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Cuentos > Dudosos relatos del golfo

Boliche de pueblo

 

Confirmando el hecho sabido por todo el mundo de que Dios es argentino, parece que ha dejado en algunos lugares perdidos del país varias sucursales del paraíso, por supuesto que de manera muy solapada y encubierta, para que se den cuenta solamente aquellos que tienen derecho al mismo.

 

La pregunta obvia (extraña palabra castellana que tiene una b larga y una v corta sucesivas) es ahora, quiénes son los que tienen derecho al paraíso.

 

La otra pregunta podría ser, si será tarado el que dice escribir esto para realizar tales afirmaciones tan orondamente y dándosela de entendido. ¿Será tarado?

 

Responderemos a esta última en primer lugar, ya que es de respuesta inmediata e irrefutable: sí.

 

Con la primera, en cambio, la cosa es mucho más difícil y, como en aquellos casos en que uno no puede obrar solo, le dejaremos la respuesta al de más arriba.

 

Pero como padezco de una necesidad irreflexiva que no me permite mantenerme callado, daré mi opinión al respecto, y es que todo el mundo tiene derecho al paraíso. Entonces, por qué esperar a último momento para ir allí, si todavía se lo puede conocer, o al menos tener alguna referencia en cualquier tiempo y cuando uno quiera.

 

El ser humano término medio (salvo Indiana Jones), tiene una tendencia a andar a la pérdida de paraísos buscados, es decir, dejando pasar oportunidades de recorrer zonas tocadas por una mano que no se deja ver así nomás, pero que está allí, tocando lugares a la vuelta de una esquina.

 

Estos lugares pueden estar hechos de objetos, momentos, sensaciones, seres, paisajes pero en general repiten siempre los mismos esquemas (dos) de presentación: aparecen subrepticiamente sin ningún tipo de aviso ni de señalización, duran un tiempo variable y luego desaparecen, o bien están para siempre. Los que están para siempre son los más difíciles de encontrar, ya que son tan omnipresentes que inmediatamente pasan a ser inadvertidos, ya sea por costumbre o porque otras cuestiones mundanas nos impiden percibirles. (A veces uno está más atento al molesto led del celular que a la aparición gloriosa del sol en el naciente, entonces la vida transcurre pasándole por al lado a los paraísos múltiples en la Tierra, pero sin entrar).

 

Pero no nos referiremos a estos en esta oportunidad sino a los efímeros, situaciones puntuales e irrepetibles que ocurren una y otra vez y que duran, a veces, unos pocos segundos. Lo que hay que hacer es estar atento y aprovechar la situación cuando alguno se presenta; luego, en vez de rozarlo apenas, entrar.

 

Por ejemplo, basta con hacer una salida al interior de muchas provincias y encontrarse con cosas como la que sigue:

 

Un gaucho subido al caballo viene sorteando el sol de la tarde por una calle ancha de tierra y piedras. Usa una gorra oscura, barba semicrecida y vaqueros. El caballo luce una atemporal montura ornamentada de enseres de plata lustrosa; en este contexto su función es simplemente la de transportar personas, no para recreación deportiva.

 

El gaucho se detiene en una esquina del poblado, donde hay un boliche identificable solamente por aquellos iniciados que detectan la presencia de lugares así, sin necesidad de cartel luminoso ni de página web. Mientras, autos y camionetas de otros tiempos más modernos levantan polvaredas indiferentes.

 

El hombre baja y, con la certeza que le da el Martín Fierro escrito hace más de un siglo y puesto a volar eternamente, ata al alazán a un poste cruzado en la vereda. El frente del recinto es a primera vista intrascendente. Sin embargo, una rara dejadez intencional de los ladrillos de la pared, que al sol se ven enrojecidos y grisáceos al mismo tiempo, parece anunciar que en su interior algo raro hay, algo distinto.

 

La puerta, alta y encorvada de maderas viejas pintadas a brocha gorda, se abre tan lentamente como se lo permite la pesadez de la tarde de verano; las bisagras chillan saludando al que entra. Un escalón alto y terroso se interpone entre el exterior y la puerta. Adentro persiste una clara oscuridad (oxímoron que no sé si viene al caso, pero que el gran Borges dominaba a la perfección) provocada por el ingreso velado de los rayos del sol de media tarde.

 

Las mesas conservan intactos los círculos trazados en la madera por antiguos vasos de caña o de Amargo Obrero, junto a las innumerables huellas digitales de manos correosas e impregnadas de callos que hablan por sí solos.

 

A los costados, el polvillo en suspensión transparenta un almanaque torcido, con cuadros de Molina Campos traducidos al papel brillante, donde gauchos de nariz roja y mirada penetrante doman fletes demasiado briosos pero no tanto como para no caer rendidos a las riendas del clásico jinete.

 

El mostrador de madera oscura guarda en su silencio mucha de la sabiduría del hombre de campo, en su seriedad de roble añoso abriga tragos y codos maltrechos. Unas voces roncas trazan arabescos en el aire de la tarde, viciado de olor a pan casero y cigarro de hoja.

 

Nada escapa a la mirada invisible de Dios, que a hurtadillas y haciéndonos creer que no fue Él, supo poner cada cosa en su lugar.

 

Cada pequeño detalle está pensado y repensado para que esté allí, desde el ventilador de techo enclenque, hasta el perro durmiendo en el frescor de un rincón sombreado.

 

El escenario no se agota aquí, pero basta para componer el decorado de la trama central de la Ópera Celeste, donde continuamente, desde lo más profundo de la memoria, se está actuando una obra teatral en la que cambian los protagonistas, los hechos y los lugares pero el final se repite una y otra vez, y hoy es así:

 

 

 

En una mesa cuatro hombres se ven sin mirarse y se oyen sin escucharse. Ocho manos orejean unas cartas ajadas con rostros inmutables, y los bigotes hamacan señas imperceptibles para el ojo profano.

 

Fuera de todo tiempo, un tarro con porotos secos tiembla de miedo al sentir el golpe premeditado del gaucho sobre la mesa, que a la vez dice a voz en cuello "¡Envido y Truco!". A derecha e izquierda, dos aparentemente dubitativas cabezas piensan rápido la respuesta, analizan, estudian, meditan, fabulan, confabulan... perciben.

 

Porque de percibir está hecha la naturaleza, porque éste es el juego que el Hombre juega desde su origen, y quizá no haya otros, o quizá haya muchos, infinitos, pero todos, en algún lugar de la partida, tenemos una sola de dos respuestas posibles, y cada cual sabrá cuál elegir. Pero lo único que sabe con certeza el gaucho, es lo mismo que saben aquellos que, conspirando a veces contra sí mismos, aunque pierdan siempre, siempre responden lo mismo: "Quiero".

 

Y Dios los mira, sonríe, y sin esperar que el Hombre siquiera muestre el tanto, vuelve a barajar las cartas.

 


 

 

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