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Por la zona circulan muchísimas leyendas bárdicas,
la mayoría de ellas traídas por aquellos arriesgados colonos galeses que se
vinieron a la Patagonia, cuando esta empresa era poco menos que lanzarse a
la conquista de la luna, aunque sin escafandra pero con sombrero. Estas
historias narradas por los antiguos Jones, Matthews, Humpreys, Evans,
Roberts, etc. son extremadamente bellas por ese toque místico de aquellos
países del norte, plagados de historias de duendes, gnomos y princesas
encantadas, además de una gran riqueza tanto en lo sintáctico, con ese modo
de contar tan particular de los celtas, como en el contenido de las
leyendas, siempre con ese caudal inigualable de fantasía y misterio.
Pero como no tengo en mente ninguna leyenda
bárdica seria o al menos coherente, y para no faltarle el respeto a las
tradiciones celtas, prefiero hoy contar este bolazo que fuera relatado por
el honorable cacique Pipagua, con su inconfundible estilo claro y mordaz,
una noche seca y fresca, recién comenzada la primavera, mientras estábamos
en el quincho del fondo de la morada del cacique, bebiendo copiosos vasos
de Johnny Walker con hielo y escuchando a Marley en la compactera de última
generación, que el mismo cacique instaló contra una de las paredes del
quincho, rodeando los potentes bafles de 12 pulgadas con cuatro calaveras
de capón, una de carnero y varias plumas de ñandú previamente conservadas
en formol y sal gruesa para equilibrar el Ph.
En el ambiente sonaba a todo volumen "Get up,
stand up" del mito jamaiquino, cuando el cacique Pipagua cambió de
repente su semblante, dejó como en un ritual el vaso de whisky a medio
terminar sobre el tablón que hacía las veces de mesa y dijo:
"Esta costumbre que tienen los jóvenes como
nosotros, de poner la música a todo lo que da hasta que sangren los
tímpanos, proviene de una vieja historia, de cuando los primeros mortales
que moraron en la tierra fueron creados por los dioses. En su magnánima
benevolencia, los dioses los crearon a su imagen y les dieron muchas
atribuciones, entre ellas una voz de trueno con la que podrían dominar a
todas las otras criaturas de la naturaleza, seres titánicos como los
gigantes de un solo ojo, los dragones de dos cabezas, los unicornios y los
basiliscos que eran tan frecuentes en esta zona. Todos ellos caían a sus
pies aturdidos por esos gritos poderosos y letales.
En medio del caos que prevalecía en esos primeros
tiempos, los hombres dominaban al resto de las razas. Fue entonces cuando
Bilail, un druida de la escuela de Anstruth, que estaba siempre en pugna
por la supremacía con la orden de los elfos de Dremkis, y que además tocaba
el laúd con dos dedos y sin mirar los trastes, se puso a componer su
Canción Eterna, la creación más importante con la que vencería finalmente a
sus archirrivales, los elfos, y se haría dueño del mundo.
Así fue como se subió a una de las bardas más
grandes que existían en el Golfo Nuevo, hoy conocido como Cerro Avanzado, y
mirando al cielo se puso a tañer su laúd, entonando la canción con una voz
gutural que hacía temblar hasta a los tamariscos.
Cuando los dioses, que en esa época bajaban a
descansar a la Isla de los Pájaros, escucharon a aquel osado mortal
gritando más fuerte que el trueno y vieron en su frente dibujada la marca
del egoísmo y el deseo de poder, decidieron quitarle el don del grito
gutural a todos los hombres y dárselo a las ballenas, esos seres benévolos
y silenciosos que no tenían más deseos que el de pasar su vida
apaciblemente bajo las aguas espesas del golfo, sin molestar y sin ser
molestados.
Bilail se quedó casi mudo y se tuvo que conformar
con ir a cantar de vez en cuando unos insulsos boleros irlandeses a algunas
de esas tabernas de mala muerte, que eran frecuentes en aquellas épocas en
el golfo, acompañándose solamente con un pobre arpa de tres cuerdas y un
coro de cuernos en Si bemol.
Pero el poder inaudito que les dio a las ballenas
la emisión del grito gutural las cambió, y como en aquella "Rebelión
en la Granja" de Orwell, los cetáceos se humanizaron, se impregnaron
de ambiciones, ansias, celos, hedonismo, egoísmo y esa vieja maldad ante la
capacidad para manipular la energía del Tejido del Universo con sólo
desearlo.
Las ballenas gritaban y gritaban como locas,
taladrando los tímpanos de todos los animales acuáticos y terrestres, que a
su vez eran obligados a postrarse ante ellas y a venerarlas. Y así fue
hasta que nuevamente los dioses bajaron al golfo, y al ver semejante
descontrol, decidieron de una manera drástica castrar a Morddath, la
ballena líder, al tiempo que le dijeron "Por tu desobediencia tú y
toda tu estirpe serán condenados de por vida a soportar a cada rato la
presencia cercana de barcos de
avistaje, llenos de turistas extranjeros y nacionales que querrán tocarlas
a toda costa y sacarles fotos, mientras ustedes deberán de vez en cuando
sacar la cola y golpear el agua con fuerza para el deleite del turismo y de
los prestadores. Y además desde ahora van a hablar finito."
A partir de ese momento la naturaleza se ordenó,
las ballenas volvieron a ser esas dóciles criaturas adorables que soplan
para arriba y hacen monerías y los hombres del golfo cambiaron el laúd por
el remo, y llevaron a los elfos a ver de cerca a los gigantes del mar, a
cambio de importantes sumas de dinero.
Las ballenas, a partir de entonces, se pudieron
comunicar auditivamente con un sonido largo, variado y agudo que bajo el
agua transita muchos kilómetros y que tantas veces confundió a los marinos
crédulos, que creyeron haber escuchado el canto de las sirenas, como le
pasó al Pocho Mastronicola, un merlucero que mientras estaba levantando la
red llena de pescados, escuchó tras la cresta de las olas gigantes de la
boca del golfo el canto de las ballenas y se enamoró perdidamente de ellas,
tanto que al final terminó casándose con la Gorda Tocazo, una mujer de 163
kilos (a la sombra) que tenía un kiosko donde además vendía regionales,
sacaba fotocopias y vendía cigarrillos sueltos."
Finalizada su arenga, el cacique hizo un silencio
y se sentó nuevamente frente a la compactera, pasando al CD número 3 (Los
Pericos: Big Yuyo), mientras miraba de reojo esperando algún comentario de
los presentes.
Pero nadie dijo nada.
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