone de pie, camina [tan linda, tan llena de gracia, con un dulce balanceo, camino del mar]. (3)

 

Llega el ocaso, el calor del día cede el paso al calor de la noche, y con la [mirada perdida en el encuentro de cielo y mar, bien despacio voy sintiendo toda la tierra rodar] (4).

 

Mas allá, varios veleros y un ala delta solitaria contrastan con los imponentes rascacielos"

 

 

 

Esta carta que acabo de recibir de Pipagua, que está pasando unas pequeñas vacaciones de invierno en Río de Janeiro (nadie sabe cómo consiguió la plata para ir), nos demuestra que no todos los inviernos son iguales, nada que ver. Pero para no ser menos me levanté el domingo bien temprano, me calcé unos viejos shorts pakistán floreados que guardo desde el verano del 86, una musculosa marinera y salí a correr, como es mi costumbre, unos cuantos kilómetros a campo traviesa por las bardas.

 

Todo estaba blanco; las matas estoicas sostenían el peso sólido y frío de la helada de anoche y la brisa mañanera me atravesaba la piel como cuchillos filosos.

 

El primer tramo no fue difícil. A pesar del clima, el cielo estaba claro y la mañana soleada, ya había parado la lluvia y se respiraba un aire tan limpio, que a cada paso me llenaba los pulmones enteros.

 

Casi sin darme cuenta, trotando llegué a la Yrigoyen, todavía con barro, y al tomar la rambla me dio de lleno el aire de mar en la espalda. A lo lejos, una ballena jugaba a hacer espuma con la cola.

 

Los arbolitos de la rambla parecían decorados como para navidad, adornados con largas gotas congeladas.

 

De pronto, una ráfaga fuerte de viento me detuvo. Intenté avanzar un poco más pero no pude, duro estaba, con la impresión de que las orejas se me iban partiendo de a pedacitos. Ni señas podía hacer.

 

Menos mal que justo pasaba una ambulancia de un servicio de emergencias  privado, que al verme duro como rulo de estatua, me levantó y me llevó de inmediato a la sala de auxilios.

 

Ya superado el momento del congelamiento inesperado, recobré el conocimiento sobre una camilla mullida, rodeado de una cantidad de frasquitos con remedios, y controlado de cerca por la enfermera (que es jamón del medio) del turno mañana, que me tomaba el pulso con sospechosa delicadeza (no le cuenten a la Laura).

 

Mientras verificaba los latidos la miré fijo y le dije [yo no quiero ir al doctor, solo quiero ver a la enfermera] (5). Cuando pude recobrarme me llevaron de nuevo al rancho envuelto en una frazada, ya estaba cerca el mediodía y de la puerta se percibía el aroma del puchero de gallina que estaba preparando el fantasma, con la compañía del cuis que picaba unos nervios de cerdo con ajo, perejil y aceite para sopar el pan, acompañado de Amargo Obrero con hielo.

 

La enfermera me acompañó hasta la puerta y dijo: "Acá les entrego al salame éste, a ver si controlan al nene y que no salga desabrigado".

 

Mientras, en el mar pero bien cerca de la costa, dos ballenas seguían con su juego de amoríos, resoplando, tan grandes, tan sanadoras del alma.

 

 

 

Autores consultados:

 

(1) Caetano Veloso                

 

(2) Toquinho

 

(3) Vinicius de Moraes   Jobim

 

(4) Vinicius de Moraes                       

 

(5) Charly García

 


 

 

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