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Cuentos > Dudosos relatos del golfo

Cosas de la playa y cosas del querer

 

(ocurrido en algún verano madrynense)

 

 

 

En épocas de verano las playas madrynenses se pueblan de turistas, sombrillas, bikinis, pelotas, paletas y termos.

 

La baja marea en la Curva del Indio da lugar a una explanada de cientos de metros de ancho de arena lisa, ideal para hacer un buen picado. Son grandes espacios donde el tejo, pasión de multitudes, se presenta como el deporte del momento, sin molestar en absoluto a los niños que construyen esos magníficos castillos a fuerza de enterrar las palitas de plástico una y otra vez en la arena mojada, fiel exponente de un arte efímero que dura exactamente lo que tiene que durar, es decir, dura hasta que se termina la obra y nada más. Luego, es menester pegarle unas buenas patadas para que no quede nada en pie, como bien lo saben aquellos niños menores de 3 años, aunque luego pasa el tiempo y se olvidan, creen que las cosas materiales se construyen para durar, cuando en realidad todo es pasajero en este mundo, todo es fugaz - pero, de todas maneras, siempre habrá una nueva flor abriéndose en medio del desierto, y regando de pétalos la tierra seca y quebrada -.

 

(Aunque tarde, se pueden omitir los últimos 5 renglones porque no tienen demasiado sentido, no que los haya escrito, sino lo que les pasa a los niños cuando llegan a adultos).

 

Además, estas playas brindan todas las condiciones necesarias para los amantes de tiro con pelota pesada al tomador de sol, deporte que si bien no es muy aceptado por algunos bañistas, sobre todo cuando le voltean el mate recién preparado, o la bandeja con facturas y sánguches de miga, tiene un gran desarrollo en esta zona, con muchos aficionados, uno de los cuales la otra vez me pegó un voleo en la espalda que me dejó tosiendo como 15 días; pero bueno, son las cosas que pasan en estos deportes de alto riesgo.

 

Una de las actividades que se acostumbra hacer en estos días de sol y calor, es salir a caminar por el borde de la orilla del mar y mojar los pies con el agua del golfo, con las chancletas en la mano y con el marco deslumbrante del agua quieta y brillante de un lado; a lo lejos las siluetas de los edificios costeros de la ciudad y el muelle viejo, y hacia la izquierda la arena lisa; más allá, la multitud humana en plena fiesta del músculo tenso, y apenas un poco más allá, subiendo la pequeña barda, cruzando la avenida, la estatua de San Francisco de Paola.

 

En eso estábamos con la Laura, una maravillosa mujer que merece mi mayor estima y que, modestia aparte, está completamente loca de amor por mí, cuando de repente me dije a mí mismo que era el momento justo para romper el hielo de esta silenciosa caminata costera, e intentar alguna de mis conocidas oratorias, que otrora hicieran suspirar de pasión desenfrenada a una gran cantidad de turistas de distintas nacionalidades. Claro, en épocas en que pesaba unos 20 kilos menos, tenía todos los dientes y no usaba ojotas con medias tres cuarto.

 

Así que sutilmente me fui acercando a la muchacha y como por casualidad procuré un suave roce de mi antebrazo derecho con el idem izquierdo suyo.

 

Ella me miró con algo de sorpresa en sus ojos y trató de apartarse un poco, sin éxito, ya que el agua estaba bastante fría. Por mi parte, con la vista extasiada en el vuelo estático, valga la paradoja, de una gaviota agrisada que acertaba a pasar por sobre mi cabeza en dirección este, tratando de internarse en las aguas del golfo a fin de obtener algún alimento fortuito, contuve la respiración por un instante e impostando la voz a lo Sandro, no sin antes carraspear un poco con el objeto de eliminar alguna que otra mucosidad, producto de un golpe de aire frío de la costa, le dije:

 

  Lindo día, ¿no?

 

Como no podía ser de otra manera, esto pareció avivar la mirada de la Laura, que a esta altura, luego de dos horas y media de caminar por la playa esquivando aguasvivas y sin hablar, ya estaba en un avanzado estado de aburrimiento, rayano en el embole propiamente dicho. Sin embargo, ahora más animada, habló y dijo:

 

  Así parece; pero decime, Carlos Alberto, ¿no habrá otra cosa para hacer en esta tarde, casi noche de verano, que no sea caminar sin rumbo por la playa?. Porque un rato está bien, pero ya va para tres horas.

 

  Usted sabe, estimada Laura, que para mí sus deseos son órdenes y que además, lo cual es mucho más importante para establecer la justa armonía entre dos almas que parecen idénticas, sus órdenes son mis deseos. Digamos, para mantener este halo de romanticismo que nos envuelve hoy aquí, en este paraje extraño, como es de extraño el hecho de que hoy, con más de 6000 millones de corazones latiendo sobre esta tierra, yo la haya encontrado a usted justamente en una de las partes más despobladas del mundo (ahí cambió la cara: ojo, que se estaba poniendo un poco más mimosa). Decía, que para halagarla como usted se lo merece, es mi deseo invitarla al bar Urquía a degustar unos buenos pingüinos de tinto, que ya está por empezar la pelea de Tyson.

 

  Esteeee, bueno, no sé... no estaba pensando en eso exactamente...

 

(Atención, que ahora se va a poner buena la cosa)

 

 

 

Caía la tarde y el cielo comenzaba a oscurecerse, como casualmente siempre ocurre cuando las tardes caen. La playa se iba despoblando y quedaban apenas algunos rezagados cerrando las sombrillas y sacudiendo la arena de las mantas. La caravana de autos iba lenta por la avenida, rodeando las rotondas de la costanera, cuyos bordes de cemento han cobrado ya varios trenes delanteros de ciertos osados conductores.

 

A unos pocos cientos de metros, la hilera de casas rodantes permanecía quieta y al cielo subían los humos de los primeros fogones nocturnos, preparando una noche más de guitarra, asado, playa y risas, es decir, una extensión del paraíso.

 

Ante la duda de la Laura por aceptar mi magnífica propuesta de ir a ver la pelea de Tyson, no comprendía qué podía tener en mente la muchacha que fuera más interesante que el boxeo para esta noche. Igualmente, como corresponde a un caballero como lo es quien suscribe, me puse a su disposición:

 

  Usted sabe, mi adorada dama, que lo que me pida lo haré. Pídame la luna y seré Armstrong. Pídame el cielo, y seré un pájaro(n). Como ya le dije, estoy a su entera disposición, y lo que usted disponga me encontrará por entero, pero por favor, no olvide que a las 23.30 horas PM de esta noche está programada la pelea de Tyson en Las Vegas y no se retrasa porque el satélite sale caro.

 

  Bueno, yo pensaba que hoy, siendo un viernes tan cálido y sin viento, podrías invitarme a cenar a algún restaurante cercano a la costa, y luego, no sé, quizá podríamos ir a otra parte, a charlar, ¿me entendés?

 

  Pero cómo no le voy a entender, permítame nomás que me acicale un poco en mi morada y enseguida salimos.

 

Luego de que la Laura me acercara en su Fiat Vivace modelo 95 al rancho (dado que todavía ando a pata porque en el plan canje no me aceptaron la bicicleta rodado 28 que tengo, que salvo la rueda trasera que está media ovalada el resto es un chiche), me dispuse al consabido baño y preparativos varios.

 

Mientras trataba de mejorar en vano mi aspecto físico frente al espejo, pensaba dónde poder llevarla, a qué lugar que esté en equilibrio con su itálica belleza. Difícil era la elección, ya que por la zona existen muchos restautantes de altísimo nivel y de excelente servicio, sumamente recomendables al turismo, aunque mi corazoncito siempre tira un poco más para el lado de lo de Urquía, sobre todo porque no te mata con el vino, por unos pocos pesos tenés pinguinos de cerámica a discreción. Pero bueno, todo sea por el amor.

 

Luego de la ducha reconfortante siento que el cuis está tirado en la pieza masticando unos caramelos Flin paf, esos bien gomosos y pegajosos que te parten la dentadura postiza (hablando de dentadura postiza, me acordé de mi abuelo, no sé por qué, aquel don Fernando que murió por el 75, que dejaba los postizos todas las noches en un vaso de agua y que me quería enseñar a tocar la guitarra y yo no le hacía caso). El cuis mastica orondamente, mientras baja la masa gomosa con brutos sorbos de Termidor blanco. En la tele el locutor Juan Abraham Larena, que sigue sin poder pronunciar la "erre", anuncia que Iron Man está subiendo al ring. En ese mismo  momento estoy tratando de encontrar el cinturón de cuero que me regaló la Laura la navidad pasada y que seguro el cuis lo agarró para jugar, igual que el disco de Pato C 1974, que hace una semana estoy buscando porque tenía un tema bárbaro de Carole King. Y justo sale Tyson y empieza la pelea, cuando suena el timbre de la puerta y es la Laura, que al ver el cuadrilátero en la pantalla y los primeros vestigios de sangre salpicando al ring side, se pone de muy mal humor, para decirlo de manera elegante, y me instiga a que rápidamente salgamos para el restaurante. Tyson aplica un uppercut de izquierda y hace tambalear al rival. Me detengo obnubilado de nuevo ante la caja boba. En el descuido me abroché mal la camisa. La Laura muestra su malestar. Resoplando y agitando los brazos me conmina a que me apure, ¡pero Tyson sigue con un 1 2 y luego un cross a la mandíbula! Vuelan gotas de sudor sanguinolento de los cachetes ya deformados del rival, no me puedo despegar de la fatal influencia de los rayos catódicos; el Hombre de Hierro sigue machacando carne y esto está por terminar, madura el knock out amigos, la muchedumbre millonaria, altamente producida alrededor del ring, grita con los ojos desencajados, el gladiador espera que alguien le baje el pulgar y Don King sigue las acciones con los pelos de punta. De repente siento un tirón en el brazo y algo, una fuerza extraña que me empuja hacia afuera, como una señal interior que me obliga a abandonar la pieza, a irme con la Laura, a alejarme de los durísimos golpes que Mike le aplica al rival en cada cruce, piñas formidables plenas de potencia primitiva y salvajismo, y ahí la veo a ella, con sus cabellos brillando frente al claro de luna, con sus manos suaves dibujando en el aire, y me voy con ella.

 

Porque el amor es más fuerte.

 


 

 

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