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A pesar de los diferentes husos horarios que tiene
el mundo, debo decir buenas noches. Es que esto que dice el cuis (*), y que
a continuación transcribo, es una imagen de una breve caminata nocturna por
las calles de la ciudad, en momentos en que hace calor pero el tiempo aún
no se decide a ser verano.
Una pequeña semblanza, nada más, de un momento
madrynense posiblemente aplicable a otros lugares, pero que no por eso deja
de ser madrynense. Conjunción de sentidos que se da en esos barrios viejos,
con pasado, en que el modernismo todavía no puede erradicar del todo a los
duendes melancólicos que salen a la noche a sembrar palabras y misterios.
El cuis, como siempre observador y chupandín, hace
su aporte correspondiente.
RETRATO PORTUARIO
Al son de las persianas que se cierran
y de los primeros leves clicks de las luces de
mercurio que se encienden
voy bajando la vereda.
La lluvia paró hace un rato.
Unas cuadras adelante, pocos carteles luminosos,
el suburbio muestra su olor
a perfume común, a goma de auto quemada, a perros.
Cerca de la esquina, en una oscuridad dominante
hay una mujer parada.
Mira a los que pasan en auto, sin hablar.
Tampoco hace señas
No hacen falta en esta esquina.
Antes de doblar en la otra cuadra, le paso cerca
es imposible evitar verla, no se puede.
El perfume me impregna la ropa.
Unas matronas cuchichean enfrente
un perro me ladra tras la verja
unas lunas dejan caer su claridad de mercurio
(todavía brillan algunos charcos en la avenida)
y un auto rompe la armonía del asfalto embarrado,
hasta el momento,
en conjunción mágica con árboles, perros y viejas.
Ya estoy 20 metros adelante de ella
de reojo veo que la traga el auto.
Sin darle mucha importancia, sigo a dar la vuelta
manzana
contando mentalmente las baldosas rojas, sin
pisarlas.
Como en todo laberinto suburbano, no me di cuenta,
pero al despertar por un momento de mi caminata
nocturna,
veo que estoy en la misma esquina, en la avenida.
Lo noto porque todavía está ese olor a perfume,
porque el perro me vuelve a ladrar, pero menos.
Enfrente, las señoras se metieron adentro, ya no
están,
sólo quedan las veredas limpias como pequeño
indicio
de su inevitable presencia.
Los árboles son los mismos de siempre, la persiana
de la verdulería,
impregnada de lechugas aplastadas, la verja
despintada,
la luna de mercurio que descubre a los charcos
lustrosos.
La mujer, sólo por un momento,
quebró la armonía de este cuadro impresionista.
Pero ya va a volver, y las matronas también, y el
auto también.
Y el perro, la luna, las persianas. Y el aire
enrarecido por esa mezcla única
del olor de verduras viejas, caño de escape,
perfume común, baba de perro,
estofado y rouge.
Ya va a volver, porque
como en todo cuadro que ya secó, las pinceladas
nunca cambian de lugar
por mucho tiempo.
(*) Aclaración: No me gusta presentar a este
individuo; es un bicho mal entretenido, alcohólico y holgazán que se ha
afincado en el rancho desde hace un más que suficiente tiempo. Todavía lo
aguanto, porque de vez en cuando me sopla alguna que otra poesía y porque
no deja de ser otra de las tantas especies en vías de extinción de la
Patagonia.
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