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No siempre uno tiene la suficiente grandeza de
ánimo como para contrarrestar las desazones de la vida. También hay momentos
de tristeza y de dolor en estas bardas locas frente al mar. Entonces no
vamos a andar ocultando estas cosas que forman parte de la existencia y
vamos a dejar de hacernos los graciosos por un momento para darle rienda
suelta a la amargura, que de vez en cuando también se merece participar de
la cotidianeidad. Este asunto, vale decir, me ha dejado un sabor amargo, y
no de Amargo Obrero precisamente, ya que la amargura del Amargo Obrero es
una dulce amargura melancólica y esta es una amargura bucólica y ácida. No
recuerdo haberme sentido así, tan desairado, desde aquella vez que lo
echaron a Rattin en el 66, cuando Inglaterra nos robó el partido. Aquella
vez, por lo menos, Rattin, con el imborrable, indeleble 5 en la espalda nos
dejó una mirada, una sola mirada fugaz, casi imperceptible, un instante
mínimo antes de irse de la cancha, apenas un segundo en el que clavó los
ojos en la tribuna colmada y en ese momento todos nos dimos cuenta de que
nunca más se iba a ir de Wembley, que su mirada iba a quedarse allí
para siempre, acusándonos a
todos. Pero el Rata, como lo saben hacer únicamente los grandes, se fue sin
pedir ni dar piedad. Así fue como el centrojás flaco y largo pasó a ser un
héroe estoico y honesto para muchos de aquellos que necesitamos creernos
todo lo que se pueda. Probablemente él conocía como pocos los secretos
escondidos en el interior de la esfera de cuero, que no está rellena solo
de aire como parece a simple vista, sino que guarda misterios milenarios
insondables, emociones irracionales, euforias y congojas primitivas que
explotan cada tanto y que los chicos del sur de América quieren arrebatarle
todo el día a las patadas, sacrificando en su nombre zapatillas y remeras,
rodillas y guardapolvos.
Claro que en la época legendaria de Rattin yo
contaba con apenas 5 años y aún no acostumbraba a consumir vino puro,
apenas un vasito de tinto con soda a la hora de la merienda y otro antes de
ir a la cama con el Topo Giggio. Y por la mañana, una leche con toddy con
unas gotas ínfimas de ginebra, pero nada más. Por supuesto que esto no le
gustaba nada a mi maestra de primer grado, la señorita Clelia, de la cual
yo estaba enamorado profundamente, pero nunca se lo dije porque ella era
casada y por aquel entonces, como todo niño infantil puro e inocente, era
muy respetuoso de las mujeres mayores y casadas.
Ahora que me he convertido en un adulto impuro y
culpable, al menos sigo conservando algo de aquella niñez lejana y es que
sigo siendo un infantil.
Pero ahora me ataca el bajón. La marea sube y trae
la resaca de algas, agarro con ambas manos la guitarra, apoyo la zona media
de una de mis extremidades en una arista del cuerpo maderoso del
instrumento y con la otra presiono las cuerdas contra el mango, poblado de
cintas de metal. Así el guitarrista abraza a la guitarra, como se abraza a
una mujer para bailar un vals. Y me pongo a tocar una vieja hard cueca
anglosajona de los 70, no de autoría
propia sino de autoría
impropia, una tal "Smoke on the water" del gaucho Ricardito
Negromás, también conocido como Ritchie Blackmore, que de poncho y
alpargatas le daba duro a una vigüela conectada a un amplificador de 1500
watts, y que al grito de "God save the queen, ahijuna canejo!"
hacía delirar a toda la paisanada londinense reunida en la Pulpería El
Rebenque (The Rebenk Pulp) en Picadilly Circus, quienes después salían como
locos a correr picadas cuadreras en sus pingos cimarrones de 8 cilindros y
caja de quinta. Qué lindos que eran aquellos inolvidables torneos de taba
frente al Big Ben, aquellos asados de capón en lo de Buckingham, aquellos
mates amargos con torta frita y chicharrón en las tardes lluviosas de
Glasgow, qué tiempos aquellos...
Pero no. Ni cantando las estrofas del coro en
perfecto inglés esmoooouc onde
buoooter... an faier indescai
se me va esta congoja cruel que me tapa el horizonte, donde el cielo
y el mar se besan en la boca.
Y así la vida continúa.
Puerto Madryn sigue firme ahí. El mar se mueve por
dentro pero está sólido por fuera. Unas barcazas, con o sin vela, apenas se
mecen frente a las mansas playas del Club Náutico Atlántico Sud. Allí la
veo a Iopne, que se desliza suavemente por la bruñida superficie acuosa,
acuática, acuálida, acuarescente, acuariana, inodora, incolora y salada (del
gusto que tiene la sal, tal como lo demostrara Balá en agosto de 1968).
Iopne, comandada y hecha por un hombre sabio con forma de corcho, se deja
llevar, se somete a los poderes del timonel, que como a una yegua mansa la
toma de las riendas y sin espuelar la hace trotar con brío entre las olas.
El hombre que la comanda es mitad corcho y por eso nunca se hundió. Domina
a la perfección el arte de flotar. Además de huesos, carne y corcho tiene
mucho cerebro y corazón, ambas condiciones esenciales para mantenerse a
flote en cualquier terreno de la vida. Con cerebro y corazón bien
mantenidos, el mundo puede hacerlo zozobrar a uno, pero jamás naufragar.
Pero aunque verla a Iopne danzar entre las olas
desde la orilla siempre es grato, no me alcanza para abandonar la amargura.
Dejémosla entonces, que se explaye nomás, que haga lo que tenga que hacer,
dejémosle ganar por esta vez.
El loro Coltrane intenta decirme algo pero no le
entiendo mucho porque está atorado con una semilla de girasol rebelde. El
perro insiste en mantenerse echado en el patio del fondo bajo un alero que
irradia frescura. Tiene las orejas atentas, porque andan revoloteando unas
moscas por ahí. El cuis fue a comprar cerveza al almacén La Nona, que
todavía me fía e insiste en confiar que alguna vez le voy a pagar; el
fantasma está durmiendo la siesta; el honorable cacique Pipagua salió a
vender churros sin arenar en la playa (nueva actividad del cacique,
empedernido trabajador furtivo), el fantasma no sale de día y la Laura...
ah... cómo no nombrarla sin emitir un suspiro apasionado.
Si supieran por qué me ataca el bajón...
Algunas cosas que ocurren lo entristecen a uno. No
son cosas que ocurren afuera, en el mundo exterior, ni siquiera en el
espacio exterior. Para que uno se ponga triste tienen que ocurrirle cosas
adentro; en términos médicos, es una opresión que nace en la zona del
píloro y se va extendiendo por la caja torácica a través del esófago que,
en conjunción con la actividad pulmonar y cardiovascular, rítmicamente va
emitiendo ondas de tristeza hacia la hipófisis, que se va hinchando de
manera paulatina hasta ponerse como una naranja paraguaya.
Esto pasa, por ejemplo, cuando uno se enamora y no
le dan pelota, o cuando a uno le dan la pelota y la tira afuera porque está
enamorado y anda paveando y no piensa en lo importante, que es pasársela al
win derecho que entra sólo en diagonal al área por el andarivel del 8.
Pero después pasa, no sé bien cómo porque de
sicoanalista conozco poco y para mí la tristeza y la alegría son cosas
medio mágicas.
Pero si supieran por qué me ataca el bajón...
Mejor hablo de Madryn, aunque también de eso
conozco poco, pero al menos puedo ver el paisaje soleado de la tarde
veraniega cayendo sobre la playa. Los turistas se confunden con los que no.
Los que no, también andan en malla, bermuda, short, fusó, jogging, bikini
y/o monopieza.
Yo ando en gorra y medias tres cuarto color rojo.
A pesar de la oración anterior, está lindo Madryn.
Pero mejor hablo de don Ubaldo, del Rata Rattin, tema
importante que quedó inconcluso hace un rato. No sé que opinan ustedes,
pero para mí lo echaron mal contra los ingleses. Si no había hecho nada. Y
después el gol estaba en orsai.
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