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"Vamos a la plaza, don cuis, que seguro a
esta hora debe estar Pipagua escuchando reggae y vendiendo globos".
Con estas palabras le propuse mi invitación al
cuis para hacerle una visita al glorioso cacique Pipagua que, tal como es
su costumbre al comienzo de la primavera, cuando empieza a soplar fuerte el
viento, renueva sus esperanzas de ganar dinero vendiendo globos en la
plaza.
Porque una cosa es ganar dinero de manera simple y
otra muy distinta es encarar un negocio de altísimo riesgo, como es el de
globero durante la primavera madrynense. No es que sea muy exagerado, pero
en esta época del año los vientos soplan bastante a veces, no siempre, y
ahora en la ciudad están un poco más amortiguados por la presencia de
muchos árboles y edificios. Sin embargo, se forman en algunos lugares
corredores de viento, en donde el mismo genera una especie de remolino
rapidísimo que sorprende a los transeúntes que inocentemente transitan por
esas zonas con gorro, sombrero y/o peluca.
Pero qué linda que es la primavera, las flores
florecen, las luces alumbran, las ovejas pastan, la gente sale a pasear por
la rambla, las ballenas están que revientan de gordas; en fin, todo muy
lindo salvo para el globero, que, ajeno a todas estas maravillas, asume su
invalorable sacrificio y estoicamente resiste los embates del viento
aferrando con una mano los globos, mientras que con la otra saluda y hace
señas que nadie entiende, pero seguramente simbolizan la abnegada vida de
este luchador, empecinado en salvar la olla ofreciendo gas en envases
flexibles.
¿Por qué será que esta profesión, como la del
afilador de cuchillos, el zapatero, el botellero aún perduran en el tiempo?
No sé, pero ojalá que nunca desaparezcan.
A la luz del sol, que poco a poco va calentando un
poco más, anunciando la proximidad del verano, los chicos juegan en las
hamacas y en los toboganes.
El globero permanece atento al manojo de globos
atado a un soporte, mientras saca una lata de paté de foie y un paquete de
Criollitas.
A dos cuadras de allí, el mar brilla bajo los
rayos del sol de octubre. Unos pescadores se afanan por conseguir piezas
grandes; algunas parejas caminan por la extensa arena, ahora que la marea
está bajando.
Llegamos a la plaza y el cacique Pipagua está allí,
con los globos flameando a su lado, como banderas multicolores, y la mente
divagando en quién sabe qué senderos de sabiduría y conocimiento. Todo lo
que nos rodea, el mar, la Patagonia, el cielo, los planetas, el cosmos, el
universo, son cosas muy grandes para intentar entenderlas dentro de la
mezquina conciencia del ser humano. Sin embargo, Pipagua sostiene lo mismo
que aquel filósofo kafkiano, que afirmaba que todo el conocimiento se
concentraba en el giro rápido sobre su propio eje de los trompos que usaban
los niños para jugar; por eso que cada vez que veía uno en movimiento, se
arrojaba hacia él y lo atrapaba para ser sabio, con lo que recibía la
desaprobación generalizada de los niños y era considerado loco. De igual
manera, Pipagua, como reivindicando a estos sabios fuera de su tiempo,
insiste en que no hace falta leer mucho ni viajar lejos para obtener
conocimientos. Solamente mirar alrededor de uno y comprender.
A continuación el cacique expone in extensum su
teoría ad hoc, con su conocido estilo ad libitum.
La topología, según creo, es una ciencia
desarrollada no hace muchas décadas (unas 10 ó 20), que establece la
existencia de otras dimensiones paralelas a la que todos conocemos,
dimensiones que son inaccesibles para cualquier ser humano y que los
topólogos tratan de entender a través de complejas ecuaciones geométricas y
físicas y (por qué no) dar con la fórmula o la clave que lleve al sujeto o
a un objeto cualquiera, a formar parte de la o las otras dimensiones
paralelas existentes.
El símbolo más conocido de la topología es la
Cinta de Moebius, que es una tira que bien puede ser de papel y cuya forma
inexplicable para la física se obtiene tomando uno de sus extremos y
girándolo 180 grados, es decir, haciendo un doblez y uniendo este extremo
al otro, lográndose así un solo plano (a diferencia de cualquier papel que
tiene dos, cara y contracara), en el cual un caminante que anduviera por
dicha superficie, caminaría de manera infinita siempre por el mismo plano.
Según los estudios realizados hasta el momento se
puede intuir (primer condición necesaria pero no suficiente para el
descubrimiento científico) que algo de otra dimensión hay en el ambiente,
pero no se sabe bien qué.
Por otra parte, desde un punto de vista más
humano, podemos decir que cada uno tiene su propio mundo, su propia
dimensión que interactúa y se relaciona con los mundos de las otras
personas. A veces hasta comparte su mundo con el de otros y así todo se
confunde y parece que fueran el mismo. El pensamiento humano, a veces
claro, otras oscuro, tenebroso, rápido, angustiante o alegre, es una
dimensión en sí mismo, aparte de las tres o cuatro conocidas.
Con el pensamiento, la gente puede crear sus
propios mundos y sus propias secuencias temporales, y qué es un escritor
sino alguien que, no conforme del todo con la realidad en que vive,
pretende imaginar y describir nuevas realidades, que probablemente sean tan
irreales como la que vive cuando no escribe.
Otro de los grandes interrogantes es el tiempo,
esa dimensión que al parecer avanza inexorablemente y no retorna, esa
metáfora y tautología a la vez, que de manera indescifrable para el ser
humano, se mueve siempre en el mismo sentido y al mismo tiempo va dejando
huellas de su existencia en el sentido inverso.
De esta manera, tiempo y espacio se mueven
impulsados por una fuerza inexplicable y al parecer de forma calculada, o
al menos calculada a través de los pobres instrumentos de medición de los
hombres. Sin embargo, hay quienes creemos que algo de caprichoso tienen
estas dos entidades. Algo que hace que la historia sea solamente una y haya
miles de historias que simplemente por una cuestión de caprichos del tiempo
y el espacio, no pudieron ser en esta dimensión, pero que bien puedan estar
ocurriendo en las otras que no vemos.
En este universo, quizá de tres dimensiones pero
nada más que tres, los acontecimientos se pueden ir sucediendo cíclicamente
a partir de un doblez (cinta de Moebius) en lo referido a lo temporal: la
cuarta dimensión.
Así (parafraseando a Dolina), un muchacho que
recién acaba de doblar en una esquina, no tuvo la posibilidad de conocer al
gran amor de su vida, una mujer muy seria que ha pasado por dicha esquina
apenas media hora antes. Sin embargo este retraso (podemos imaginar) dio
lugar a que el joven conociera, en la parada del colectivo, a otra chica
que trabaja de empleada de comercio en un negocio de a la vuelta y que es
bastante simpática. No es un enamoramiento fulminante como el que podría
haber ocurrido con la primer mujer, pero el flaco hace alarde de su
galantería y con unos hábiles artilugios verbales la invita a tomar algo al
boliche más cercano. Van, se conocen y por esos misterios (mal llamados
misterios) del destino, se casan y tienen varios hijos, que con el tiempo
se transforman en importantes estudiosos de la ciencia.
Este pequeño hecho, grande para ambos pero pequeño
al fin para el universo, da lugar a una sucesión de hechos históricos que
nada tienen que ver con lo que hubiera ocurrido si el muchacho hubiera
pasado por esa esquina media hora antes o media hora después, momentos en
que la simpática ya estaría arriba del colectivo.
A su vez, nada de esto habría pasado si el mundo,
en vez de girar en la elipse que lo hace habitualmente, hubiera girado
desde el principio de los tiempos con un mínimo de desplazamiento orbital
referido a su elipse alrededor del sol. Una trillonésima de nanosegundo de
grado hubiera bastado para alterar el transcurso de la tarde en unas horas,
sin por ello cambiar las buenas condiciones de la Tierra para el desarrollo
de la vida, tal como la conocemos.
Ahora bien, ¿será cierto que en otras dimensiones,
pensadas o no, nuestro joven de marras llegó a la esquina exactamente
cuando pasó la primer mujer, la siguió un poco sintiendo que estaba
perdidamente enamorado a primera vista, pero ella no le dio ni la hora y
todo terminó allí, y así el mundo se perdió de unos valiosos estudiosos de
la ciencia?
Parece que los destinos de este hombre y estas
mujeres están determinados de antemano; alguien nos quiere hacer creer que
ahora son las nueve de la noche acá y las diez un poco más allá y las nueve
de la mañana en Australia, y uno más que creerle lo asume así para, al fin
y al cabo, poder formar parte más o menos decorosamente de la sociedad
humana en que vivimos.
Sabemos que el tiempo es todopoderoso, pero luchamos
casi inconscientemente, a veces por detenerlo y otras por hacerlo pasar
rápido, ya sea con recuerdos, coleccionando cosas, con liftings y cirugías,
fumando, mirando la tele o hasta pescando en el muelle.
Deberíamos aceptar, pues, que al fin y al cabo estamos
acá simplemente por un capricho del tiempo. Que no somos ni más ni menos
que su consecuencia (no su finalidad) y que nuestra importancia es
altamente relativa, diría totalmente relativa y entonces sí, por ahí,
podremos sufrir de los momentos malos y disfrutar de los buenos, como
corresponde.
Breve disgresión acerca del tiempo:
(Diálogo entre Pipagua y el cuis)
Pipagua (mirando una vez más su reloj pulsera):
- ¡Las doce! - gritó mientras las pestañas se le
encorvaban formando un solo arco - ¡Malditos relojes! Para lo único que
sirven es para que no nos olvidemos de que el tiempo pasa inexorablemente.
- Y los amores, ¿para qué sirven entonces? -
pregunta el cuis, que a veces se pone un poco, apenas romántico.
- Para que no nos olvidemos que algunas vez,
aunque sea por un instante, pudimos detener el paso del tiempo.
- Entonces, si pudiera volver al pasado, ¿volvería
a sus viejos amores? -
- No, ni loco, ¿querés que me quede sin recuerdos dulces e idealizados,
nada más que por el simple egoísmo de vivir eternamente un momento de
felicidad? No. Prefiero que los relojes sigan andando hacia adelante,
aunque el tiempo siempre es relativo.
- ¿Cómo relativo? - pregunta el cuis, que no
entiende mucho de física.
- Por ejemplo acá, frente al mar, el tiempo pasa
más lento. Las cosas no cambian mucho en la costa. Hasta podríamos asegurar que las olas que
bañan continuamente la arena son, tomando una cantidad limitada, siempre
las mismas.
- ¿Cómo siempre las mismas?
- Claro, si nos remitimos a la capacidad del ojo
humano, digamos que podemos ver unas 10 ó 12 olas con nitidez. La más
cercana está disolviéndose en la playa y las otras se acercan para sufrir
el mismo final. Pero en realidad, uno puede pensar sin razón aparente para
ser refutado, que esa ola que ahora rompe contra las rocas, inmediatamente
se sumerge como en una cinta sinfín que corre por debajo de la superficie y
se materializa de nuevo a unos 30 metros de la costa, para volver a
acercarse a las rocas y de nuevo sumergirse. Con este análisis, podemos
decir que en el mundo hay, a lo sumo, unas 24 olas que pegan en la costa:
12 que vemos con sus crestas y espuma en la superficie, y otras 12
sumergidas esperando para salir. Entonces, en este caso, las 24 olas no
están afectadas por el paso del tiempo, para ellas el tiempo no existe.
- ¿Y los amores, entonces?
- Depende de qué tipo de amor se trata. El amor
perdido de la juventud, la trillada primera novia, por ejemplo, tampoco
está afectado por el correr de las horas y los días. Como las olas de la
costa, siempre vuelve cíclicamente a nuestras mentes cada tanto, mezclada
con otros pensamientos también repetitivos que se van turnando en la orilla
del razonamiento para aflorar, morir y volver a esperar el turno de
aparecer. Para ese tipo de amores el tiempo tampoco existe. Para un amor
triste como el que no retorna, que no es amor y más bien está en vías de
ser un recuerdo aburrido y pasajero, el tiempo sí que pasa rápido, tan
rápido como tarde uno en olvidarlo. Esos amores mentirosos no merecen vivir
demasiado. Pero ahora cortémosla acá, no me molestes más que ya son las
doce y cuarto y tengo hambre.
- Pero Pipagua, si apenas son las once de la
mañana, ¡su reloj adelanta una barbaridad!
- No te digo yo, que no se puede confiar ni en el
propio estómago para saber la hora.
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