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Hay un importante intervalo de tiempo diario que
dedico a la principal tarea que ahuyenta al stress, combate el
estreñimiento y disminuye los riesgos coronarios; tarea que aunque se haga por un escaso período de tiempo
no debería faltar nunca, sumamente recomendada por varios sabios con o sin
diploma que conozco y que nos ayuda a mejorar nuestro estándar de vida, que
es la estupenda labor de no hacer nada de nada.
A veces, cuando me encuentro cultivando el
espíritu y la mente con el nadismo, pienso que ni siquiera es necesario el
mar, ni el horizonte amplio que hay afuera tras la ventana, ni la Patagonia
interminable, ni nada de eso para ser un maestro en el arte de la nadería.
Lo digo para que no se sientan mal aquellos que están lejos del agua
salada, porque cualquiera de nosotros, esté donde esté, puede dedicarle al
menos una media hora diaria a dejar la mente en blanco. Por ejemplo, a mí a
veces no me da por salir a caminar por la playa a juntar piedritas, o por
la pampa árida de la meseta a buscar puntas de flecha perdidas hace siglos,
ni a descubrir cuevas secretas debajo de las bardas de la costa, sino que
algunas tardes simplemente me preparo un profundo bol de pochoclo y una
cerveza Quilmes helada, y me dispongo a mirar en la tele por cable el canal
Utilísima Satelital, uno de los mejores canales de cable de la actualidad,
donde nadie muere, nadie mata, nadie construye intrigas ni se pelea, sino
que simplemente todos se dedican a crear, ya sean pinturas, adornos,
vestidos, bricolage, o a restaurar muebles viejos, reciclar habitaciones,
etc., y la parte que más me interesa es la de las recetas de cocina, ya que
debo reconocer que, a pesar de mis tremendos conocimientos en el arte
culinario, todavía me queda algo muy pequeño por aprender.
Pero a veces resulta agobiante el nadismo,
entonces me calzo las alpargatas, despierto al cuis y me voy a ver a
Pipagua, que siempre tiene algo para decir.
Cómo
le va, don Pipagua, ¿vendió muchos globos hoy?
El cacique muestra los tres dientes de adelante
que le quedan en una sonrisa, porque para ser sabio no es necesario no
reírse, ni tampoco innecesario; lo importante es otra cosa, que no tiene
nada que ver con deformar la boca con los extremos hacia arriba.
Qué
hacés, pibe, hola, don cuis.
Mmmm El cuis no
puede hablar porque en ese preciso instante se lleva un puñado de
garrapiñadas a la trompa. Sin embargo, me da la sensación de que es una excusa,
ya que este bicho malentretenido no se lo banca mucho al cacique.
Nos sentamos y Pipagua saca de la mochila el termo
y el mate.
Dice el cacique:
Estaba pensando...
Sonamos. Otra disertación insoportable del
individuo. Pero bueno, escuchemos un poco lo que dice, total a esta hora de
la siesta están todos los boliches cerrados y no hay mucho para hacer. Y de
paso por ahí me duermo un rato.
"Estaba pensando que cuánta razón tenían
aquellos filósofos de la antigüedad, cuando se referían al comportamiento
del hombre en lo referente a la esencia misma de su ser y al origen de la
vida y el universo. A la ubicuidad cíclica de las costumbres y las
tradiciones. Algunos de estos pensadores teorizaban acerca de una mente
colectiva, un solo cerebro del que cada uno de nosotros éramos una pequeña
parte, y nuestros pensamientos cooperaban entre sí para redondear el
pensamiento generalizado de esa gran Mente con la que se armaba el
universo. Es decir, que el universo existía solamente porque era pensado
por esa Mente y se transformaba con cada uno de los nuevos pensamientos de
cada ser humano.
Es difícil de creer que, por ejemplo, el mar esté
ahí solamente porque lo pensamos y que en realidad, como el resto de las
cosas, no tenga existencia propia. Pero algo de cierto debe haber porque en
mi caso, en invierno, ensimismado en mis reflexiones y meditaciones
trascendentales, casi no pienso en las turistas y efectivamente, éstas no
acuden en gran número a nuestra ciudad. Pero al llegar la primavera,
enseguida me empiezo a dar unas manijas bárbaras con turistas en bikini y
minifalda y súbitamente las mismas comienzan a poblar las playas por
doquier. La gran cantidad de turistas en bikini, que se desparraman por la
playa en verano, puede que se generen debido a un pensamiento colectivo, que
se transmite de manera telepática e inconsciente entre muchos de los
habitantes masculinos de Madryn. Y guarda que ahora aparecen tipos
musculosos también.
Claro que esto no es demostración alguna que sea
cierto lo del pensamiento colectivo. Cogito ergo sum, como dijo el viejo
Estanislao, peón de campo de 70 años de una estancia del golfo San Matías,
mientras controlaba los bebederos de las ovejas, palabras que algunos
atribuyen a un tal Descartes pero que no es así (porque Descartes dijo
pienso, luego existo, pero no cazaba una de latín), y que viene al caso ya
que sirven para reafirmar la teoría de marras.
Sin embargo, no siempre es así esto del
pensamiento. Parece que hay gente que con solo desear una cosa enseguida la
tiene, pero son los menos. Hay muchísimos también que piensan todo el día
en un plato caliente de sopa, y el plato no aparece.
Pero podemos tomar alguna parte de estas
afirmaciones y creer, sin esperar que alguien lo demuestre, que los buenos
pensamientos nos tienen que llevar inequívocamente a ser buenas personas, y
que si todos pensáramos bien no existiría el delito, ni la miseria, ni el
hambre, ni las guerras en el mundo.
Lamentablemente, muchas veces esta Mente colectiva
se confunde entre tantos colaboradores que a veces piensan distinto y pasan
estas cosas, pero creo que si cada uno de nosotros, humildemente, nos
despojáramos del egoísmo propio que tenemos, y no fuéramos tan mal pensados
y tratáramos de compartir nuestra pequeña cuota de felicidad con otras
personas, y los otros hicieran lo mismo, entre todos podríamos pensar en un
mundo más equilibrado y mejor, y la fuerza de estos pensamientos
(imaginarios por definición), de acuerdo a la teoría antes expuesta,
tendría que necesariamente cambiar al mundo.
No sé que pensás vos."
Lo miré por un instante al cacique, miré al cuis
que a esta altura del relato y al calor del sol de la tarde sabiamente
estaba durmiendo, y le dije:
Disculpemé, don, pero pare de hablar un poco que se le va a enfriar
el mate y siempre me encaja a mí los mates fríos.
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