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El camino de regreso pasó sin sobresaltos, en un
día y medio sorteamos la meseta redondeada que nace al sur del Río Chucrut
y culmina en el Río Colorado. Atravesamos el río con los vehículos en unas
balsas y rápidamente subimos la siguiente meseta, que se eleva hasta
aproximadamente el centro de la provincia de Buenos Aires para volver a
caer hacia la capital. Durante el viaje, escribí mis primeros esbozos de mi
conferencia en Londres. Estaba relativamente feliz de regresar.
Pero por momentos negros pensamientos surcaban mi
cabeza: como una ráfaga, pasaban miles de culos saltando por un campo
infinito.
Ya en mi casa, inicié todos los preparativos para
mi nuevo viaje, esta vez a Londres. Sin perder un momento, revisé todas mis
cosas, mis papeles, el equipaje que llevaría y todos los huesos, objetos y
documentos palanpaguanos que llevaría.
Un nuevo barco, mas grande que el anterior, me
dejó en Londres, una tarde de comienzo del verano.
Algunos de mis colegas me recibieron con profundo
respeto, ya conocían la magnitud de mis descubrimientos.
Me instalé con mis pajes en un lujoso hotel y
traté de descansar. Al otro día daría la conferencia que me haría famoso y
respetado en el mundo entero. Con sorpresa noté que hacía tiempo que no
pensaba en culos. Eso me tranquilizó, tanto que para matar el tiempo,
dibujé varios culos en mi carpeta de bocetos. Luego durante la cena, modelé
un culo verde con el puré de manzanas, otro con la ensalada Waldorf y
varios culos más tallados en pan. El garzón me miraba sorprendido, admirado
por mi habilidad e inteligencia.
Creo que allí comenzaron mis prácticas de origami.
Al día siguiente, ya en la London Universal
Science Academy, procedí a dar mi conferencia. El anfiteatro estaba
colmado, había científicos, profesores, eruditos y periodistas por todas
partes.
En el centro del recinto sobresalía un culo de
arcilla de buena magnitud, solicitado por mi para ilustrar un poco más mi
disertación.
Me subí al culo y de inmediato la sala se
silenció, esperando mis palabras.
- Estimados señores - dije - seré breve. No es
necesario ahondar en palabras cuando la evidencia material de los hallazgos
están a la vista de todas. Nuestros estudios nos dan la seguridad de
confirmar que el origen de todas las culturas humanas, aún las más antiguas
de las que se conocían hasta el momento, ya sea la babilónica, la fenicia,
etc" tienen su raíz en una cultura mucho más antigua y superior: la de
los Palanpaguas patagónicos.
"Oooohhhh" se escuchó solamente en todo
el recinto.
- Amigos, como ustedes verán de inmediato, esta
civilización a desarrollado todos sus conocimientos arquitectónicos,
artísticos, religiosos y hasta como sociales y económicos, en un solo
objeto de veneración y reverencia: el culo -
"Aaaaaahhhh" se escuchó una vez más.
- Así, protegidos por su inclaudicable culto al
culo han sobrevivido durante milenios. Pero lo más importante de todo: han
sentado las bases de toda la civilización humana, ¡Han descubierto el
verdadero valor del culo! -
La multitud estaba sorprendida. Los tenía a todos
en la palma de mi mano, cuando vi, en la multitud, a la cara del mismísimo
Conrad Hartpkoff. Nunca lo había visto tan triste, me miraba fijo como
suplicando hablarme. Pedí unos minutos de receso y me abalancé hacia él.
- Jack... - me dijo llorando.
- Conrad, ¡Qué hace usted aquí! ¡Qué pasa! -
- Lady Natasha... su culo... -
- ¡Qué! ¡Vamos Hartpkoff, hable! -
- No lo veremos más... es decir... nunca lo vimos,
pero ya no tendremos la esperanza de volverlo a ver... Se ha marchado. Una
mañana no la encontramos en su recámara, y desde ese entonces no la vimos
más. Se fue, se esfumó. ¿Cómo vamos a vivir sin esa esperanza? No sé, Jack,
creo que usted es mi única salvación, vengo por su ayuda. Estoy perdido,
perdido. No sé como vivir sin la razón que moviliza al universo, sin la
esperanza de ver alguna vez el culo de Lady Natasha Buttock.
Sentí que el mundo se derrumbaba. Todas esas
gentes importantes hablando de mi descubrimiento no significaban nada. El
pobre de Conrad pedía mi ayuda, sin entender que yo estaba aún más hundido
que él. Mis pensamientos volaban, no podía hilvanarlos y todos ellos, como
en una espiral, un remolino de agua, desembocaban en una misma cosa: el
culo de Natasha.
Finalicé en ese mismo instante la conferencia y
con Conrad del brazo huimos del recinto. Tomamos el primer barco a Buenos
Aires y desde allí, de inmediato, salimos hacia Puerto Padryn. Buscamos
vestigios allí de Lady Natasha, una enaguas, algunas bragas, lo que fuera
que nos trajera al menos un indicio de que aquel culo había sido real, pero
no encontramos nada.
Entre tantos culos, entre miles de culos hallados,
obras de los palanpaguas de miles de años atrás, no podíamos encontrar
siquiera unas medias que nos dieran la evidencia de que Lady Natasha había
existido alguna vez, y menos aún de que su culo había sido real. Nada
quedaba de ella, ni de él.
Abrumados por el fracaso, retornamos a la capital.
Lo invité a pasar unos días en mi mansión, pero al tiempo tuvimos que
internarlo en un manicomio. Hartpkoff sufría serias alucinaciones.
Desde ese entonces han pasado más de 40 años y
nunca pude olvidar. Por las noches, un culo infinito me llama desde la
lejanía. En la calle, todo es irremediablemente culo. Ahora puedo
comprender a los palanpaguas. Quizá sea una maldición por haber profanado
sus secretos, quizá no. Mi mundo se reduce a una sola cosa: redondeada y
con un surco profundo que la atraviesa de lado a lado en el centro. Y
ahora, que se acerca el final de mi existencia, una sola cosa me
tranquiliza apenas: el hecho de saber que he dedicado toda mi vida a algo
inalcanzable, pero que de las utopías los hombres sabios erigen las
realidades. El hecho de saber que mejor que vivir por nada, que no pensar
nada, que no actuar, es vivir, pensar y actuar solamente para el culo.
FIN
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