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Cuentos > Dudosos relatos del golfo

Caminata vinaria

 

Sin embargo, en oposición a las intelectuales caminatas binarias que unos pocos deportistas finos solemos practicar, caminatas que surgen como resultado de combinar matemática, sociología y filosofía, aparecen impulsadas por el cuis otro tipo de andadas, las caminatas vinarias.

 

 

 

Este desagradable animal, como tantas otras especies patagónicas y del mundo, se encuentra en serio peligro de extinción, aunque en este caso particular este riesgo es autoinducido por el consumo masivo de bebidas espirituosas a carradas, a pesar de que en sus casi 3 años de convivencia con quien suscribe fue aconsejado una y otra vez  para que abandone la bebida, o por lo menos que la deje enfriar un poco antes de tomarla. Pero dejemos esto para otra oportunidad.

 

El bicho dice no concebir que algunas personas tengan el suficiente tiempo libre como para dilapidarlo en algo tan trivial como caminar en ángulos de 90 grados, y encima que lo cuenten como si fuera un gran descubrimiento. Dice que "qué se cree usted, don, que se hace el misterioso contando esas pavadas de doblar en cada esquina, si usted no sale del rancho ni a comprar pan, si para ir al supermercado  da más vueltas que perro de sulky". Como siempre, trato de no responder a sus divagues, ya que obviamente el perro de sulky no da vueltas sino que persigue al sulky, a menos que se trate de un sulky que se mueve en círculos pequeños debido a que el caballo que lo tira es medio calesitero, en cuyo caso sí, efectivamente, tiene razón el cuis, pero no, no la tiene si consideramos al carro del lechero que pasaba hace tiempo por estos pagos, cuyo caballo mantenía un recorrido exacto, precalculado e inalterable.

 

 

 

Penosamente, el lechero no pasa más ni el caballo tampoco. Con ellos se fue un pedazo de la cultura nuestra; pero a no lamentarse que todo se transforma: se perdió eso pero ahora forma parte de la historia de nuestros barrios.

 

Además, por suerte, ahora en la playa tenemos al churrero, al cocacolero y al pirulinero. Como sus nombres lo indican, ofrecen al público churros, latas de Coca y pirulines, esta última especialidad abrazada este último verano por el majestuoso Cacique Pipagua, actividad que le ha dado buenos dividendos, nuevas amistades, excelente estado físico y varios cajones de chupetines pirulines que le han sobrado, con los que logró elaborar una magnífica escultura que representaba a un castillo medieval, que luego le fuera arteramente decomisado por la autoridad reinante. Pero de eso creo que ya hablamos hace un rato.

 

Hoy, un hoy virtual que depende del día en que sea leído esto, les contaré lo acaecido al cuis en su caminata vinaria del día de la fecha.

 

  Venga don, vamos a dar una vuelta hasta el bar Toto y nos tomamos unos vinos, hic.

 

  No gracias, cuis, en primer lugar porque con usted no voy ni a la puerta y en segundo, porque son las 7:30 post meridiano y ya está por comenzar Betty La Fea y eso sí que no me lo pierdo por nada.

 

Así lo dejé ir al cuis, solo, con la única companía de un tetrabrick tinto lleno casi hasta el tope,

 

siguiendo un itinerario diametralmente opuesto a la caminata binaria, que está exclusivamente regida por el azar: la vinaria se rige por decisiones que debe tomar una pierna de seguir a la otra hacia una posición calculada para no derrumbar al cuerpo humano que sostiene.

 

Después de un rato volvió el cuis de su experiencia vinaria por las embriagantes calles de Puerto Madryn, a eso de las 12 pm, es decir, a las 0 am, en horas de la medianoche, exactamente sobre el final del día anterior y el comienzo del actual, con evidentes indicios de haberse ingerido el contenido del tetrabrick, aferrado a sus garras como un bollo.

 

En la puerta del rancho tropieza, trastabilla, se cae sentado y elevando el envase por sobre la trompa, abre la misma y exprime el contenido sonsacándole la última gota de tinto.

 

  ¿Y? ¿Cómo le fue, don cuis?

 

  Ya, hic, mismo le cuento, hic.

 

 

 

Caminata vinaria

 

 

 

Qué sería del mundo si todos los versos tuvieran rima

 

Qué sería del mundo si todas las calles fueran líneas rectas

 

Qué sería si todos cerráramos los ojos cuando nos dormimos

 

Qué sería si todos los faroles alumbraran...

 

 

 

En el medio de la calle

 

había gotas de un brillo derramado

 

Por todos lados

 

el rastro que deja el moho de los autos

 

mohosos

 

atrasados, apurados, aferrados

 

 

 

 

 

al macadam los importados

 

los Volwáguenes Goles, los Fordes Neones, los Lagunas, los Fiates Palios,

 

los Nissanes, los Hyundais

 

y al llegar al terraplén... de la Gales en continua rotura y refacción...

 

como el mio cuore... algo resplandeció...

 

se agitó como un perro atado una Coupé Chevrolet. Anaranjada. Modelo 73.

 

Estado general bueno, con detalles de chapa.

 

Y mi corazón tirado por todas partes

 

salpicado en este tetra húmedo

 

que llevo en lo más profundo de mi alma

 

sepultada bajo montañas de plástico y neumáticos

 

y de ojos abiertos que la oscuridad no alumbra.

 

Corradi Automotores... Roca Materiales...

 

 

 

A los de la Terminal saludé...

 

pero no me vieron

 

Ho,ho,ho,hola don Pepito

 

Ho,ho,ho,hola don José...

 

No... no me pregunten nada...

 

Hace tanto tiempo que no paso por su casa

 

que ya ni recuerdo la cara de su abuela.

 

 

 

Después, no sé, no sé,

 

se cayeron al piso todos los video clubs, las panaderías, las farmacias,

 

los todo por 2 pesos.

 

Los paralelepípedos que rodeaban la curvatura convexa de la calle

 

se derritieron ...

 

 

 

Algunos ángulos de las casas, ángulos de 90 grados, rectos y serios, se

 

hicieron obtusos... obtusos y tercos...

 

otros se hicieron agudos... agudos y sagaces...

 

dejando nada más que rejas y ventanas sueltas

 

flotando sobre la vereda.

 

 

 

Ventanas viejas se transformaban en hermosas

 

aberturas de aluminio anodizado inoxidables.

 

Y la cupé Chevy anaranjada, la más linda, la más querida, iba y venía entre

 

escombros y caños de gas torcidos.

 

 

 

Y mi corazón anaranjado

 

que reestrené antiyer cuando lo saqué como nuevo del psicólogo

 

y que estaba dolido, partido, quebrado, angustiado,

 

y flojo de papeles... y fumaba un poco...

 

volvió a latir más o menos como antes.

 

 

 

Pero, ¿sabe una cosa? - dice el cuis - también vi otro mundo distinto al del día, es como si los habitantes de la ciudad cambiaran, o al menos como si se pusieran otra ropa. Por eso le dejo esta impresión nocturna, para sus efectos:

 

 

 

La noche dispara sus agujas de frío:

 

Su voz, que trae la ventisca entrando por la hendija de la puerta, me es tan familiar como aquella esquina indecente que amontonaba verdín y yuyos.

 

Por eso, al salir de la casa no me hizo falta verla para saber a quién le tocaba cantar.

 

Para ella, que siempre anduvo por ahí, era más bien un alivio...

 

La noche canta en los baldíos:

 

Se paró y dijo "buenas" pero ya estaba adentro, transpirando la emoción de otra botella derretida entre las manos... y se puso a cantar.

 

En la avenida de a la vuelta, la noche aglutina varios pares de alpargatas rotas, las junta con el grito agudo de los diarios recién escritos.

 

La noche se marea en los boliches:

 

Esperando que alguien se los lleve, hombres y mujeres se desploman frente a algo para tomar. La mente se les pierde en los parlantes... y piden otra vuelta para reírse de algo.

 

Luego, en la esquina del baldío, el rimel seco y corrido en unos ojos acostumbrados a mirar fijo a los autos, denota el aburrimiento de otra noche de rutina sin sorpresas.

 

La noche imagina cosas:

 

En el segundo piso del edificio de enfrente, un tal don Ismael, que es filatelista, se tuerce sobre la mesa mal iluminada, soñando con la bailarina rusa de la estampilla sellada en 1934.

 

Como en un ajedrez diabólico, las piezas juegan en tableros distintos. Así, cada peón diariero de la esquina vive su propia noche, sin saber a qué hora sirven la cena en el internado.

 

La noche enaltece los rostros:

 

Para mí, que no vengo de muy lejos aunque no sé qué hago en esta cuadra, me resulta un extraño rito caminar con las manos en los bolsillos bajo el frío filoso de la noche.

 

Ya vi tantas veces esas caras que brotan de la nada, que se alimentan de la oscuridad y del frío, que hasta las arrugas terrosas del linyera se me mezclan con las líneas corridas de rimel de aquella mujer recostada en la pared que, según don Ismael, se parece a la bailarina.

 


 

 

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