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Sobraba el tiempo en aquella tarde de verano. Los
árboles de la plaza se movían en un compás lento y suave, cantando sus
hojas como una cascada de arroyo de montaña. Cerca, una vez más, el mar.
Y el bullicio, que al tiempo de permanecer allí es
casi un silencio, el griterío alegre de los chicos colgados de los
caballitos y las naves espaciales de la calesita.
Decir que el tiempo sobraba no es correcto, sino
que aquí no hace falta fabricar relojes para entender al tiempo, porque acá
el tiempo no pasa, mejor dicho, pasa pero a veces se detiene y otras veces
hasta vuelve para atrás.
Desde lejos, las hamacas sembradas de trenzas y
flequillos parecían no moverse, a pesar de su vaivén continuo; y los colores
brillantes de las remeras sueltas, eran como crestas de espuma de olas al
sol.
Mirando estaba la rotación cadenciosa de la
calesita, esperando que pasara de nuevo el panel del Ratón Mickey y un poco
más adelante la cara de una niña sonriente, cuando en una ráfaga de años y
de niños, me vi ahí.
Estaba agarrado con fuerza a un perro Pluto que
subía y bajaba y me acercaba a un señor de gruesos bigotes que revoleaba la
sortija. El piso era de tierra y Pluto estaba bastante deteriorado, mareado
diría de dar tantas vueltas sin cesar. Sonaba un disco rayado de Balá, pero
casi no lo escuchaba de tan concentrado que estaba en atrapar esa sortija
escurridiza. Me agazapé cuando el giro me colocó frente a la mano del
calesitero, estiré todo lo que pude mi brazo pero la sortija, una vez más,
se me escapó de los dedos: de nuevo a esperar otra vuelta, otra vez será.
El tiempo me puso, no por coincidencia, en otro
domingo soleado como éste, uno de esos domingos de acostarse temprano y de
pasar el rato viendo a un vecino lavar el auto, mientras en la radio suena
un partido.
El mar y el horizonte se mezclaban con el contorno
oscuro de un barrio bajo y gris, como los atardeceres de domingo.
Otra vez me aferré con un brazo al cogote
resbaloso de Pluto y me estiré todo lo que pude, casi sacando la cola
completamente afuera del lomo del perro. El calesitero, o por distraído o
por verme tan decidido, dejó la mano quieta por un instante y de un solo
zarpazo le arrebaté la sortija imposible. La alegría se me escapaba por los
poros, gritaba y me reía con el aro de metal definitivamente mío. Aunque
esto sea difícil de creer para mí que soy un hombre grande, estaba feliz.
El ruido de un chico que pasó a mi lado masticando
papas fritas me devolvió a este tiempo, lo cual es un decir, porque acá el
tiempo no anda siempre para adelante, sino que va y viene como se le
ocurre, principalmente cerca del mar, donde se detiene del todo.
Me levanté de la silla de plástico y me fui a
caminar por la rambla. El viento fresco de la costa presagiaba la inminente
caída de la tarde y las primeras luces se encendían en los barcos del
muelle. Caminé hacia mi casa con una sonrisa en la boca. Un amigo que
encontré en una esquina me vio reír casi a carcajadas, y me preguntó si
estaba loco o había empezado a beber desde temprano. "No, ¿por?",
le dije sin dejar de sonreír y aferrando con la mano la sortija celosamente guardada en un bolsillo
de mi pantalón corto.
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