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Cuentos > Dudosos relatos del golfo

Postales madrynenses tarderiles en la playa

 

Aclaración previa a la lectura:

 

Para estas reflexiones he utilizado las siguiente palabras: sazón, trashumando, soslayo, iridiscente.

 

Las mismas está colocadas al azar ya que desconozco sus significados, pero las he visto en tantas poesías modernas que calculo que deberán quedar bien en donde se las pongan. Es decir, que si alguien sabe qué quieren decir estas palabras raras me avise, así veo si luego las sigo usando o seguimos escribiendo con palabras tales como casa, perro, hormiga y otros conceptos que forman espontáneamente la imagen mental, sin ningún tipo de esfuerzo colateral.

 

 

Las sombras del atardecer (tardío) se ciernen sobre el horizonte. A lo lejos, una gaviota negra traza una oblonga línea a sotavento, trashumando de soslayo los acantilados costeros, fieros gigantes de arcilla erguidos frente a la costa enmudecida de las aguas suaves del golfo todavía Nuevo, a pesar de que ya han pasado algunos años desde que nació, allá por el paleozoico, en el año en que vinieron los glaciares. En esos tiempos el frescor era fuerte.

 

 

Pronto reinará la noche en este pequeño forúnculo austral de la espalda inmaculada de la Patagonia y, un poco más abajo, la oscuridad incipiente invadirá por meses el final de la espalda, la planicie flameante de la Antártida, a la sazón el fin del mundo.

 

 

Me pregunto a mí mismo: ¿qué hora es? ¡Oh!, las nueve pasadas me respondo. El reloj no miente pero parece que el sol sí. Cierto que en verano oscurece tarde, como si el sol le ganara la pulseada al ocaso pero no: ahora se desvanece lentamente tras la meseta monótona, que yace bajo un cielo cada vez más plagado de tinieblas iridiscentes, que le dan continuidad a la quietud del campo, hasta hace poco atravesado por manadas de guanacos, que andaban trashumando de soslayo los cañadones perdidos, brazos terrosos abiertos donde otrora debería haber habido es decir, hubiera tenido que haber aunque no sé si ahora habrá o si alguna vez hubo o habría de haber, agua.

 

 

Los tamariscos, insolados de amor, revolotean en sus respectivos lugares de origen. Debajo, familias con termo, pelota y reposera se preparan para la partida consuetudinaria. Pronto será el turno de parejas ebrias de pasión y con el suficiente poder adquisitivo como para tener un auto, pero con el insuficiente poder adquisitivo como para poder pagar una habitación de hotel, que vendrán a refugiarse bajo sus ramas secretas a chapar y otros menesteres, a la sazón envidiables.

 

 

En la plaza, la cola de taxis crece, la de pasajeros no. Hora de la cena. Un taxista fumando contra un árbol espera, parado cerca de su taxi, taciturno, turno.

 

 

...Curiosamente, el libro que estoy leyendo no se me cae de las manos, a pesar de que en este momento estoy pensando en otra cosa distinta de sostener el libro. Es un libro que se sostiene por sí mismo, argumentando cosas importantes y eso que el texto escrito en su interior tiene mucho peso. Qué pavada esto de venir a la playa con un libro, con todo lo lindo que hay para ver y que se manifiesta a cada paso. Lo traigo para hacerme el intelectual, no porque vaya a tener ninguna intención de ponerme a leer esta porquería justo ahora, con el calor que hace y la cantidad innumerable de bikinis con contenidos variados que pasan cerca.

 

 

La marea baja en verano produce la afloración de picados con diversos índices de participantes. Desde aquí veo un velero desplegando el velamen al viento. Muy cerca de él, unos a 700 metros pero en tierra  firme, aflora un picado de 5 contra 5 con una leve ventaja para el equipo llamémoslo "A", que ataca con viento a favor, además de ser ayudado por un leve declive natural de la playa en el predio designado arbitraria y tácitamente, sin ningún tipo de delimitación física, más que dos montículos de arena a cada lado oficiando de arco. Y la improbidad y la ética de cada participante al aceptar, de común acuerdo si la pelota salió o no de los límites imaginarios del campo de juego o si el corner se saca con las manos o con los pies. A pesar de haber jugado ya a esta altura de mi vida cientos de picados playeros, aún me sigue persiguiendo la duda de cómo se determina si un remate a media altura con probabilidades de gol pasó o no por encima del travesaño.

 

 

La gaviota escribe versos en el cielo con su andar aerodinámico. Flota inmóvil contra el viento, planea y mira a la gente de soslayo, como diciendo "a ver si te sale esto". Debajo, el muelle de maderos añosos se mueve para acá, se mueve para allá. A barlovento, luego empopa. No se queda quieto, como si estuviera aburrido de la canción que las olas le tocan a su llegada. No le importa si después las fotos salen corridas. Los turistas igual sacan fotos a todo y a todos. Le sacan al mar, a las ballenas, a la Avenida Roca, al flaco que está tocando la guitarra sentado bajo la Galesa. También madres y padres recientes le sacan a la calesita, al carrusell, al tíovivo y a un eterno aparato de colores múltiples que, activado por un motor eléctrico de 2 o 4hp, gira sin cesar sobre su propio eje, al son de una pegadiza y aguda canción infantil.

 

 

Más allá, el Indio parado en la cresta de la punta de las cuevas, mira a todos en silencio. Parece que fuera una estatua en homenaje al poblador aborigen, pero me da la sensación de que está vivo; lo creo desde cuando lo vi bajar la mano con la que sostiene el arco para rascarse la rodilla.

No quiere opinar. No le interesa. No es problema de él. Y no se mete en temas ajenos. Es una persona respetuosa de los demás y de los derechos de todos los ciudadanos, tanto de paso como ya pasados, ya sea en plan de turismo, como aquellos que no tienen ningún plan para la vida.

 

 

... Estoy leyendo un libro mágico, parece que las palabras no fueran simplemente trazos negros ordenados sobre el papel blanco, respetando algunas leyes sintácticas y semánticas de origen hispano, sino que además se movieran y esos trazos cambiaran de lugar. Me doy cuenta porque cuando miro las hojas a contraluz y en un ángulo de aproximadamente 35 grados respecto del globo ocular y la línea del horizonte, las letras se avivan que las estoy mirando y entonces para disimular se quedan quietas, pero basta que les saque por un instante el ojo de encima para que se reacomoden a su gusto. El viento, que ahora parece que es algo más que una leve brisa vespertina, sopla entre las hojas y las palabras, trashumantes, se agarran fuerte del papel para no salir  volando hacia cualquier parte, hacia lugares donde no serán leídas por nadie, y esto es lo peor para las palabras escritas, exhibicionistas a ultranza que no pueden soportar existir sin que alguien las mire.

 

 

La playa, recién teñida de piel naranja, de bikinis, de baldes de plástico y tejos, se va adesertando, como es su estado natural. Se desertifica. La rubia de bikini rojo cavado, que está acá cerca, que tiene un lunar en el omóplato derecho y las uñas de los pies pintadas de blanco, menos la del dedo meñique del lado homónimo y que hace creo que alrededor de 76 horas que la estoy mirando de soslayo, se puso los lentes negros (hay mucho sol en estas noches patagónicas que se avecinan), se ató una especie de manta con flecos alrededor de sus curvosas caderas curvilíneas, se calzó un sombrero de paja, se puso unas sandalias con tacos, agarró el bolso con el teléfono celular, el bronceador, el encendedor, el espejito, la agenda y se fue.

 

 

El viento desprende el salitre de las crestas de las olas ondeantes, ondulantes, ondulescentes, ondas hondas en el muelle, pero no tanto en la playa. El salitre, que tiene gusto salado y blanquea las piernas expuestas a los rayos de Febo o de Ra según sea la creencia, forma halos iridiscentes que se difuminan, se esfuman en el aire fresco acaso, del ocaso.

 

 

Un ecológico carozo de durazno yace semienterrado en la arena estéril, donde nunca crecerá. Está condenado a no ser nunca un árbol de duraznos, ni siquiera un árbol de carozos, apenas será un carozo desduraznado. Para mantener la limpieza en la playa, me levanto, me acerco a él, lo piso, lo amaso, lo elevo con la punta del pie, hago jueguito, tres, cuatro, quince veces sin que se me caiga, lo toco de taquito colocándolo a la altura de la rodilla, de la izquierda lo paso a la derecha y viceversa, eludo limpiamente a una señora mayor que viene cargada con sombrilla, reposera y bolso (oleee!), lo levanto más, lo cabeceo una, dos, tres veces, hombrito, pechito, taquito, le aplico una media chilena por encima de mi cabeza, giro sobre el pie de apoyo, lo soslayo, lo trashumo, lo acomodo para la derecha y remato con tres dedos colocándolo de emboquillada certeramente en el tacho de basura ubicado a unos quince metros de mi posición. Luego de esta proeza futbolística, el ego me obliga a mirar alrededor para verificar si las personas cercanas me estaban observando obnubiladas (sobre todo la rubia). Pero no, nadie.

 

 

La noche espera, paciente, su momento. Se iluminan los primeros carteles luminosos en la Roca. Lentamente me pongo las ojotas estándar adquiridas en buena ley en un todo por dos pesos, exactamente en ese valor, y me las tomo. Llego al cordón de la vereda de la intersección de Roca y Sáenz Peña, y me detiene la terrible amenaza de una gigantesca víbora mutante de tres ojos en línea y un siniestro brazo amenazante. Parece no quitarme la vista de encima, como si fuera un semáforo. Voy cruzando lentamente pero a paso vivo, sin mirarla y haciéndome el distraído y sin respirar hasta quedar a salvo. Creo que no me vio. Hasta aquí llega el aroma a pizzas nuevas de la esquina. También hay ruido de botellas de Quilmes que se chocan contra los vasos.

 

 

El libro, recientemente servible, ahora no sirve para nada en esta semioscuridad, esta penumbra de la unión playa   ciudad. Es un peso muerto, un lastre, una cosa sin sentido. Unos metros más adelante, al cruzar la Roca, la luz de mercurio de la calle lo ilumina. Ahora sirve.

 

 

Luego, qué nos queda por hacer, mas que seguir viendo al mar de lejos, con su cadencia  bolerística hamacando peces y columpiando veleros, la marea va subiendo para cicatrizar a la arena de la playa, herida por mil sombrillas de mástiles filosos.

 

 

Y como dicen aquellos versos que alguna vez escribí, en noches como ésta, de soledad y angustiantes cangrejos huérfanos, perdidos entre los huecos de las piedras forradas de mejillones que el agua descubre al bajar, "al fin y al cabo, después de tantos años, ¿qué tengo? ¿qué es mío? ¿yo seré mío? ¿seré un holograma o soy de verdad? ¿qué soy?...

 


 

 

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