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La otra tarde, no vi llover, mas sentado en unas
piedras irregulares de la playa, mirando para el lado del agua, me
preguntaba, mejor dicho me decía, que esto de ordenar las letras a partir
de una estructura semántica acordada tácitamente con el lector (digamos el
castellano por ejemplo), generando cadenas secuenciales de caracteres
basados en una gramática no regular ni independiente del contexto (tipo 3
según la clasificación de Chomsky), y que signifiquen algo para el autómata
finito no determinístico que todos llevamos dentro, era una tarea
verdaderamente compleja.
Sin embargo, por qué no contar, por ejemplo, las
cosas que pasan, o las que no pasan, ya que hoy por hoy, en algunas
oportunidades escasas, la ficción supera a la realidad.
De pronto, mientras seguía sumergido en mis
pensamientos, imbuido en mis lucubraciones, empavecido, embobado, atontado,
hecho un estúpido, en medio de la plenitud costera, una sombra oscura se me
fue acercando, zigzagueando a mi derecha. Avanzaba corriendo unos pasos y
se escondía tras unas lomitas, corría de nuevo y se agazapaba debajo de los
chapones oxidados del barco encallado espectral que se alza frente al
Poseidón.
Cada vez lo tenía más cerca y ya lo había
descubierto hacía rato. Sin embargo, a pesar de su evidente presencia, la
sombra seguía intentando acercarse a mí a hurtadillas, para que yo no la
descubriera.
Se puso a mis espaldas y con voz temblorosa me
dijo "Buuu".
Acostumbrado como estoy a ver fantasmas por todos
lados, sobre todo en esta soledad ocasional, es decir el sentimiento de
sentirse solo cuando llega el ocaso, no me amilanó este intento de
asustarme por parte de la entidad, que se movía detrás mío agitando una
especie de brazos largos envueltos en algo así como sábanas. "Es el
fantasma de algún cuento anterior”, pensé. Sin embargo, no giré el cogote
para verlo, sino que le seguí el juego.
No contesté nada, como si me hubiera quedado
paralizado.
"Yo soy... yo soy... " balbuceaba la
entidad. Me causó algo de gracia, pero traté de no reírme en risa alta.
"Yo soy... el fantasma del espejo en que la
gente no se mira". Oh, mirá vos, la cosa se había puesto un poco, un
poco nomás, interesante.
¿El
fantasma del espejo?
pregunté sin darme vuelta
Sííí, soy un espectro que asusta mucho, que casi nadie quiere ver,
soy el que te puede mostrar a vos mismo frente a un espejo, pero no como
vos te ves, sino como te ven los demás. Si te das vuelta, podrás ver tu
propia imagen real por primera vez en tu vida...
Eeeeeh, no sé qué decirle, está tan lindo el mar y mirar el anillo
de barcos iluminados a lo lejos, que no sé, además ya lo vi cuando se me
acercaba: usted es apenas una sombra oscura que pasa casi
desapercibida
Esa
es una forma de cómo te ven los demás, solamente una, pero tengo varias
otras que ni siquiera imaginás
dijo alejándose un paso de mi silla de arcilla moldeada
naturalmente.
Su voz no era la del fantasma que me encontré en
la Yrigoyen; sin embargo estas criaturas tienen la propiedad de cambiar de
aspecto y de voz, como cuando uno habla por teléfono con una chica o con el
jefe, o con ambos al mismo tiempo. Aún con un pequeño halo de sospecha, me
iba convenciendo poco a poco de que esto era otra cosa, no un ánima
tradicional de esas de los cuentos, sino otra cosa, cómo explicarlo, algo
más serio.
Le
agradezco su propuesta, pero no, la verdad es que no tengo ganas de verme
como me ven los demás, no me interesa, aparte estoy sin cambiarme y un poco
despeinado. Lo siento pero no, será en otra ocasión, pase mañana, o a
principio de mes, ahora estoy apurado y no puedo atenderlo
Puerto Madryn, silencioso y quieto a esas horas de
la tarde, no me ayudaba mucho, mas bien se mostraba indiferente.
Míreme, por su bien
ordenó. Irremediablemente, tuve que hacerle caso.
Me dí vuelta lentamente y lo vi. Era algo
inexplicable, no tenía una forma definida. Se iba amoldando a cada instante
a una figura por momentos horrenda, repugnante, sin demasiados rasgos
humanos, para luego derivar en una masa desagradable, fea por completo.
Luego del segundo, no más, que pude soportar
aquella imagen, giré en dirección contraria y corrí, corrí entre las algas
vociferando en medio de la agitación: "Es el vino, es el vino
adulterado que me vendió el del bar Toto a mitad de precio!!".
¡¡¡No
se asuste!!! gritó el
monstruo ¡No es para
tanto! Como ya le dije, ésta es otra de las tantas formas en que lo ven los
demás, pero hay más, y las otras no son tan feas ¡¡¡Espere!!!
Casi no lo escuché. Pero, ¿por qué al principio me
tuteaba y ahora me ustedeaba?
No me detuve a pensarlo.
Ya era de noche, no podía permanecer ni un segundo
más en ese lugar. Como si hubiera entrado en un pánico primitivo, seguí
corriendo, tomé un sendero empinado que da a la calle Rawson y avancé en
dirección sur norte, remontando una loma pronunciada que allí hace la
calle:
un poco más allá, me encontré parado frente a una
casa que domina el acantilado de este lado norte de la ciudad, una casa
iluminada por luces de lámparas y por la luna, que entra por cada molécula
de vidrio de sus gigantescos ventanales. Al llegar a la puerta lo recordé,
era la casa de la Lili, que esa noche, exactamente a las 21.30hs,
organizaba una paella y yo estaba invitado...
"Hola Carlitos Alberto, vení, pasá que
Pipagua ya está preparando los mariscos y ya están por llegar los otros
invitados".
La familiaridad con que me recibía la Lili no me
alcanzó para distenderme, seguía con la mente puesta en el monstruo del
espejo, que no estaba tan lejos. Al mismo tiempo me preguntaba (cada día me
voy haciendo más preguntas que quedan sin respuestas) por qué a ella que
estaba viendo mi imagen real, no le causaba el mismo desagrado que me había
causado a mi hacía instantes.
Traté de disimular mi perturbación, me sentía muy
turbado y el sudor de la espalda ya empapaba la camisa fucsia hasta la zona
del coxis. Sin embargo disimulé y esbocé una pequeña sonrisa. En medio de
las fuentes con pulpos, calamares, vieiras y otros frutos del mar (que son
muy abundantes en estas zonas costeras chubutenses y medio de vida de una
buena parte de la población madrynense), a los que se agregaban algunos
cortes de panceta y presas de pollo y una especie de olla de metal grueso y
bordes pequeños, que se iba calentando por intermedio de un mechero a gas
natural, se encontraba Pipagua con delantal de cocinero. "¿Qué hacés
hermano, cómo te baila?". "Este... bien, Pipagua, pero decime una
cosa, ¿no me notás nada raro?".
"No, la misma cara de gil de cuarta de
siempre, o sea que nada raro. Tomá asiento, por favor".
Un poco más allá de las fuentes de mariscos y la
mesa, el ventanal, como una pantalla de cine, mostraba una documental de la
fauna costera patagónica.
Mientras Jacques Cousteau trataba de pescar algo
sentado a un costado de la imagen y Pancho Ibáñez comentaba las características
de la zona, un grupo de gaviotas grandes como son las gaviotas de acá,
sobrevolaban la costa. Un par de cisnes rosados picoteaban la arena y,
sobre el acantilado, un perro de pelo blanco brillante, bien cuidado,
conocido en el barrio como Cuba (el perro de la Lili), atropellaba el
viento a los ladridos sin lograr ahuyentar a las aves. De repente, a un
costado de la ventana se asomó una imagen y temblé: otra vez el fantasma se
me presentaba abruptamente; esta vez tenía puesto un bonete plateado, una
peluca verde a rulos y una pelotita roja en la nariz.
Pronto desapareció y me tranquilizó el hecho de
que nadie lo había visto aparte de mí mismo. Me tranquilizó eso y el vino
graffigna que me estaba tomando desde que había llegado, y que ya iba por
el segundo vaso.
"Hay que ponerle un poco más de arroz a la
paella" dije en dirección a Pipagua.
"Pibe, dejame a mí, andá a cebarte unos
mates, haceme el favor. Y para que veas, te voy a explicar cómo se hace la
paella, ahí va, preparate".
(Cada día me digo más respuestas sin que nadie, ni
yo mismo, me haya preguntado nada)
"¿Alguien me ayuda a traer la otra mesa del
garage?", pidió la Lili. En el garage no hay ventanas grandes, pensé y
enseguida me dirigí a buscarla. Al regresar, cansado de cargar la mesa, ya
habían llegado algunos invitados más; el clima era festivo y Pipagua se
mantenía firme defendiendo del acecho implacable del resto de la gente, a
punta de tenedor, a la paella que ya estaba en pleno proceso de cocción.
Sin embargo, yo seguía inquieto mirando continuamente para afuera. La cara
de payaso ya no estaba.
Sólo el mar, fiel reflejo de mi corazón, de
aquellas tantas veces que me hubiera visto llorar perfidias y otros
sentimientos, que generalmente ocasionan más desencuentros que amistades,
se mostraba como un gran caldo negro a través de las aberturas panorámicas
del caserón de tejas. A la atmósfera viciada de humo, shampoo y lápices
labiales del interior del recinto, se sumaba el aroma que lentamente
remontaba vuelo desde la olla.
Mientras, como alguien que se sabe culpable pero
no sabe por qué (para más información sobre el particular leer "El
Proceso" de Franz Kafka, mil novecientos diecipico), me iba subiendo y
bajando de la mesa a los saltos, cantando hip hop en italiano, por el solo
hecho de llamar la atención con algo. Sin embargo, el fino velo de la
ridiculez no servía para cubrir por completo la evidencia del
remordimiento. Ni siquiera me ayudaba el dominio del absurdo, elemento
fundamental, piedra basal para solapar las verdaderas intenciones de uno,
que tras una aparente candidez, una absurda diatriba incoherente, oculta lo
que realmente quiere mostrar y, como Salomé en la danza de los 7 velos, va
quitando de su figura uno a uno los velos hasta que aparece, a cuerpo
entero, a la vista de todos, lo que se quiere mostrar que, en mi caso, ya
no aguanto más y tengo que decirlo, este secreto que ya desvelo: no, mejor
no, dejémoslo para más luego, quizá en libros venideros, por favor, no
insistan.
En uno de los saltos hacia abajo de la mesa fui
detenido casi suavemente. Fui afirmado al piso al ser atrapado por los
hombros, en pleno vuelo descendente, por uno de los comensales, un tal
Pepe, que me desafía a un partido de truco a tres chicos por parejas, lo
cual fue plenamente aceptado de mi parte, aunque no me había quedado claro
si era con o sin flor, cosa que me enteré luego, cuando canté flor y me
dijeron que no valía.
Pepe mentía y mentía en cada mano y yo trataba de
pasarle las señas a mi compañera circunstancial del truco, una truquera
joven de la zona que había venido con minifalda. A ambas las trataba con
particular deferencia verbal y ocular, más lo primero a ella y más lo
segundo a la minifalda. Tras la ventana se asomaba, entre brumas, el rostro
de una persona pálida, con traje, corbata, impecable a no ser por un hilito
de saliva que se desprendía de la comisura derecha de los labios y un
exagerado crecimiento de los caninos.
Sin embargo en el mismo momento en que le iba a
pasar las señas del ancho de bastos, el siete de velo y el tres de palo
homónimo, tras la ventana se me apareció otra cara. Del susto me salieron
las señas del nueve de copa, de la K de diamante y "el ahorcado"
de las cartas de tarot. Era algo horripilante, algo desagradable, una cosa
asquerosa, era... era... era...
... era el cuis, a quien también habían invitado.
Ahí me enojé.
"Pero... ¿qué hace este individuo acá, quién
lo autorizó a venir, a ver?"
(Ahora, tras el vidrio aparecían varias caras
metamorfoseándose, caras feas, con los ojos desorbitados, los dientes
salidos, los pómulos atravesados por finas arterias azuladas) "Pará,
pará Carlitos, el cuis es un amigo y no lo íbamos a dejar afuera, no te
pongás así". La Lili, nuestra anfitriona, trataba de calmarme con su
encanto y su voz pausada. Pero yo no podía dejar de tartamudear y ya había
perdido el control de mi mandíbula inferior, mientras los jugadores
comenzaban a increparme para que tirara una carta antes de que se durmieran
todos.
En eso habló el cuis, arrebatando de la mesa una
botella recién abierta de tinto Graffigna:
"Si me disculpa don, antes de descargar todas
sus angustias sobre mí le voy a decir algo: este recrudecimiento de su
enfoque negativo hacia mi persona no es casual, sino fruto de su continua
ansia de competitividad para conmigo o con cualquier otro que le haga
sombra, y como yo no solamente le hago sombra, sino que además lo dejo en
la oscuridad total, se la agarra conmigo..."
Tres personas me retenían de los hombros, yo
trataba de liberarme para agarrar al cuis del cogote pero no me dejaban,
como un loco gritaba: "Usted no existe, usted sin mí no existe, es
apenas mi poeta subrogado, ¡¡¡es mi poeta subrogado!!!"
"Usted; siguió el cuis como si nada no es usted sino el que está
del otro lado de la ventana (porque yo también lo vi). Usted no es más que
lo que hace, no es una hormiga en la colmena ni una abeja en el hormiguero,
sino lo primero con lo cuarto y lo tercero con lo segundo. Es un pequeño
yuyo en la Patagonia de la vida de los otros, es un piquillín y medio seco
encima. Pero claro, se cree que es importante ¿no?. ¿Se cree el Aconcagua?
Ahí está el error. Permitamé:
En la vida
es mejor que mucho quede por hacer
que haberlo hecho todo
es mejor que haya calles sin asfalto
para acordarnos de cómo son las piedras
Qué sería de nosotros si no nos faltara nada.
Los humanos ganan y pierden, van y vienen, nacen y
mueren,
... al mar no le interesa ...
A pesar del mar, no se lo van a decir, pero...
la vida pasa y al final uno quiere dejar algo
y lo mejor que uno puede dejar es
un buen recuerdo
Para eso, habrá que tratar que la cara del espejo
sea lo más parecida a la cara verdadera de uno
mismo
ni linda ni fea.
Es una cara que no se puede mirar con los ojos
ni imaginar con la mente"
El acercamiento de Pipagua a la mesa con la olla
colmada de paella calmó mis ansias.
"Esto es jamón del medio" dijo. El cuis
ya se había bajado los tres cuartos de tinto y todavía no había comenzado
la cena. De repente, me pareció que todo se iba normalizando: ganamos al
truco (la minifalda de la truquera jugó un papel fundamental en la
desconcentración de los rivales, aunque también me vi afectado por el mismo
motivo, al punto de que en una mano tenía 33 para el envido y canté chin
chón). Estaba bastante más tranquilo, aunque la impresionante,
atormentadora minifalda de mi co equiper, me ponía un poco nervioso todavía
(que no se entere la Laura por favor).
Así pasó la velada y ya casi no veía la cara en la
ventana, solamente de vez en cuando aparecía algún que otro rostro
intrascendente.
De regreso con el cuis, que traía bajo el brazo
una botella de Bianchi y un tupper lleno de paella que habían sobrado, ya
cerca del rancho vi pasar a un tipo que no conocía, de unos cuarenta años;
iba caminando despacio, silbando algo. La camisa era celeste, como todas
las camisas, el pantalón era un vaquero, como todos los pantalones. No
estaba ni peinado ni despeinado. Ocupaba un ínfimo espacio en el paisaje
nocturno del suburbio, pero algo ocupaba. El mar desconocía su presencia.
Solamente lo descubrió un perro que le ladró tras unas chapas, dio un
pequeño salto al costado y siguió caminando y chiflando, las dos cosas al
mismo tiempo.
Me miró de reojo.
Me puse contento. Era yo.
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