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El honorable Cacique Pipagua ha retornado de unas
breves vacaciones en Río de Janeiro, tal como es su costumbre en estos
meses donde el frío arrecia en la Patagonia. Hombre de temperatura al menos
tibia, aprovecha los beneficios obtenidos durante el verano, tiempos en los
que acopia réditos como vendedor de pirulines, ambulante a veces o de a pie
otras, para solventarse luego unas pequeñas aventuras en las doradas playas
del Brasil, en momentos en que, dado el clima reinante en junio o julio en
la Patagonia, resulta bastante difícil venderle al menos un mísero chupetín
de forma cónica a los escasos bañistas del momento.
El cacique, conocedor experimentado del arte del
todo por un peso al paso, ha sabido ganarse a fuerza de miles y miles de
pirulines de similar estructura estas merecidas vacaciones.
Y esto a pesar de ser injustamente acusado de
vender pirulines en mal estado, doblados y/o vencidos, acusación formulada
por algún funcionario, anónimo como todos, de algún misterioso ministerio
anónimo de cuya existencia nunca tuvimos noticias fehacientes, pero que, no
conforme con acusar, mandó requisar toda la mercadería acumulada en su
quincho, destruyendo así un bonito castillo medieval que el cacique había
construido con los pirulines sobrantes, labor de alto vuelo cultural cuyo
logro le demandó meses y varios quebradizos pirulines.
Y esto está mal, porque las ideas no se matan y
los pirulines no se quiebran.
Por suerte, de esta causa al final fue totalmente
sobreseído por absoluta falta de mérito. Esto no significa que el
inmaculado cacique carezca de todo tipo de méritos para cualquier causa,
sino mas bien que al tipo le sobra mérito para carecer de causas, que todas
sus causas le ameritan faltar a los careceres sobrantes y que carece de
causas de cualquier tipo de mérito en la que ni le sobre ni le falte.
Ya de retorno de Río, ha traído consigo algunas
bonitas páginas poéticas inspiradas en antiguas
percepciones hirvientes, escondidas en la mente a
partir de la adolescencia, pero que afloran en un todo, arrasándolo todo
ante la más mínima presencia de indescriptibles garotas ipanémicas y
copacabánicas de piel morena, cutis oscuro y pigmentación azabache, que
suelen andar voluptuando por las mencionadas playas. En breve presentaremos
una poesía dedicada a una garota brasileña de Minas Gerais que el cacique
conoció en una bonita playa, lamentablemente la historia no termina del
todo bien debido a la tendencia a las distintas bebidas espirituosas que
flagelaba a la muchacha. De todos modos, esta hermosa historia de amor será
revelada en breve, pero no tan breve como para que sea ahora, aunque si
fuera ahora también sería cierto lo de breve, ya que sería, por ende, la
condición mínima, el límite inferior para que la ambigua frase "en
breve" fuese verdadera. Pero va a ser un poco después de ahora, en el
próximo libro, si me dejan.
Sin embargo, este tiempo de solaz procaz del
cacique le ha servido para reflexionar un montón como es su costumbre, sobre
temas que tienen que ver, humildemente, con la existencia de las cosas, el
origen del ser humano, la explosión inicial y la expansión del universo,
algo que aún en esta pequeño cuento de la historia de la humanidad nadie ha
podido develar del todo. Pero a pesar del machazo carajal de sus
reflexiones, la infinita humildad del gran maestro Pipagua le impide
abarcar la humilde infinitud de la Creación y se va a remitir, simplemente,
a dos preguntas basales, de conocimiento obligado para todo aquel que tenga
fundadas intenciones de terminar de leer este libro:
1) ¿Existe Puerto Madryn?
2) Las ballenas, ¿son extraterrestres?
Pasemos a la primera:
Un tramo más allá de Sierra Grande, el cartel de
la Ruta 3 indica "Puerto Madryn ... 120 km". El automóvil sigue su
ruta al sur, ya lleva varios kilómetros recorridos desde el último cartel,
cuando sorpresivamente el conductor ve otro:
"Puerto Madryn ... 130 km". Aunque el
cuentakilómetros diga lo contrario y el auto vaya para adelante, un tramo
más allá se lee: "Puerto Madryn ... 140 km".
¿Qué pasa? se pregunta el conductor ¿acaso nunca
llegaré a Madryn?, ¿acaso cuanto más me acerco a Madryn más me alejo? ¿Se
trata de un punto de inflexión de la vieja teoría de la relatividad? ¿Será
un pliegue espacio temporal sin resolución en la teoría de las catástrofes
de Thom?
Detengámonos aquí. No el auto, sino esta
reflexión. Puede ser que haya un error en los textos de los carteles,
pero... quizá sea difícil determinar la exacta ubicación de Puerto Madryn,
quizá imposible, quizá nunca se llegue a establecer del todo. El Dorado, la
Atlántida, la Troya de los antiguos griegos, Parque Chas en Buenos Aires,
son otros ejemplos de ciudades cuya ubicación
geográfica, hasta el momento, es casi imposible de
asegurar.
Hay un grupejo de escépticos asépticos (porque se
bañan todos los días pero no creen estar haciéndolo) que promueven la
teoría de la inexistencia de Puerto Madryn, argumentando en favor de la
misma varios puntos de alta criticidad.
Estos obtusos incrédulos dicen basar sus afirmaciones
en:
a) La historia local.
En ninguna de las ricas y antiguas culturas
aborígenes autóctonas (ya sean mapuches, tehuelches, araucanos, hasta onas
o yamanas), se hace la más mínima mención a la existencia de Puerto Madryn,
a pesar de que han dejado muchas y valiosas huellas de su propia
existencia. Siendo los miembros de varios de estos clanes de costumbres
nómades, debemos suponer que han recorrido
infinidad de veces estas zonas de la Patagonia,
pero, ¿cómo es que nadie menciona ni hace la menor referencia a la
existencia de una ciudad de semejantes características de pujanza y
belleza, cercana al mar?. Mucho menos es referenciada si se buscan datos
con anterioridad al siglo XIX.
b) La historia de la conquista europea
Fueron muchos los barcos españoles que llegaron a
las playas del sur y otros tantos los británicos durante los tiempos de la
conquista, cuando se peleaban por ver quién le birlaba más cosas a los
nativos; y muchas fueron las bitácoras de viaje y manuscritos encontrados
pertenecientes a estos aventureros. En ninguno, absolutamente ninguno, se
menciona que alguien haya visto algo ni parecido a Madryn, mucho menos en
el lugar geográfico donde se dice que está situado.
c) La historia mundial.
Ni siquiera aparece en culturas antiguas altamente
civilizadas y desarrolladas, con escritura propia, como lo fueron
Babilonia, Fenicia, Asiria, Caldea, ni los griegos ni los romanos, ni aún
en la Europa renacentista del siglo XV; nadie hace referencia a semejante
lugar en los confines australes del mundo.
c) Una cuestión de mayoría
De toda la población mundial actual, calculada en
unos 6000 millones de humanos, apenas un 1%, o a lo sumo un 2%, dice tener
conocimiento de la existencia de la ciudad en cuestión, sin embargo, el 98%
restante desconoce rotundamente su existencia, o bien no sabe o no
contesta.
¿Tanta gente puede estar equivocada?
Llevados estos datos al plano estadístico, resulta
que la probabilidad de que Madryn exista es de alrededor del 0.02 % con un
desvío estándar muy acotado del error, mucho, muchísimo menos que acertar a
la quiniela a la cabeza, mucho menos que acertar a la cabeza con tres
cifras y menos aún que acertar una redoblona. Y todos sabemos lo que cuesta
ganar a la quiniela, por más que uno se empeñe en soñar cosas para luego
jugarle al número correspondiente.
d) Una ciudad virtual
De este a lo sumo 2% de la población mundial que
afirma su existencia, una gran porción la conoce por medio de folletos,
mapas, libros o, lo que es aún menos creíble, a través de un libro como
este, escrito dudoso donde nada está demasiado claro.
e) La evidencia visual
Finalmente, se podrá decir que Madryn es visible a
simple vista y también palpable, sin embargo, nos atenemos al viejo dicho
que dice "no quieras creer en todo lo que ves ni creas tocar todo lo
que quieras".
Aquí finaliza el análisis de los incrédulos. Pero
ahora me toca opinar a mí, el cacique Pipagua en persona.
Si bien tales afirmaciones son muy difíciles de
rebatir, no dejan de ser apócrifas. No puedo concebir un mundo en donde
nadie crea en nada ni en nadie, será por eso que estamos así. Pero no voy a
demostrar la falsedad de lo anterior por el método científico, porque no
voy a perder el tiempo con estos personajes, simplemente voy a decir que
las cosas más lindas de la vida no necesitan ser demostradas ni evaluadas,
solamente tienen que ser creídas, y lo siento por aquellos que no las
creen. A pesar de que muchas veces por creer demasiado uno sale lastimado o
defraudado, voy a insistir en creer en muchas cosas aunque no las vea
materialmente, sobre todo si son tan fantásticas, maravillosas y hermosas
como los Reyes Magos, Papá Noel, el amor, la
amistad, la mirada furtiva, la palabra de honor,
la sinceridad, las hadas, los duendes y, entre todas estas cosas mágicas,
cómo no incluir a Puerto Madryn, el paraíso de los soñadores.
Por lo tanto, lector viajero, venga tranquilo, si
cree que existe un lugar así y que se llama Puerto Madryn, seguro que
cuando menos se lo espere, en medio del paisaje repetido pero misterioso de
la meseta patagónica, doblando una curva y en bajada hacia el mar, aparece.
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