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Abocado estaba al estudio de la semiótica peirceana, cuando fui sorprendido
por un ruido que se repetía en las chapas del techo. El molesto golpeteo me
sacó abruptamente del discernimiento de los símbolos remáticos, los
cualisignos, los sinsignos, los reticulados y la faneroscopía. Menos mal,
porque, a decir verdad, entendía muy poco, menos aún que lo que pudiera
haber entendido antes de leer aquello, momentos en que desconocía su
existencia y por lo tanto, lo entendía a la perfección y seguía mi vida sin
mayores sobresaltos: una de las grandes ventajas de no querer saber.
La noche, una vez más, soltaba el misterio de las
noches de primavera, frescas, con el rocío apenas asomando entre las
hojitas jóvenes de las plantas del cantero.
La noche, dicen los poetas, puede ser un animal
rabioso o dócil, dependiendo del momento, puede ser un hormiguero o una
alfombra, ahora era solo una incertidumbre.
Los signos solamente pueden ser internalizados
cuando se tiene el conocimiento previo dado por la experiencia o por el
aprendizaje del objeto que es representado por el signo, ya sea lingüística
o icónicamente. Sin embargo, éste no era el caso, el ruido en las chapas no
revestía ningún significado identificable para mí.
Adentro del rancho no tenía muchas opciones: una
era ignorar el ruido, como tranquilamente podía haberlo ignorado si no
hubiera estado en el rancho en ese momento; o bien sumergirme en un pozo de
temor abstracto ocasionado por no saber de qué se trata; o bien salir al
exterior y verificar el origen del sonido rústico.
Nuevamente volvió a sonar el techo y esta vez mi
memoria auditiva pudo identificar a una especie de garra que rasgaba el
zinc... tuve que salir y ahí estaba... Oh... Ah...
interludio
Estas noches primaverales se prestan para que
ocurran hechos inexplicables como éste. Por esta zona fácilmente uno puede
encontrar ovnis, aparecidos, mensajes mágicos y todo tipo de supersticiones
que no hacen más que reforzar el mundo imaginario, paralelo al mundo real,
que los hombres desarrollaron desde el comienzo de sus tiempos. Yo sé que
es difícil de creer lo que les cuento ahora, esto que voy a narrar parece
tan irreal, tan fantástico que no tendría que estar diciéndolo en estas
páginas que se jactan de existir por y para la verdad, y tampoco espero que
alguien me haga caso. Pero es así. En este lugar se puede hacer la prueba
de pararse en la punta de una barda en la oscuridad. Se tiene que elegir
una noche limpia, clara, sin nubes, en noches así el cielo es iluminado por
infinidad de estrellas y la Vía Láctea, sin smog que la vele, aparece en
toda su plenitud.
Luego, de manera imperceptible, se recrean los
signos del sur al bajar la vista, un horizonte oscuro e imposible de
delinear nos trae la sensación de estar encerrados en una gran caja cuyas
paredes son inciertas. Las bardas se difuminan a lo lejos, el reflejo de la
luna les pinta un cuerpo gris y monótono. Pero hay algo enfrente, un vacío
fantasmal, un silencio que cuenta cien historias, un murmullo sabio, un rey
indiferente: el mar. Aquí es donde todo empieza y todo termina, donde de
vez en cuando asoman, por sobre el plano líquido, unos espectros
gigantescos y pasean sus 40 toneladas a la vista petrificada de la gente,
levantan una inmensa cola y ocultan la luz por un instante. El mar las
hamaca, las acaricia. Lánguidas, vuelven a entrar y vuelven a salir, son
colosos de espuma, son cuentos de Poe, son islas flotantes, no sé lo que
son pero aseguro que las vi. El mar las envuelve en su azul puro, y les va
pintando la piel de otro azul casi negro.
Después se van por un tiempo, sabiendo que ya
cumplieron con su misión de ayudar al hombre a mantener intacta su
capacidad de asombro, sin la cual nos aburriríamos y todo nos daría igual,
cayendo en una especie de anorexia mental, enfermedad propia de nuestros
días. Bueno, aquí termina esta fantástica visión, pero los entiendo si no
creen lo que digo, sé que este paisaje parece una página arrancada de las
Mil y Una Noches, y quizá lo sea.
oidulretni
Ah, lo del ruido en el techo era el gato. Lo bajé
de un zapatazo.
...
El viento sopla entre las enramadas del
bosquecito, como un violoncello que vibra en una melodía menor.
La luna de la noche cálida acompaña enamorados en
la rambla. Bajo el golfo descansa una multitud acuática, desconocida y
ciega. La luz artificial cae como un resplandor en la arena de la playa y
gesta sombras largas.
Después de pensar todo el tiempo en la manera más
rápida de obtener beneficios económicos y así lograr un estándar de vida
acorde para gente como uno, para nuestro buei of laif, y una seguridad que
nos permita dormir tranquilos aunque sea por un tiempo, después de pasar
año tras año pagando el crédito del cambio de auto, nos damos cuenta que lo
del párrafo anterior, grande y glorioso, no es patrimonio de nadie, todo lo
contrario, es gratis, y lo peor de todo es que siempre estuvo allí y no lo
vimos.
Pero mejor tarde que nunca, alguien dijo, y mejor
nunca que jamás, y mejor jamás que para siempre, porque uno después se
aburre, y lo bueno es mejor que sea breve, o que por lo menos no dure
mucho, pero mejor que se extienda todo el tiempo posible, hasta que venga
la mala, que a pesar de todo ayuda a valorar lo bueno, que cuando llega hay
que aprovecharlo porque dura poco.
¿Le interesará todo esto al lobo marino aquel que
está tirado, literalmente desparramado en un escalón metálico del muelle
Storni, esperando el alba para bajar a comerse unos pescaditos?
¿Sabrán las ballenas que a unos pocos cientos de
metros de donde están ellas, saludando a cualquiera con la cola o jugando
al rango con los lobitos, hay unos tipos raros que andan preocupados por
unos papelitos rectangulares, pintados y dibujados con colores opacos, y
que estos pequeños, ehh, digamos billetes, se ponen solos frente a sus ojos
y les tapan la visión del azul brillante del mar?
Una gaviota (la misma de siempre de cada vez que
nombré gaviotas, porque no es bueno andar cambiando de gaviota en medio del
cardumen) vuelve a paralizarse en el aire, alardeando de su perfecto
equilibrio entre fuerzas tan poderosas como la gravedad y la velocidad del
viento. Más arriba, un poco, no mucho para este universo imposible, un
avión viene bajando suavemente, tan estático como la gaviota.
Desde allí Puerto Madryn es un collar de perlas en
el cuello de una negra esbelta, con piel de agua de mar, pechos de bardas y
boca de golfo.
Ella no lo mira y nosotros, diminutos e
insignificantes frente al esplendor de esta negra mágica, estamos en su
cuello caminando entre las perlas luminosas, buscando algo de piel donde
recostarnos y quedarnos durmiendo, aunque a ella no le importa si por ahí
nos quedamos un rato más jugando al truco y tomando unos tintos hasta que
aclare, si total no hacemos mucho ruido.
Unas guitarras llaman desde abajo de la Galesa,
allá vamos, uno no puede negarse al llamado de las cuerdas. Unos flacos de
pelo largo y barba rala cantan canciones sosas, que por el estiramiento
forzado de la última vocal de cada frase parecen de Sui Generis o de
Pastoral, y fuman unos Parisien fuertes, largando entre verso y verso un
humo denso pero muy volátil. El mar, ajeno a este destripe musical, sigue
con su melodía monocorde y pareja. Debajo, una multitud sin nombre cree
escuchar a las ballenas silbando, que son como sirenas, son duendes de alta
mar, son cuentos de Dickens, son visiones de Goya, y uno las mira, las
mira, las vuelve a mirar y no se cansa de mirarlas, como dijo uno de acá.
Debajo del agua los autos nuevos se oxidan, se
deshacen y los billetes se mojan hasta desmenuzarse, por eso los autos y
los billetes no van a lo hondo, a lo profundo del asunto.
Y entonces, todo lo que queda allí abajo, oculto
por un oscuro manto no profano de agua y silencio, sumergido en el interior
de la boca abierta de la diosa negra y acariciado por las panzas
aterciopeladas de las ballenas, anda tranquilo.
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