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Cuentos > Varios

Las acacias 

 

La otra tarde, mientras estaba por poner el agua para tomar unos mates, me vino a visitar el honorable Cacique Pipagua. Hacía tiempo que no nos encontrábamos, sin poder determinar exactamente la razón de ese largo desencuentro. Podría haber sido, casualidad, o imposibilidad, dadas las múltiples ocupaciones que ambos tenemos; o bien podría haber sido esquive voluntario. No importa, esa tarde el cacique se había tomado unos momentos para verme, y el cacique siempre es bienvenido cuando viene, y no solamente eso, también es bienvenido cuando no viene, aún cuando ni piensa en venir. Pero, fundamentalmente, es bienvenido cuando viene, y esa acción de venir de parte de él es suficiente y necesaria para que sea bienvenido.

"Cómo dice que le va, don Pipagua. Pase nomás, que estoy por poner el agua para tomar unos amargos. De más está decir, siéntase como en su casa."

"Muchísimas gracias. Siempre es bueno sentirse como en la casa de uno. Y agrego algo más: mucho mejor que sentirse bien en la casa propia, es sentirse como en la casa propia estando en casa ajena. Ahora que lo menciona, se me ocurre que las propiedades no siempre son como uno se piensa. Mi tía tocaba el violín, por ejemplo, pero no por eso se sentía dueña del instrumento. O quizá si, pero ese era más bien un estado de ánimo antes de una propiedad material. Podría decir: este violín es mío porque me lo compré, o bien: este violín es mío porque lo toco yo. Observe que se trata de dos verdades, sin duda, pero con significados absolutamente distintos. ¿Quién es el dueño de la costa de un lago paradisíaco con arrayanes y flores silvestres? ¿el propietario de la tierra o el que lo pinta? ¿Quién es el dueño del amor de una mujer, el que la ama o el que es amado por ella? ¿O son necesarias ambas cosas? A veces me detengo a pensar por unos momentos, generalmente de 15 a 20 segundos antes de quedarme dormido, y me digo a mí mismo y a cualquier otro ser que sea yo mismo y que me quiera escuchar: podría ser que en este mundo seamos dueños de algo, o de nada o de todo. Si fuéramos dueños de algo, como parece que es, la consecuencia directa es que el reparto sería injusto, si fuéramos dueños de todo, la vida ya no tendría sentido. Si fuéramos dueños de nada, por ejemplo, no existiría el robo y se reduciría de manera notable la delincuencia. Me pregunto si soy dueño de mis pensamientos, o bien mis pensamientos son fragmentos de otros pensamientos de personas anteriores a mi, que sin querer me fueron influenciando para que yo piense, al menos en parte, como pensaban aquellas personas. Me pregunto si soy dueño de mis obras. De ser así, lo reconozco, son mis obras pero he plagiado a cientos de personas anteriores. En ese caso, el armado de fragmentos de otros son pequeños plagios que conducen a una obra original. Pero si no fuera dueño de mis obras, y nadie lo fuera, el plagio no existiría, ni los celos profesionales. ¿Se da cuenta?"

"Lo estaba escuchando, y caí en la cuenta de que aún no le he extendido ni un solo mate, que en apariencia es mío pero que , según mencioné al comienzo de la charla, se lo iba a ceder por unos momentos. Sin embargo, esperaré, no hay apuro. Por favor, continúe."

"Bien, ya que estamos, le voy a contar una pequeña anécdota. Se trata de una historia que contaban los antiguos, que fue transmitida de boca en boca y adaptada sucesivamente para los tiempos actuales, sea cual fuera ese momento.

Resulta que hace tiempo, en un poblado de las afueras de la gran civilización Palampagua que otrora habitara estas tierras recónditas, vivía una familia compuesta por los padres y cinco hermanos. Los hermanos tuvieron la desgracia de perder a los padres en un accidente y, como era la costumbre, el hermano mayor se hizo cargo de la hacienda, los bienes, y el cuidado del resto de la familia. Como verá, el hermano mayor no solamente se veía beneficiado con los bienes de la familia sino que además debía cargar con el deber de sustentar a los otros. Pero esto no significaba que los cuatro hermanos restantes no iban a tener ninguna responsabilidad ni ningún derecho. Era Úrsulo, el mayor, quien debía darles tanto obligaciones como pertenencias, así que los reunió y les dijo: A ti, Absalón, te doy estas semillas de acacias, deberás plantarlas en un lugar de tierras fértiles. A ti, Evaristo, te doy este balde con el que podrás traer agua del arroyo. A ti, Iñigo, te doy esta pala con la que podrás cavar la tierra. Y por último a ti Ovidio, te doy este libro lleno de sabiduría. Los cuatro hermanos se fueron y de inmediato se dieron cuenta que, asociándose, lograrían buenos resultados. Así fue que Iñigo cavó pozos en la tierra, Absalón plantó las semillas de acacias y Evaristo las regó. Mientras, Ovidio les recitaba el libro a sus hermanos con lo que los cuatro iban adquiriendo conocimientos de todo tipo. Pasaron los años y las semillas se transformaron en verdes y altos árboles, por lo que todos estaban felices. Sin embargo, un día Absalón dijo: que bellos que se ven mis árboles. No son tuyos, hermano, son míos porque yo los regué y cuidé durante años, dijo Evaristo. Disculpen, pero los árboles son míos, dijo Iñigo, fui yo quien cavó la tierra y mantuvo el surco para que los árboles se rieguen bien. No, dijo Ovidio, estos árboles son míos, como paga por haberlos hecho hombres inteligentes. En eso, se acercó Úrsulo, el hermano mayor, y dijo: ¡basta ya! Esta discusión no tiene sentido, todos saben que los árboles son de mi propiedad, y se terminó. Detrás de él venía un funcionario del estado, quien le hizo saber a Úrsulo que las tierras pasaban a manos del gobierno, por no pagar impuestos o algo por el estilo. Sin embargo, el estado palampagua de inmediato se trabó en una guerra contra sus vecinos los Palampaguanos. Así fue como los palampaguas fueron derrotados y las tierras pasaron a manos de los palampaguano, cuyo gobierno se hizo cargo del predio de acacias. Claro que éstas fueron asignadas a un granjero que las consideraba como suyas, porque era él quien las cuidaba y no otro. No obstante, un día vino el rey y dijo, esto también es mío. Pero no tuvo tiempo de disfrutarlo demasiado, porque un tremendo cataclismo produjo el deshielo de los polos y el mar creció y tapó por completo a las acacias. El mar dijo: esto es mío. Sin embargo, un grupo de tiburones martillo se apoderaron pronto de la zona y la consideraban como suya, sin saber que entre las ramas putrefactas de las acacias se escondían multitudes de cangrejos y otros bichos que, consideraban como suya a la pequeña parte que habitaba. Rápidamente (porque el tiempo puede ser todo lo rápido que uno quiera) hubo movimientos terrestres, se separaron los continentes y el mar se desplazó hacia la izquierda, dejando libre el predio de las acacias, convertido ahora en un lago de lava volcánica. Después, el ser humano volvió a habitar dicha zona, ya que sus tierras se habían enriquecido por las sales remanentes de la lava volcánica. En el lugar donde antes estaban las acacias se construyeron sucesivamente edificios, estadios, puentes y pistas de aterrizaje, cada uno de ellos con innumerables personas que se consideraban sus propietarios. Después, una invasión intergaláctica proveniente de Andrómeda tomó posesión de estos lugares, plantando otras plantas de otras galaxias. Tiempo después, un arqueólogo de épocas remotas hacia adelante, encontró en la zona una roca con una impronta de hoja de acacia y dijo: esta piedra es mía.

Todos decían, indefectiblemente: esto es mío. Todos caían en el absurdo egoísmo de considerar como suya una obra de la naturaleza. Todos, sin excepción, fueron egoístas, ególatras, egocéntricos. Pero, ¿Sabe usted de quién son realmente las acacias?"

"No"

"Son mías. Porque el cuento lo inventé yo."

"No, son mías, porque yo estuve todo este tiempo escuchando e imaginándolas. Además, ¿quiere un mate?. Bueno, si quiere un mate, deme las acacias."

"De ninguna manera. Se las cambio por un mate y una docena de facturas, como mínimo."

"Trato hecho."

 

Luego de despedirnos, me quedé pensando: qué buen negocio había hecho. Esas acacias habían resistido el paso del tiempo y terribles cataclismos naturales, y más aún: habían resistido al egoísmo del hombre. Entonces, pensé, tengo acacias para rato, aunque las siga agrediendo pensando que son mías.

 


 

 

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