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El día 20 de julio se conmemora un año más de la
llegada del hombre a la luna. Un día como hoy, (bueno, no sé si como hoy,
así nublado, pero al menos como hoy en lo referido a fecha y mes, no al
año) el astronauta Neil Armstrong se convertía en el primer hombre en pisar
el suelo lunar. Este prócer, quizá pariente, o no, vaya a saber, de un
viejo y famoso trompetista colorido de New Orleans que tocaba estilo
dixieland y sacaba unos tremendos agudos, fue el primero en poner los pies
sobre la luna, que ya es algo mejor que mucho de nosotros que ni siquiera
podemos poner de una vez por todas los pies sobre la tierra.
Una vez más debemos felicitar a varios países por
este logro, entre ellos a U.S.A., a E.E.U.U. y también, por qué no, a los
Estados Unidos de Norteamérica, que en conjunto y en función de una
estrecha cooperación entre ellos han logrado ese hecho invalorable para la
humanidad toda, la cual se compone, como es sabido, por U.S.A., E.E.U.U.,
los Estados Unidos de Norteamérica y después, lejos, vienen otras
microcivilizaciones que no vale la pena nombrar.
Sin embargo, sin ánimo de empañar este hecho
histórico universal, queremos hacer un llamamiento a la reflexión de los
lectores; no queremos despreciar ni minimizar con esto el hito que
significa la llegada a la luna, primera y última conquista del hombre sin
derramamiento de sangre. Pero, para que sepan esos de la Nasa que la van de
piolas, mucho, mucho tiempo antes de que esto ocurriera, un humano (que
podemos asegurar fehacientemente que era argentino) dio el paso inicial, el
paso sin el cual no hubieran podido seguir los otros, ni Colón, ni
Armstrong, ni Fred Astaire, ni en la luna ni en ningún otro satélite
terrestre.
Este prohombre, desconocido como todos los héroes
verdaderos, miles de años atrás pisó algo que, amén de llamarle mucho la
atención, le dio la motivación para sobrevivir, y con él gran parte de la
civilización occidental de la actualidad.
Recientes descubrimientos realizados por la
Fossilized Association of Little Genever's Cabinet, con sede por acá cerca,
en esta Patagonia plagada de huesos de dinosaurios, demuestran que el
argentino (aunque él no lo supiera) denominado arbitrariamente "homo
insapiens medium erectus patagoniensis" fue el primero, hace unos
trescientos mil años A.C., en pisar un sorete.
El excremento fósil se encuentra aún en estudio.
Recientemente fue entregado a la Boston University of Ancient Bull Shit and
Derivated, donde los científicos aseguran que presenta una impronta de una
huella de pie que calzaba 46 (los patagones, como su nombre lo indica, eran
de pie grande), aunque todavía no pueden determinar si se trata de un
sorete de guanaco o de plesiosaurio, lo cual no viene al caso.
Cualquiera sea la respuesta, lo cierto es que este
antiguo colono patagónico, hambriento y desesperado como muchos de los
actuales habitantes, al pisar dicho elemento notó la presencia de un animal
que podría servirle de sustento para él y su familia. Por los hechos que le
sucedieron, es
decir, debido a la superpoblación humana actual,
podemos inferir que el animal fue finalmente cazado, almorzado y/o cenado.
Ahora bien, multiplicando a la cantidad de
miembros de la familia del pisador, que en aquellos tiempos se agrupaban en
clanes y que digamos que fueran unos 20, por los índices de mortandad y
natalidad estándar a lo largo de 300000 años (los cuales redondean un
crecimiento de entre 3 y 4 individuos por generación), y suponiendo que una
generación dura entre 20 y 30 años más o menos, podemos decir que la
existencia de unos dos mil trescientos millones de humanos de la actualidad
(sus descendientes, algunos directos y otros no) es tal gracias a aquel
viejo sorete pisado, que si no, no hubiéramos nacido.
Sin saberlo, con este hecho fortuito este
auténtico héroe universal, representante fiel de nuestra amada Patagonia,
estaba sentando todo el basamento cultural de este lado del planeta al
pisar aquel ignoto sorete. Le bastó un sólo pisotón en aquella masa blanda
y tibia para fundar no una, sino varias civilizaciones.
Y ahora, qué alegría más grande podemos tener que
haber encontrado el sorete basal, piedra fundamental de toda nuestra
cultura y nuestra idiosincracia.
Claro que, como todos los grandes avances de la humanidad,
este logro no fue gratuito, sino que costó un gran sufrimiento para este
héroe, ya que todos sabemos lo desagradable que es pisar un sorete y más
aún descalzo.
Disculpen si me extendí con el asunto del sorete,
era mi intención hablar un poco más de lo de la luna, pero creo que esto no
puede quedar en el olvido, ya que nos llama a la meditación y a la profunda
reflexión.
Y nos puede servir para que, cuando una noche
salgamos en ojotas a la vereda a contemplar la norteamericana luna y tomar
mate en el pasto y, sin darnos cuenta, oprimamos con la suela un bruto
excremento perruno de fabricación reciente y encima del perro del vecino,
no insultemos a los cuatro vientos sino, más bien, pensemos que con esto
estamos homenajeando a aquel gran olvidado, al inmortal primer patagónico
pisador de sorete.
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