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Antes de que se me ofendiera el honorable Cacique
Pipagua, porque hacía mucho que no lo iba a visitar, nos acercamos con el
cuis patagónico a la casa del mismo. Luego de un par de meses sin abarcar
nuestra presencia, la casa se veía un poco cambiada. La pared lateral
izquierda de la sala de estar, por años adornada con cornamentas de lo que
alguna vez fueran vacas y/o carneros, representando la fertilidad que dan
los cuernos, se veía interrumpida por una flamante play station y un
televisor de 29 pulgadas adosado a la misma. Un poco más a la izquierda, en
el recodo de la pared que remata en el acceso a la cocina, un equipo JVC
con muchas luces de colores que prenden y apagan y dos bafles de 100 watts,
un twitter y dos rangos medios, reproducía una melodía de ritmo elástico,
que servía de sostén a la voz quebradiza de Marley cantando "Get up,
stand up".
La figura del Cacique Pipagua se manifiesta en
toda su sabiduría, encorvado sobre la play station, que en ese momento deja
ver en el monitor una vertiginosa carrera de autos a velocidades
inescrutables. El vehículo conducido por el Cacique sufre una violenta
colisión contra una casa del costado, lo cual lleva al maestro a revolear
el joystick un par de metros lejos y decir una apasionada andanada de
palabras agraviantes hacia el aparato electrónico que, dolido y todo, no le
contesta.
"Cuéntese algo, cacique" le propongo al
tiempo que saco del freezer unas latas de Quilmes heladas, brebaje más que
propicio para detenerse a escuchar al maestro.
"En aquella bolsa hay unos manises pibe"
contesta el cacique, como asintiendo tácitamente a mi propuesta.
El cacique busca el vaso. Toma un trago. Lo apoya
sobre la mesa sin soltarlo. Respira. Toma otro trago. Respira. Hace un
provechito silencioso. Habla.
"Según unas viejas tradiciones, leyendas
transmitidas de boca a oreja y contadas por los ancianos tatarabuelos de
los viejos más viejos, el creador de la música es el viento. Y seguramente
entonces, ateniéndonos a estas afirmaciones tan veraces como todo lo que cuentan
los antiguos, podríamos suponer que el origen de la música está por acá,
por esta región patagónica de vientos ancestrales que no se detienen, o
bien se detienen tan sólo para dejar un silencio de blanca entre muchos
compases vivos. Qué disyuntiva podemos plantearnos ahora, qué aparente
contradicción se presenta, sabiendo que ésta es la tierra de la soledad y
el silencio; pero en definitiva así es nuestra gran casa: una mezcla de
maravillosas contradicciones donde conviven, casi sin saberlo, calles de suburbio
de barrio con lobos marinos durmiendo en un remanso de rocas en la costa
del mar, donde conviven guanacos y máquinas ruidosas de vialidad nacional,
Internet y peones de campo sin siquiera una radio a pilas. Por qué no
entonces suponer al viento como música y silencio a la vez. Cuando el
hombre primitivo se levantó en dos patas y, en esta posición comenzó a
observar y escuchar con más detenimiento todo lo que pasaba a su alrededor,
percibió las primeras notas musicales. Estas fueron las que el viento toca
en los ramajes, golpea en las piedras, silba en las cuevas. Luego, unos
pocos milenios después, imitando al viento es como el hombre elaboró los
primeros instrumentos musicales."
El Cacique hace un breve impasse en su alocución y
vuelve a tomar con delicadeza el joystick, recién despedido hacia la nada y
salvado de estrellarse en la pared gracias al cable de conexión con el
aparato electrosalvaje. En la pantalla aparece el logo del "Need for
speed" y el sabio se prepara para una nueva competencia a todo o nada.
Rugen los motores de la Ferrari a través del sonido estéreo del televisor y
comienza la carrera. Mientras,
aprovechamos este entretiempo para extraer de la heladera del
Cacique unas presas de pollo frío del mediodía, hecho al ajo por una conocida
rotisería de la zona durante la noche anterior. Al regresar, vemos que el
Cacique, más distendido, logró un loable cuarto puesto en esta etapa, a 7
segundos del Lamborghini que entró primero.
Luego de ver la clasificación final y de colocar
con orgullo el nombre de "Pipagua" entre los diez mejores records
conseguidos hasta el momento, sonriente deja con suavidad el joystick y
continúa:
"Por eso es que debemos respetar al viento,
al padre sagrado de todos los instrumentos musicales: desde el cultrún, el
más importante de nuestros instrumentos autóctonos, hasta la quena y la
pifilca, instrumentos de un profundo trasfondo cultural para nosotros, los
del sur de América del Sur, logrados a partir de los pocos objetos que
podía recolectar el hombre en estos campos: un cuero de guanaco, unas
cañas, unas cuerdas y unos palos y ensayando por lunas enteras hasta, como
por arte de magia, sacarle a cada uno su sonido. Tan mágicos eran los
sonidos, que fueron considerados sagrados y hechos para regocijar a los
dioses.
Sin embargo, el primer instrumento que el hombre
tuvo fue su propia voz, cuyos sonidos son generados ni más ni menos que por
el pasaje del viento a través de ciertas cavidades del cuerpo humano y que
hacen vibrar unas especies de cuerdas, originando el sonido que luego es
modulado por el ejecutante con la garganta, lengua y labios. Así, el viento
se transforma no solamente en
creador de la música, sino también en su medio natural de
transporte, llevando a los oídos nuestros todas las melodías que atrapa en
el aire.
Dicen también los antiguos que otro gran músico es
el mar, que en su interior esconde a todas las músicas del mundo y
solamente deja escuchar un poco en la orilla, cuando las olas se arrastran
hacia la arena. Otra gran contradicción: el mar como dueño del silencio y
de la música a la vez. Pero veamos la cosa desde otro punto de vista: ¿qué
sería del mar sin los boleros, o del viento sin el tango? Simplemente, les
faltaría algo. Por suerte, en estos parajes todavía suenan violines en las
noches frías del invierno, violines que se esconden debajo de las chapas de
los galpones viejos y bandoneones que salen a pasear en las noches de
lluvia. Es todo. Gracias por escucharme."
La verdad, había empezado bien el Cacique con esto
de relacionar al viento con la música, pero sobre el final se puso medio
melancólico y para qué, para nada. Al igual que el cuis, el otrora
honorable y machazo Cacique Pipagua se me está amariconando.
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