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Cuentos > Dudosos relatos del golfo

Diálogo con el fantasma

 

Dicen, o no sé si dicen, o si uno simplemente se lo imagina, pero uno quiere creer que como oposición al esplendor del verano madrynense, o a las mismas tardes de invierno con su sabor seco y su aire de mar limpio, hay algo medio tenebroso, algo mágico en estas noches invernales de este puerto sureño.

 

Hay algo que no sé cómo describir sin que quien lea esto se piense que he bebido. Asimismo me veo en la obligación de comentarlo: cuando alguien se anima a andar caminando de noche con frío y mucho viento por las calles de los alrededores del centro, sobre todo por la misteriosa Avenida Yrigoyen, el entorno se transforma en un enigma, a veces un enemigo adorable o bien un monstruo oscuro, que te llama y que, como en las pesadillas de origen etílico porcino (sueños horribles originados por la copiosa ingesta de chancho y vino), uno no puede correr sino que por el contrario, es atraído cada vez más al interior del agujero solitario y oscuro que se prolonga en cada bocacalle.

 

En el silencio un sospechoso gato negro pasa corriendo y maullando por uno de los techos de chapa, y luego (como siempre cada vez que paso por el frente de estos galpones viejos) una ventana derruida y floja golpea fuerte contra el marco y se vuelve a abrir; efecto del viento dirán, pero, por mi parte, me cuesta creer que las cosas sean así de simples, que todo tenga una explicación, una irrefutable demostración ya sea por la evidencia objetiva o, en casos extremos, por el método científico. Yo sé muy bien (como la secuencia de este relato lo comprobará luego) que esa ventana no se abre sola: hay "algo" allá arriba que me ve pasar y, buscando algún fin maléfico o bien como un simple juego infantil, le da un sórdido golpazo a la ventana. Antes de que la paranoia me carcoma hasta los huesos, voy a preferir que en su lugar sea este frío sagrado y amado el que lo haga y seguiré el cuento sin darle mucha importancia a "eso".

 

 

 

El tiempo estaba ideal para meterse en un bar y tomarse algo. Apuré el paso. A mis espaldas el viento (otra vez, para no parecer loco, echémosle la culpa al viento) silbó entre las chapas una especie de sonatina elemental de dos notas agudas, un llamado lúgubre al que no respondí, simplemente, por la costumbre de escucharlo; además de no querer girar el cuello dentro de la bufanda, porque ese movimiento hubiera generado una corriente finita de aire helado por debajo de las orejas que me hubiera dejado duro.

 

Sin poder sacarme la sensación de que alguien me estaba mirando y deseaba llamar mi atención, fui llegando al bar, atravesando antes unas construcciones antiguas, de ladrillos vivos y carcomidos, verdaderas brujas de cemento que se interponen en el paso del que camina solo.

 

Atrás el viento silbaba menos y la ventana se había quedado quieta.

 

Entré a la luz amiga del bar y en el mostrador me pedí un pequeño toque de ginebra, no se puede tomar otra cosa con este frío, o sí, o no, no sé, lo más probable: quién sabe. Los poquísimos parroquianos, sin ignorar mi presencia, no me dieron demasiada trascendencia y siguieron con su charla animada. Yo agarré la copa y arrastré mi cuerpo torpe y encorvado por el frío hasta la mesa del rincón, porque hace un tiempo que de noche no me puedo sentar en un bar o restaurante si no es contra la pared, de miedo a que venga alguno y me ataque por detrás, y apenas me había sentado y recién empezaba a desenrollar la bufanda, cuando a través de los vidrios empañados de la puerta vi a una figura extraña  pasar por la vereda de enfrente. Iba ataviado con un sobretodo gris oscuro y grueso, zapatos negros de punta aguda y sombrero negro ridículamente alto. Me pareció que al pasar frente a la puerta movió un poco la cabeza, como intentando atisbar el interior del recinto en el que me encontraba (al voltearse igualmente me fue imposible identificarlo, siquiera verlo entre la oscuridad exterior reinante y el atuendo del sujeto). Una sensación de inquietud - sensación que se fue diluyendo poco a poco al pasar de la ginebra -  absorbió mis pensamientos y no podía apartar de mi mente a este raro personaje, llamativamente desconocido en esta región en que nos conocemos todos.

 

 

 

Un rato más tarde cambió mi semblante, y el rostro pálido con el que había ingresado al bar se fue pigmentando bajo la influencia del calor del interior del mismo. Y ya con la tranquilizante presencia de ánimo que en situación normal me producen estas hermosas noches estrelladas, auténticamente patagónicas, con ojos de gato al acecho y mirada de perro fiel, me puse la bufanda, saludé y me fui.

 

Retomé el camino al rancho, inevitablemente una vez más por la Yrigoyen, venía chiflando unas alegres polkas paraguayas cuando mis pies se detuvieron en seco, presas del pánico: alguien me chistaba desde el galpón de enfrente...

 

Ante esta sorpresa más fría que el frío mismo que viene de la meseta, mi cabeza me ordenaba salir rajando de inmediato; pero mis pies no le respondían, quizá por el bloqueo que produce el miedo irracional, o bien porque eran las únicas extremidades valientes que me quedaban. No sé por qué, pero me quedé ahí, parado, atenazado por manos invisibles, aunque lo suficientemente fuertes como para impedirme el movimiento.

 

Enseguida se escuchó de nuevo el chistido, tan parecido al soplido del viento, que cualquiera hubiera asegurado que era el viento mismo, pero ese deja vú que me producía la noche conocida, más que aplacarme me confirmaba, al menos, o que lo generaba algo sobrenatural, o bien que me había caído realmente mal la ginebra.

 

Del pánico inicial pasé a la curiosidad y me fui girando de a poco mientras el chistido tornaba en un "Eh, che, usted!". No había vestigios de alguien  que se moviera en el interior de la casona sin vidrios de donde provenía la voz, pero ésta sí era real. Tratando de autoconvencerme que no pasaba nada me fui acercando, con paso dudoso aunque algo motivado por el tono de voz, con un acento que aún no alcanzaba a distinguir.

 

Unos papeles pasaron volando adelante y se detuvieron justo en el marco de la puerta, flameando como banderas blancas pegadas al dintel. Un gato (quizá el mismo de siempre) dio un fuerte maullido y con destreza saltó a las chapas del techo de al lado. El viento, súbitamente, se detuvo y los papeles fueron mansos a poblar la vereda despareja.

 

 

 

"Venga tranquilo, no le haré daño" me dijo la voz, en un tono como para desconfiar a las dos de la mañana y en lo oscuro, pero me dije a mí mismo que bueno, uno tiene que probar de todo en esta vida y si tenía que pasar lo inevitable, al menos ese día me había bañado. Sin embargo, a medida que me acercaba, solamente podía distinguir una especie de sobretodo que se movía como si estuviera colgado de una soga de secar ropa y un sombrero de copa alto, que hasta me pareció haberlo soñado alguna vez.

 

"Sí don, ¿qué desea?" le dije con los dientes apretados y la mandíbula inferior temblequeando, como si se me fuera a despegar de la cara. Un claro de luna que se reflejaba a espaldas del sobretodo, contra un vidrio astillado en el piso, me dejaba ver la silueta flaca, escuálida del sujeto y a su vez el contraluz protegía a su rostro de mi mirada.

 

 

 

"Vea amigo, yo solamente quiero hablar, y quiero hablar con usted en particular. Verá, como sé que me va a creer no tengo por qué dar muchas explicaciones, ni hacer magias sobrenaturales para convencerlo, y esto lo sé porque pude y puedo ver en sus ojos el temor del que elige percibirme a ignorarme. Después que termine de contarle lo que tengo que decirle, no sé que voy a hacer, pero lo dejaré tranquilo. Pase y siéntese en esta silla, usted que todavía puede, esta es mi morada y le aseguro que usted es mi primer invitado en muchos años. Esta casa, solamente compartida con unos gatos callejeros y hambrientos y unos pibes que de día a veces entran a buscar la eterna pelota colgada del partido en la calle, es uno de mis últimos bastiones en este Madryn que se moderniza continuamente".

 

 

 

Esta introducción me tranquilizó bastante. Por su acento era obvio que era extranjero, parecía inglés, o galés, y la torpeza y el tono de voz eran como de alguien que hace mucho que no hablaba con algún ser humano (si me puedo denominar así, modestia aparte).

 

La voz retumbaba en la habitación casi vacía de muebles.

 

Pasé, me senté, y como para romper el hielo, saqué del bolsillo interior de la campera el atado que tenía de Marlboro Box, le extendí un cigarrillo al hablante, uno para mí y le acerqué el carusita para darle fuego. Una fuerte ráfaga de viento helado penetró por una hendija de la ventana sellada con tablas, pero no apagó al carusita, como era previsible. El recinto se iluminó vagamente cuando le dio la pitada inicial y, para mi sorpresa, el humo se esparció por todos los flancos de la oscuridad bajo el sombrero.

 

Afuera, el mar anunciaba con su fragancia su presencia cercana, aunque un automóvil, también próximo, intentaba romper de una acelerada la magia del momento. Finalmente, todo era  propicio para que el espectro hablara, y así habló:

 

 

 

"Soy un fantasma, lo sé, solamente un fantasma. No le voy a decir que triste y solitario, porque no vine acá a dar lástima; pero sí, a veces la soledad me atrapa al vuelo.

 

Primo lejano de aquel fantasma de Canterville, que contara hace mucho Oscar Wilde y que cantara no hace mucho un tal Gieco, pero mi nombre ya no recuerdo.

 

Hace años que ando por acá, desde que vine escondido en la bodega del Vesta, un barco viejo que cruzó el Atlántico hace más de 130 años para dejar aquí, en lo que era un desierto desolado, a un puñado de galeses aventureros, que con sus familias y unos pocos cacharros vinieron a buscar algo que les era negado en su tierra original, quizá una vida mejor para sus hijos, quizá algo de paz, quién sabe lo que los movió a venirse a los confines del mundo en aquellos tiempos. Lo cierto es que yo, que ya no me acuerdo desde cuándo soy un alma en pena que anda vagando de acá para allá con el solo objeto de asustar, de repente me encontré atrapado, encerrado, valga la paradoja, en la inmensidad vacía de esta Patagonia.

 

Cuando el barco atracó y la gente fue bajando, con el agua fría hasta las rodillas, en ese invierno de 1866 que terminaba, dando lugar a una primavera gloriosa y tan esperada, me deslicé como una nube o una neblina por detrás de los tamariscos de la playa y me fui a refugiar en una de las cuevas de arcilla, allá donde la tierra le arrebata una barda al mar, para que no me vean de día, ya que los fantasmas tenemos totalmente prohibido asustar mientras el sol reina en el cielo.

 

Ahhh... qué epocas doradas aquellas, ni bien los galeses (mis coterráneos) se comenzaron a asentar en las orillas del río Chubut, allá por Rawson, por Gaiman, por Trelew y luego vuelta a poblar esta playa, empezaron mis correrías a lo largo y a lo ancho de todos los poblados. Era estremecedor saber que las antiguas tradiciones célticas estaban vivas, no solamente en las costumbres de los hombres y en la cultura celosamente guardada hasta hoy por las mujeres galesas, sino también gracias a mí, que tan lejos de los bosques británicos y de los castillos embrujados, valiéndome nada más que de unas pocas matas sedientas y unas breves construcciones de techo bajo, también mantenía viva la leyenda asustando por las noches tanto a niños como a adultos, que luego con la imaginación encendida, tejían historias locas de aparecidos... Qué tiempos de esplendor en donde era amo y señor de la oscuridad y de los miedos inexplicables... Iba de casa en casa, de barraca en barraca, silbando y arrastrando cadenas, saltaba por sorpresa a los vagones del viejo tren que ahora no está más. Pero todo eso terminó.

 

Aún recuerdo, cuando todavía alimentaba mi ego pegando algún que otro susto por ahí, cuando allá por los sesenta, no hace mucho, pasaba el carnicero en un carro vendiendo carne de vaca por la calle, con un serrucho iba cortando la res arriba del carro a medida que las patronas le pedían.

 

Cuando tener una radio que pudiera agarrar alguna emisora de Buenos Aires era toda una fortuna, y cuando la gente esperaba agolpada en una librería del centro a que llegara el diario Clarín con tres días de atraso. Cuando la ruta 3 era un zig zag de tierra entre los postes de electricidad, y llegar en auto a Buenos Aires era poco menos que una odisea.

 

Y aquellas noches estrelladas, de barquitos chicos parados en el golfo, cuando sin televisión que se entrometiera la gente tenía hijos, más hijos sanos y crédulos para "asustar", más nietos para que las abuelas les cuenten cuento de hadas y duendes antes de dormir...

 

En fin, hoy, como verá, todo eso ha terminado. Aunque suene tan común, le puedo asegurar que ya no asusto a nadie, salvo a algún perejil como usted (disculpe mi franqueza), y esto sí que es mucho más tenebroso y atroz que mi misma presencia, o que me ponga a golpear las ventanas y a silbar sobre los tejados  para meter miedo. Porque éste es el verdadero drama, no que la gente se asuste sino, por el contrario, que ya no se asuste con nada, que ya la realidad haya superado tanto a la ficción que no hay más tiempo para nosotros, los aparecidos.

 

Fíjese que en estos tiempos de conocer el campo, me hice amigo de Luz Mala, aquel temible espectro que aparecía lejos en el campo en noches tranquilas y se presentaba como una luz que parecía que iba siguiendo de cerca al jinete nocturno. Cómo se asustaba hasta el gaucho más valiente, que luego llegaba a contar y a inventar historias, como que había peleado con el diablo y cosas parecidas. Esos fogones de campo se iluminaban al compás de los cuentos fantásticos, todos originados por el Luz Mala. Pero claro, cuando se les ocurrió a algunos "iluminados" demostrar que esa luz era el reflejo de no sé qué cosa, que por refracción y no sé qué más se producía, con el corazón partido el Luz Mala tuvo que irse, profundamente herido en su amor propio, y ahora no sé por dónde andará, capaz que anda por algún boliche bailable ganándose la vida haciendo de reflector...”

 

 

 

"Siguiendo con mi caso, le digo que no por mí, sino por los hombres, es triste ver cómo ya nadie cree en nada, que todo es automático, todo de plástico. Ya no hay brujas, ni hadas, ni duendes, ni princesas encantadas para despertarlas con un beso. Y a mí ya no me dan ganas de salir a asustar, hasta me siento grotesco con el traje clásico de sábana blanca, con decirle que la otra vez se me ocurrió ir a asustar en un cumpleaños y los pibes me querían usar de cama saltarina y las madres de mantel. Salí lleno de restos de torta y pegoteado con Coca Cola.

 

Así que después de varios años encerrado, confinado en esta casona derruida, que por suerte es una de las pocas cosas que me quedan de mi pasado glorioso, he decidido retirarme, desaparecer para siempre de la mirada de los hombres; ellos ya no me necesitan, porque ahora el tiempo no alcanza para cerrar los ojos e inventar un fantasma.

 

Estoy solo, lo sé, pero le agradezco su tiempo y no se asuste más, por favor, no valgo la pena. Adiós."

 

 

 

Se hizo un silencio, obviamente sepulcral, y me quedé mirando con pena a esa figura que se desvanecía en el aire frente a mis ojos.

 

"Espere un poco... Ehh, ¿adónde va a ir con este frío?"

 

Uno siempre habla del clima cuando no sabe qué decir, y en este momento crucial no podía abandonar al pobre espectro.

 

"Escúcheme, no se si le pueda interesar, pero en el fondo del rancho tengo un galponcito que bueno, está un poco mugriento y allí también viven unas gallinas ponedoras que tengo, pero es un buen lugar para asustar un poco, por lo menos a las gallinas, aunque le confieso que usted todavía algún miedo me da..."

 

Me dio la sensación de que una sonrisa oscura se dibujaba bajo el sombrero. El fantasma dejó pasar un par de segundos para contestar:

 

"Bueno, ya que insiste, vamos nomás".

 

Era evidente que estaba esperando de antemano mi oferta. La cosa es que mientras yo me volvía caminando al rancho, el fantasma me seguía, revoloteando por sobre los techos, dando feroces carcajadas y moviendo las ramas de los árboles. Subimos la barda y atrás quedó la ciudad con su mágico resplandor nocturno. El viento había cesado, el mar adormecía a unos tres o cuatro barcos pesqueros, y yo pensaba que este individuo podría ser una buena fuente de información del Madryn antiguo, que no conocí dada mi extrema juventud, y que algún provecho iba a sacarle. Ni bien llegamos, el cuis lo olió y del susto se metió debajo de la cama, donde permaneció temblando hasta bien entrada la mañana. Por su parte, el fantasma se acomodó en el galpón, donde enseguida descubrió unas botellas de Criadores que tenía escondidas, y como para calmar los nervios de la mudanza, de golpe se bajó un cuarto litro.

 

"No se vaya a tomar todo el whisky y no me asuste mucho a las gallinas, que después no ponen" le dije a modo de saludo antes de irme a dormir.

 

En fin, no hay caso, aunque busque no consigo un amigo abstemio.

 


 

 

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