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Cuentos > Dudosos relatos del golfo

Locas noches madrynenses

 

1: Avenida Domeq García

 

Como la noche estaba linda para salir a dar una vuelta por ahí, invité al cuis a una caminata por las calles de la ciudad. De paso extendí la propuesta al fantasma, al que últimamente se lo veía poco, como a todos los fantasmas que existen; pero un halo de neblina y frío húmedo que rodeaba al galpón del fondo delataba su presencia. Las gallinas batarazas ponedoras ya estaban todas acomodadas en sus respectivos palos del gallinero y el perro también dormía. El fantasma, aburrido como todos los fantasmas de hoy en día, rápidamente voló con nosotros, mejor dicho, sobre nosotros. Cargué en el bolsillo interior del sobretodo una petaca de Tres Plumas, por un lado para apaciguar el espanto del cuis y por otro porque me gusta ir equipado. Fuimos bajando la barda y agarramos para el lado del barrio Pujol, donde las luces de la calle no alcanzan para ocultar las sombras.

La vista panorámica nocturna de Madryn desde la altura de las bardas que la rodean, muestra un paisaje de puntos luminosos que se extienden hasta esfumarse hacia el sur y hasta hundirse hacia el este. Unos barcos cercanos también aparecen espectrales en la negritud del mar.

"Vea" me dice el fantasma con voz opaca y cavernosa, lograda a través de años cumpliendo con su labor meticulosa de asustar y de litros y litros de whisky. El fantasma señala con un dedo invisible a toda el área de casas señoriales que se extienden en el barrio Sur. "Hasta hace muy poco, apenas unos 20 o 25 años, lo que es un ratito para nosotros los eternos, por allá no había nada. Sólo médanos. Quién se iba a imaginar en esa época lo que iba a ser ahora, ¿no?". "El que se lo imaginó habrá comprado varios terrenos" le contesté como para amenizar la charla. "Y allá está la Base, casi rodeada de casas, pensar que hace poco ir a la Base era como ir al campo". El cuis, ya cansado de la caminata y de las reflexiones fantasmagóricas, me dice en voz baja "Oiga don, yo ando un poco bajón, ¿no me hace upa?".

Una vez más este animal pretende que lo lleven a babucha. Bueno, con tal de que no se ponga pesado lo coloco al hombro, total en bajada pesa poco.

Las luces diminutas se van transformando en faroles de mercurio colocados simétricamente a lo largo de la ruta. A la derecha un pequeño bosque oscuro siembra misterio, a la izquierda, el mar lo cosecha.

La calle se hace familiar y más humana cuando unos autos comienzan a atravesarla en ambos sentidos, para allá y para acá. Vamos llegando.

El fantasma no puede con su instinto y se larga como loco a sacudir las ramas de los árboles y dar fuertes risotadas,  feliz de encontrarse suelto en su hábitat, como perro de departamento que sacan a pasear a la plaza. El cielo truena para acompañarlo, pero está todo estrellado. Los perros de las casas cercanas lo han detectado y aúllan a la luna (los perros siempre detectan a los fantasmas). El silencio premeditado de la noche ahora se escucha bien. El cuis, que disimula pero tiene un susto bárbaro, se desentiende de la situación con unas coplas teñidas de profunda filosofía:

 

Con calma, la autoridad de la Noche

me dice adivinanzas:

 

¿es la desdicha la virtud de la memoria?

¿es la sorpresa lo bueno del olvido?

¿es la oscuridad la exaltación de la angustia?

¿es la soledad un callejón opaco?

¿es el saber la tragedia de los sabios?

¿es el viento la canción de la tristeza?

¿es llegar la razón del caminante?

¿es el amor la antítesis del dolor?

¿o el dolor la ley del enamorado?

¿es la nada todo y el todo nada?

 

Y le respondo: Noche,

antes me preguntabas adónde iba

y yo desplegaba un cuaderno con teoremas

antes me querías explicar algunas cosas

y yo asentía con mirada indiferente.

(y mi cerebro inferior era ajeno a todo eso)

Ahora, por fin, tengo la respuesta

a todas tus preguntas:

No sé.

 

2: Museo    calle Fontana

 

Luego de esta disgresión filosófica del simpático cuadrúpedo, seguimos adelante con nuestro periplo nocturno. Las primeras casas bañadas de luz fría salen al encuentro, unos árboles rodean la cancha pedregosa del Poseidón, lastimada de botines. El viento le va cerrando las heridas a la tierra.

El fantasma, como una veleta, hace bandera en una antena de radioaficionado, jugando a que no lo descubren. En la bocacalle aparece el magnetismo del mar, omnipresente, cercano.

La madrugada oculta las formas comunes de las cosas, mas enaltece las otras no visibles en lo habitual, que conspiran contra nuestros sentidos y adquieren tamaños y formas distintas, cosas triviales se transforman en dueñas de la noche... la loma previa al semáforo... el cartel de la panadería Ruly...la EG3 multicolor... los paralelepípedos de los departamentos de Agua y Energía.

El asfalto transluce la luz de la luna. Dentro de una bolsa verdosa colmada de basura, el capuchón de un sifón muerto me devuelve a lo cotidiano. El cuis se adormece (está fresco pero en absoluto frío, ideal para dormir al sereno). Llegamos a la esquina del museo y... "¿pero dónde se habrán llevado a la locomotora que estaba de adorno?" pregunto asombrado y decepcionado. "Jajajaja!" el fantasma descarga una carcajada diabólica y un aliento del infierno atraviesa la cuadra. "Se la llevaron nomás, como se llevan todo, hasta que no quede nada y entonces, cuando no haya nada para llevarse, nos olvidarán". El viento acompaña su funesto presagio con una ráfaga rasante que levanta un remolino de polvareda. Le digo "entre su mala onda y esta polvadera me dan ganas de volverme al rancho a dormir". "¡No! No volvamos todavía, demos una vuelta más". Las nubes, que de día dibujan en el cielo barcos veleros, perfiles de mujeres y tantos otros motivos, de noche se esfuman. A la pasada, aliviado, logro divisar a la vieja locomotora negra en un costado de la plazoleta.

 

El cuis se despierta abruptamente cuando un auto rojo baja a toda velocidad el declive del museo y se esfuma en la Yrigoyen. Pide algo para tomar, le acerco el Tres Plumas, da un sorbo pausado y mira con los ojos oblicuos hacia la ciudad que se extiende allá abajo.

 

Noche, éste es mi exordio:

 

a mi camino sin rumbo

la Providencia lo traza

y a mi brújula sin norte

el viento la despedaza

 

Para el que anda sin saber

adónde va ni siquiera

toda ruta es su sendero

toda cueva es madriguera

 

 

3 :Avenida Yrigoyen   Oveja Negra   Muelle

 

Llegamos al cruce de Fontana e Yrigoyen y doblamos para el lado del mar. Un gemido se le escapa al fantasma al ver después de tanto tiempo esa calle que es como su casa, y el grito agudo del espectro hace temblequear a unas maderas que sirven de tapial al edificio aquel, que hace tiempo está en construcción. Un par de cuadras adelante, voces de jolgorio brotan de la Oveja Negra, un local nocturno de amplia trayectoria en nuestro medio, que congrega a gran parte de los noctámbulos madrynenses. Un cantante se agazapa tras el micrófono y su voz surfea entre el humo ambiental. "¿Qué le parece si entramos a tomar un scotch?" propone el fantasma, ni lerdo ni perezoso. "Bueno, pero no se le ocurra ponerse a asustar a la gente, por favor". Entramos y a duras penas, entre tanta gente, llegamos a una mesita escondida en el fondo del recinto. Se acerca el mozo zigzagueando entre piernas, brazos y cabezas y me pregunta qué voy a tomar. "Un whisky y dos cervezas" le digo. El mozo me mira como a un bicho raro al escuchar el pedido, imagina que estoy sólo y con un extraño echarpe de piel de algún bicho peludo atado al cuello (el cuis está profundamente dormido y el fantasma, claro, es invisible). "Voy a dar una vuelta por la sala" avisa el fantasma. "Disimule, que no detecten su presencia". La luz difusa del local protege al espectro de las miradas furtivas. Su revoloteo solamente es percibido por el movimiento en espiral del humo, estancado a dos metros del piso.

 

Un grupo de mujeres maduras, con rostros absolutamente ocultos tras espesas capas de maquillaje, charlan animadamente sobre algo que no alcanzo a comprender, pero que parece ser muy gracioso.

De vez en cuando el whisky, en el vaso frente a mí, va disminuyendo y la ráfaga macabra del ánima va y viene sobre los presentes, sólo por bromear le sopla un viento frío en la cara del cantante y lo hace tartamudear un poco, aunque en medio de la fiesta nadie se da cuenta. Terminamos los tragos y con todo respeto le solicito al mozo, como siempre, que anote las consumiciones en mi cuenta.

Parece que el bullicio de adentro hace las veces de somnífero para el cuis, que se durmió al entrar y se perdió la cerveza, pero al salir del bar el silencio y el fresco de la noche lo despierta nuevamente, abre lo ojos y mira tratando de determinar en qué punto del universo nos encontramos en ese momento. De la esquina a unos cien metros, reconoce al muelle viejo, con sus maderos estoicos desafiando a las mareas. El cuis poeta infla el pecho ante el muelle, la principal fuente de inspiración de todos los poetas y de todos los enamorados, y recita:

 

La brisa del mar me trae

sensación de despedida

el adiós del que se va

el llanto de la partida

 

Barcos viejos amarrados

bailan su baile marino

cantan sus cascos al roce

con las olas del olvido

 

Yo nunca les diré adiós

aunque largo sea mi viaje

disculpen si no saludo

sólo pena es mi equipaje

 

 

4: Avenida Roca

 

Inmediatamente, al retomar la caminata por la Roca, el cuis entra una vez más en un sueño profundo, cercano al nivel beta, anestesiado por el aire salino que brota del interminable manantial marino. De algún lado fluye una música pasatista, probablemente del estéreo de un taxi que atraviesa solitario el asfalto húmedo. Los acordes agudos se mezclan con el ruido del motor. El fantasma vuela detrás del automóvil en su juego infantil de asustar al chofer, pero una acelerada en vacío lo espanta con una nube de humo empetrolado.

Tosiendo, queda estampado contra la vidriera de una agencia de turismo. Enfrente, la arboleda de la rambla está quieta. La calesita duerme, las sombras opacan los colores vivos de los caballitos y las naves espaciales. Mañana, un puñado de niños soñarán sobre sus tablas viejas. Los semáforos titilan sólo en amarillo, son casi las cuatro de la madrugada y un leve movimiento nocturno se percibe en autos que ralean en la calle. El pub del hotel de la esquina está bastante poblado con personas que toman café y miran por los grandes ventanales. La 28 de Julio muestra sus carteles luminosos y luego, al cruzarla, otra vez la inquietante quietud de la avenida desierta.

 

Pasan los minutos y allá lejos, en el horizonte marino, el cielo comienza a clarear levemente; se asoman los primeros celestes del cielo y se apagan las luces de los barcos. El día vuelve, y la negra noche le cede el paso por un tiempo. Hora de retornar, de desandar estas calles entrañables, de dejar la fantasía de la oscuridad y por qué no, sentarse en algún lugar inesperado de la playa a ver el amanecer. Cruzamos la calle y caemos justamente en la arena de esta playa, aún apenas iluminada. Nos sentamos. El fantasma ya anda un poco inquieto porque la luz del día no le gusta demasiado. Le digo "Ya va, espere un momento que ya volvemos, no se ponga pesado".

El cuis se despertó con los rayos del sol, que benignamente lastiman las pupilas. Mira el horizonte lleno de colores apastelados y antes de que nos levantemos para volver al rancho, recita las últimas coplas de la fecha:

 

 

Exaltación de la Noche

 

Si la noche es la que arranca

nostalgia del hombre triste

es el sol quien le arrebata

lo que en sueños sólo existe

 

Si la noche es la que atrae

a la cruel melancolía

es la brillante mañana

quien borra la fantasía

 

Volvamos pues, a empezar

con otro día soleado

a disfrutar de su luz

de sus reflejos dorados

 

Pero no olvidemos nunca

que no quede duda alguna

que lo mejor pa´l amor

no es el sol sino la luna

 


 

 

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