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Dejando de lado cualquier tipo de excusa para
evitar el escribir estos cuentos, paso a contar lo sucedido. No voy a decir
que sea verdad porque no lo es, aunque sinceramente quisiera decirlo. Sin
embargo, el sólo hecho de que alguien adiestrado en el arte sutil de
representar ideas, con la mínima ayuda de un elemento atintado, que
garabatea trazos sobre un papel liso, de coloración clara, logrando, de
esta manera, a través del contraste de la tinta oscura con el papel claro,
hacer entender lo que ese alguien quiere decir así, sin ningún contacto
físico ni virtual de los sentidos con el otro, es razón suficiente para
concluir que esto que voy a contar es verdad absolutamente; y más aún si
hay otro que lo lee, no existe nadie que no pueda creer lo que está viendo
aunque uno algunas veces vea cosas que no cree.
Por lo tanto, esto que voy a contar es verdad,
lisa y llanamente. Pero en realidad se trata de una ficción en la que
cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia. Así que de movida
nomás es mentira, aunque la más sutil coincidencia con la realidad
transforme a esta mentira en una verdad tautológicamente irrefutable, que
nadie podría ser capaz de revertir. Sin embargo, al enunciar a estos textos
como cuentos, de inmediato se forma en la mente del receptor la palabra
"falsedad", o, para no ser tan verbalmente agresivo, digamos
"falsedad sana e inocente" y quizá "divertida o
entretenida"; y esta imagen mental, casi subliminal, hace que quien lo
lee, que puede ser el mismo autor, lo lleve a una inequívoca seguridad de
que es todo mentira. Pero no. La verdad es que todo esto es mentira si uno
asume una posición lateral con respecto al libro, de manera tal de que la
línea recta imaginaria trazada entre el ojo del lector y la hoja, atraviese
tangencialmente el plano impalpable de las palabras impresas sobre el
papel; así una especie de ilusión óptica hace que parezca que es todo una
gran falacia y que las vidas y los hechos aquí descriptos son tan alejados
de la historia misma ocurrida que, o bien el que la escribió no sabe lo que
realmente pasó, o es un mentiroso. Pero para afirmar esto quien lo haga
debería conocer la verdadera historia de lo que aquí se cuenta; y si así
fuera él mismo sería un mentiroso porque esta historia (para él) es mentira
desde el vamos, por lo tanto pasaría él mismo a ser el farsante y, por
ende, el autor sería el veraz. Así que no es aconsejable establecer un
juicio previo a lo que aquí se cuenta, para no quedar pagando.
Ahora bien, si quien afirma que esto es mentira es
el autor, no tenemos por qué necesariamente creerle que así lo sea, ya que
el mismo no puede conocer, por razones de tiempo y de espacio, la vida
absoluta de todas las personas del mundo de todos los tiempos y la de otras
personas de otros mundos y otras galaxias, así como tampoco los hechos. Si
dice que es verdad, tampoco habremos de hacerle caso (aunque se la dé de
escritor), ya que quién es él o qué sabemos de él para creerle tal
afirmación, si, por supuesto, carece absolutamente de autoridad suficiente
para determinar la exactitud de los hechos ocurridos, porque desde ya que
no los sabe. Finalmente, si dice que es verdad pero que se lo imaginó, la
sola presencia de un acto de pensamiento abstracto en la mente de alguien,
que luego es transformado en letras, que combinadas entre sí y con códigos
de escritura y lectura establecidos previamente, dan una idea aproximada al
lector de lo que el autor se imaginó, de todos modos no alcanza para
establecer la veracidad o la no autenticidad de la narración.
Resumiendo lo anterior, si el que lo lee es el que
lo escribe, se lo cree. Sino, no, o puede que también, dependiendo esta
última apreciación de varios factores, algunos de corte psicológico y otros
de otros tipos de cortes, pero que no vienen al caso.
Por lo expuesto, debo decir antes de comenzar las
historias, que no se sabe bien qué fue lo que pasó. O sí. No obstante, será
poco creíble que alguien crea que está leyendo esto y no lo esté haciendo,
o que alguien lo lea y piense que no lo está leyendo. En cierto modo, el acto
de abrir el libro y atravesar renglones con la mirada, decodificando
imágenes en blanco y negro contrapuestas, puede ser considerado un acto de
lectura, pero no se sabe. Por eso, antes de comenzar a contar los cuentos,
debo confesar que no creo que sean la pura verdad: más bien pienso que
mentí un poco, pero no lo sé a ciencia cierta, ya que pretendí ser lo más
objetivo posible y despojarme de toda ornamentación sintáctica para ir de
lleno al grano.
Pero antes, como las historias contadas aquí son referidas
a cosas que probablemente no ocurrieron en la patagónica ciudad de Puerto
Madryn, atestada de bellezas y ballenas, respondamos a la primer pregunta
fundamental, necesaria pero no
suficiente, para demostrar la veracidad o no de los hechos: ¿existe Puerto
Madryn?.
En este caso, dejémosle al Cacique Pipagua,
analizador de las cosas trascendentales de la vida, que explique la
respuesta.
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