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Era una tarde cálida y diáfana, una de esas tardes
de verano en que no sopla ni una gota de viento y es como si el tiempo,
vaya paradoja, se hubiese detenido por unos minutos. Sin embargo, un
imperceptible crepitar de hojas y enramadas descubría a los gorriones,
obligados a revolotear a la pesca de algunas migas de pan seco,
desparramadas en el patio del fondo por el mantel del mediodía.
Un perro dormía, estirado en toda su longitud bajo
un alero fresco y sacudiendo en sueños las orejas para espantar moscas
invisibles.
Era una de esas tardes en que a aquellos espíritus
sensibles nos dan ganas de ir al drugstore de doña Ana, y pedirle fiado
unos cortes de queso Mar del Plata, mortadela y salamín para picar y
algunas botellas de cerveza frías, lo cual está cada vez más difícil,
porque hace tiempo que le debo no solamente el precio de algunos contenidos
líquidos, sino también tres envases. No obstante, luego de logrado el
objetivo tan buscado de recibir cosas sin dar nada a cambio, es bueno
retornar a la paz inmaculada del rancho a ver pasar a la gente por la
puerta y poblar de estrofas el aire de la tarde, trazar ritmos de poemas
cantados, y que las bardas sean oídos que escuchen extrañados y que las
olas del mar sean como músculos y manos que aplaudan las palabras.
Pero aún era bastante temprano, tanto para liberar
las musas creadoras como para degustar la picada con cerveza, eran apenas
las tres de la tarde y a esa hora y con un sol que parte la tierra y quema
los cuerpos tirados al sol, la mortadela hace mal. Entonces dejé la cerveza
y los fiambres en la heladera y decidí ir a mi recámara a darle un breve
reposo a mi cuerpo abatido y expandir la mente, elongar las neuronas,
dejándole las puertas abiertas a los hados de la inspiración. Cuando me
desperté eran como las siete. Y me desperté debido a que escuché en la
lejanía de la cocina risas y risotadas. De un salto dejé la cama porque
presentía lo peor. Y era nomás:
estaban el cuis y el Langosta en medio de un
desparramo de cervezas agotadas. Llegué justo cuando el bicho malandra daba
el último sorbo al último vaso de cerveza y largaba un estruendoso y
patético eructo, que casi voltea el cuadro que tengo colgado al lado de la
máquina de flit a pistón, donde está el Diego besando la copa del mundo 86,
que menos mal que no se cayó al suelo sino ahí nomás los reventaba a todos.
Pero enseguida la ira dejó paso a la resignación,
ya que es inútil tratar de explicarles a estos individuos el dolor y la
tristeza que puede llegar a sentir uno al levantarse de la siesta y
percatarse de que le chuparon la cerveza. Simplemente les dije:
Esta actitud dañina de parte de ustedes,
no hace más que sumirme en una profunda amargura, así que por favor les
pido, tomensenlá y no regresen sin al menos dos porrones llenos y sin abrir;
de lo contrario, me veré obligado a tomar otras medidas mucho más drásticas
para con vosotros.
El cuis, que con total impunidad hasta el momento
ni siquiera me había dirigido la vista, argumentó:
Disculpe usted, don, pero a diferencia del Sargento Cabral, morirá
como enemigo por combatir a los contentos.
No
se me venga a hacer el conocedor de historia conmigo: mejor rajen de acá ya
mismo... Al menos veo que me dejaron unos magros trozos de queso y
fiambre... No me obliguen a correrlos a alpargatazos; mejor me quedo así y
así enfrentaré a la temida hoja en blanco, sin un mínimo porcentaje de
alcohol en la sangre. Porque los poetas somos así de locos. Y ustedes,
mientras tanto, sigan consumiendo mis pocas vituallas, que me las he ganado
con el sudor de la frente cada mañana en que, gracias a Dios, me levanto
bien temprano a procurarme el pan.
Disculpe que discrepe nuevamente con usted, don, pero siguiendo con
las frases célebres y hablando en términos puramente económicos, al que
Dios ayuda, no madruga. Hasta luego.
Y me dejaron solo nomás, ahí entre medio de los
vasos usados y sin lavar, solo en una tarde donde la frescura que llega
tenue del mar refrescaba un poco al calor árido del verano. Entonces
encendí la PC y me puse unos compacts MP3 que me compré el otro día por
Internet, y mientras sonaba un tema de John McLaughlin y Mahavishnu (porque
así de fino soy para escuchar música) me dije a mí mismo una y mil veces:
"Debo dejar de escribir estas huevadas y tratar de hacer algo más
coherente", y entonces lo tenía allí, delante de mí, como una
aparición, como un regalo dejado por algún ángel jugador, y me puse a
escribir este tremendo poema que es una cosa maravillosa.
Decía que mientras el cielo se iba tornando rojo
gris y se comenzaban a escuchar los primeros presagios de la noche de
verano, frenéticamente me puse a garabatear en el papel lo que me venía a
la mente como en cataratas.
Cuando al fin terminé, con los ojos llorosos de la
emoción, las manos crispadas aferrando el lápiz, tomé con delicadeza la
hoja y lo leí: era una porquería por donde se la leyera.
Enseguida me fui desesperado a la biblioteca a ver
si encontraba algo de Neruda o de Apollinaire para plagiar, y entre los
libros, como dejada al descuido veo una hoja medio arrugada que el cuis
había escrito la otra noche. Me dije que este bicho escribe siempre de lo
mismo: del muelle, del mar, de que está triste, en fin, todo eso que se les
da por escribir a los poetas cuando no tienen alguna persona del sexo
femenino cerca. Y bueno, le birlé la poesía, total, él me toma la cerveza y
yo me la aguanto.
Nostalgia
En esta noche de luna como paño desgarrado
Mientras los maderos le silban a los pescadores
del muelle
veo pasar al canillita gritando por la alfombra
arenosa
que el viento con sus diarios le tendió en la
orilla.
Veo pasar ausencias, lejanías, amigos enteros
veo bares tenues apagar la madrugada
y aquel lugar sin nombre, sin tiempo
donde comimos el pan que amasaba la noche.
Donde mujeres con vestido azul marino
nos masacraban la inocencia sin piedad
hasta regalarnos sin quererlo,
la añoranza deseada por los niños:
la nostalgia de ser grandes.
Pero no todo lo pasado fue mejor.
Hoy, solamente hoy
puedo ser el dueño de esas voces arcaicas en el
horizonte
de mi abuela acomodándome el pullover
la secundaria rebalsando de tiza y sueños
del partido a 12 entre cunetas anegadas
el beso escondido en una plaza tibia
y de la inquietud de mi madre porque es tarde y
aún no llego.
Solamente hoy, no antes, todo eso me pertenece.
Por eso vuelvo al muelle en estas noches mansas
porque no quisiera retornar a mi viejo barrio
y perderme a toda esta multitud de lo que ya fue
y abandonar el deseo del volver a ser
y no poder poblar al horizonte con abrazos
perdidos.
Por eso también busco en este abismo del presente
la sombra del rostro de mi amada
para atrapar su cabellera de pájaro
y así seguir sembrando este jardín difuso
con semillas de nostalgia.
La busco a ella, que está cerca,
para no olvidar a los amigos viejos
ni a las calles de alquitrán quebrado, ni al calor
de la siesta,
ni a las luces girando en la pista de baile.
La busco para encontrar mañana la melancolía de
esta noche
en que le digo "te quiero".
Para sentir una vez más el perfume de su cuello
un momento antes de que yo mismo
me convierta en un recuerdo lejano
en un rumor más que quizá se oiga
en algún otro muelle de horizonte negro,
con otros pescadores
y otros cielos.
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